¿Y ahora qué me queda? Soy consciente de que el matrimonio entre personas del mismo sexo no es la carencia más urgente de las personas que integramos lo que se llama diversidad sexual. Sé que la prioridad es la violencia, la violencia cotidiana y espantosa sobre trans, lesbianas, gays, travestis, inter y bisexuales. Es más importante pensar que el promedio de vida de las travestis es de 32 años, es más importante saber que son asesinadas semanalmente y eso no sale en ninguno de los medios que nos informan. Pero también creo que el matrimonio entre personas del mismo sexo sería un espaldarazo para mucha gente. Se imaginan si, pese a que muchísima gente te rechace, ¿el estado reconociera que tu vínculo no está en contra de la ley?, ¿se imaginan las posibilidades que existen si el matrimonio dejara de ser blanco, monógamo, masculino y heterosexual y fuese como pueden ser tan de diversos los vínculos que establecemos, se imaginan el casamiento de dos chicas trans? Yo creo que el matrimonio podría lograr un efecto interesante. Y claro, yo quiero, si algún día me da la gana, tener la posibilidad de casarme. Yo quiero poder estar en terapia intensiva si está mal mi novio, quiero que no me borre de un plumazo la vida legal. Yo quiero poder donarle sangre a mi hermano sin mentir. Soy dador universal, podría donarle sangre a cualquiera, pero para hacerlo tengo que mentir. Yo quiero muchas cosas, como todos.
Y en estos días, cuando vi, por primera vez, la contundencia del grito colectivo de la marcha del sábado pasado, me ilusioné. Pensaba en todos los diputados y miembros del gobierno que se habían comprometido con los derechos de personas que somos diferentes a lo que la iglesia espera. Realmente, estaba ilusionado, defendí muchas de las políticas del gobierno durante este año y el pasado. Nunca me consideré oficialista ni opositor, pero algo me daba ilusión. Y pensar el momento que vive nuestro país me ilusionaba más todavía. Parecía uno de esos momentos de coyuntura en que leyes que revolucionan la sociedad pueden llegar a ver la luz. Toda mi familia, mis amigos, mis alumnos, mi profesora del alma, muchísima gente que me quiere apoyó esto y mandó carta a los diputados, pidiéndoles que se permitiera discutir esta ley. Pensemos un segundo, lo que se perdió hoy no era siquiera aprobar la ley, era sólo que se discutiera en el recinto. Sólo que se pudiera debatir. Era sólo eso.
Todos sabemos que pasó, los diputados que apoyaban y los que no dieron opinión, no fueron, sólo fueron 17 de 62. Me pregunto si alguno de todos los que no fueron, tanto radicales como oficialistas, no tendrán un pariente, un amigo, alguien a quien quieren que sea como nosotros, ¿no tendrán un hijo trans, lesbiana, gay, bi o intersexual? Ojalá que no lo tengan, ojalá que se den cuenta de que hoy fueron cobardes contra sí mismos. Yo no creo que la valentía o el coraje esté en no tener miedo. La valentía está en enfrentarse a los miedos. ¿Le tienen miedo a la iglesia?, ¿a los psicólogos?, ¿a quién?, ¿a la opinión pública?, ¿alguien hoy en día cree en los políticos?, ¿alguien hubiera estado más en contra del oficialismo o el radicalismo si hoy iban a dar quórum? Y si no estaban de acuerdo, ¿por qué no fueron a expresarlo?, ¿por qué no fueron y firmaron en contra?, ¿por qué me parece tan insultante la ausencia? Hace unos años mi papá lloró de bronca por las condenas del vaticano a los que no cogen en posición misionero, no sé si hoy habrá llorado, pero hoy me hicieron llorar a mí. Ojalá que no a mi papá. Eso nunca se los voy a perdonar.
¿Qué nos queda ahora? Mirás a la televisión y hoy no informan de esto, vivo en La Plata y estuve desde la mañana prestando atención a ver si informaba algún medio. No, por supuesto, ¿a quién le interesan los putos y las tortas? Lo único que podíamos encontrar era inseguridad, inseguridad, gente clamando por la inseguridad, paros de subtes, caos, caos y más caos. Ah y por supuesto, Susana, Mirtha y Tinelli vomitando discursos espeluznantes propios de un mono. ¿Entonces que nos queda?, ¿no hay diputados gays y lesbianas?, ¿no hay famosos que piensen en el otro? Hoy miró la tele y veo con que facilidad los medios pudieron tapar a cien mil almas clamando por su igualdad. Decimos que es una fiesta, listo, a los putos le gusta la joda, listo, mostremos al freak y dejemos la invisibilidad para el resto. ¿Por qué ningún canal transmitió los discursos de la marcha?
¿Y qué les molesta?, ¿por qué tienen tanto miedo de que el matrimonio acepte que ya no es blanco, heterosexual y masculino?, ¿qué les da miedo?, ¿saber que nos metemos cosas en el culo y nos gusta?, ¿saber que dos lesbianas pueden gritar de placer sin necesitar de la pija heterosexual?, ¿eso les da miedo?, ¿saber que dos personas se aman sin importar el sexo, el género, la identidad o lo que sea? Hoy, la verdad, no tengo mucha esperanza para compartir, tuve muchas lágrimas y me sentí otra vez como en la Segunda Guerra Mundial. Los nazis acusaban a los comunistas de putos. Y los comunistas a los nazis. Históricamente, hoy pasó lo mismo. Ni radicales ni oficialistas quisieron ser los putos. Y se cagaron. Yo me cago en ellos.

