Bichito de luz marica

Esto no me lo acuerdo muy bien. No sé cuánto es recuerdo mío, invención o recuerdo ajeno. Pero hay algo que me contaron y yo recuerdo. Y algo hay en todo eso, una sensación que sentí muchas veces después. En el jardín de infantes los niñitos normales tenían un acto o una fiesta o algo con disfraces. Madre siempre quiso que su primogénito brillara, su hijito bueno y tranquilo, el niñito que nunca molestaba. Padre lo dijo hace no mucho tiempo en una charla. Fuiste un niño muy bueno. Tal vez demasiado bueno. Por algo en mi sangre siento el odio de décadas acumulado en un cuerpo no demasiado grande. Volvamos a los disfraces. Madre siempre me hizo los disfraces más brillantes, más resplandecientes. El disfraz perfecto para un niñito puto. Esa vez fui de bichito de luz. Mi traje verde tipo catsuit con alas y guirnaldas brillantes todo en verde. Debe haber sido uno de los trajes más bellos y sinceros que tuve que usar en toda mi vida. En ese trajecito tan pequeño, tan brillante, tan marica, el niñito puto se sentía a gusto. Las fotos atestiguan que era un bichito de luz marica muy bello de ojos gigantes y asustados. En la fiesta del jardín de infantes estaban todos los niños normales disfrazados de personajes de cuento de hadas o algo así. Y bailaban en una gran ronda todos tomados de la mano, los duendes y las princesas. A mí no me dejaron entrar. Al bichito de luz marica no lo dejaron entrar. No lo dejaron bailar con el resto en su ronda de niñitos normales. ¿Habrá llorado el bichito de luz marica? Seguramente. Ese día el bichito de luz marica se sintió muy solo. Muy afuera. Y el niñito puto empezó a aprender que se sentía cuando no te querían en algún lugar. En alguna caja todavía conservo ese disfraz. Es un poco como si fuera mi verdadera piel. Esa que me arrancaron y quisieron quemar. La imagen del bichito de luz marica es parte de quien soy, el bichito de luz marica, todo verde y brillante en su traje ajustado, solo, expulsado. El bichito de luz marica, niñitx putx en un rincón solitx, llorando. Muchas veces sigo siendo ese bichito de luz marica. Pero ya no estoy sola en ese rincón.

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Aborteras

Estos últimos días estuve hablando mucho con madre sobre sus abortos. Como marica con cuerpo no gestante, no puedo decir mucho sobre la experiencia del aborto en primera persona. Pero puedo relatar cosas de esta charla con madre que dicen mucho sobre los relatos que todavía tenemos que recuperar. Pienso en una frase que leí recién “Aborto. Aborto. Aborto. Decirlo tantas veces como se las calló.” ¿Servirá de algo escribir? La pregunta siempre nos ronda. En la historia familiar nunca se ocultó que madre se practicó varios abortos. Pero no fue algo que hayamos charlado mucho. Tengo el recuerdo de que madre siempre fue abortista. Y un recuerdo difuso sobre la abuela Berta, algo de la abuela bruja y curandera que tiene que ver con el aborto. Recuerdo un cuento de madre que tenía que ver con una parienta que abortaba y ocultaban el episodio. Recuerdo haber ilustrado el cuento. Algo de la historia de la abuela Berta estaba en ese cuento. Mi familia siempre fue abortista. Madre y padre siempre creyeron en la libertad. Y en que nadie puede elegir por sobre nuestros cuerpos y nuestras vidas.
“¿No te jode saber secretos oscuros hijo?” me dice madre. Y pienso en que no hay nada de oscuridad. Hablamos mucho estos días de eso y le cuento que quiero escribir algo con toda esta información. Madre se practicó tres o cuatro abortos. No recuerda ninguno como algo traumático. La historia de la mayoría es habitual: realizados en clínicas en el sur en momentos en los que quedó embarazada y no quería tener hijos. Pero cuando me cuenta la historia del primero se nota su fortaleza (ella la llama inconsciencia) y lo afortunada que fue.
Ese primer aborto fue a los 16 años. La familia de madre era una familia de “cabecitas negras” (de algún lado me viene el odio de clase que tengo muy adentro). Una familia santiagueña que se trasladó del interior a Buenos Aires. Mi abuela, Berta, fue sirvienta, portera, bruja, curandera, abandonada por el esposo en los años sesenta con tres hijos chicos. Abandonada, humillada y en crisis. Ese señor que conocí como en el 2000 y vi una sola vez en mi vida. Ese señor la abandonó con tres hijos, se llevó todo lo que tenía y le dejó un montón de deudas. En ese momento fue que tuvo una parálisis facial. Me acuerdo de madre siempre teniendo miedo a que se le paralizara la cara. Todavía pienso en la abuela cuando me hormiguea un ojo. Berta que había llegado hasta cuarto grado en el sistema educativo y escribía con mucha dificultad. Cuando hablamos de todo esto con madre recuperé una imagen de Berta que no tenía. Madre, la hija más morocha y cabecita negra, fue una adolescente muy rebelde. Y a los 16 se quedó embarazada de padre.
Madre trabajaba de 14 a 20 como cadete, controlaba el ausentismo y servía el té en una obra social de un sindicato. Padre trabajaba en una fábrica. La abuela Berta se encargaba de las tareas de maestranza en una clínica y en un organismo educativo. Mi tía trabajaba en una fábrica de productos de cuero. Según madre en ese momento estaban mucho mejor que unos años atrás. Madre intentaba terminar el secundario a la mañana (alguna vez que hablamos me dijo que ella nunca fue a la universidad porque no sabía que existía algo así).
Madre cuenta que de adolescente no tenía información sexual. Que era muy ignorante (¿será por eso que siempre hablaron tanto de educación sexual con sus hijos?). Cuenta que su hermana mayor le explicó algunas cosas. Y en el año 76, con 16 años, queda embarazada. Cuando se da cuenta del embarazo lo hablan con padre y no quieren tener un bebé. Madre no quería tener un bebé. Así lo dice hoy en día madre, “yo no quería un bebé. Quería ir de mochilera con tu padre a Estados Unidos. Estaba de dos meses y medio o tres.”
Ni juntando todos los sueldos llegaban a pagar el aborto. A eso se refiere cuando habla de algo carísimo. Sus dos mayores preocupaciones después de decidir no tenerlo (a los 16 años, no me la puedo imaginar tomando decisiones así a los 16) era hablar con su madre y conseguir la plata. La respuesta de la abuela Berta la sorprendió. Le dijo que tendría que habérselo dicho antes. ¿Y la plata? Juntaron todo y no conseguían. “Era carísimo” repite una vez y otra madre. Abuela tenía dos trabajos, padre y madre los suyos. Y no lograban juntar. Madre recuerda que la abuela vendió unas joyas de oro y así llegaron a juntar lo que necesitaban. A mi abuela siempre le costó quedar embarazada. No sabemos con certeza cuáles de sus tres hijos fueron biológicos y cuales adoptivos. Hoy en día ya no importa. Pero en el relato de madre no hay dudas del apoyo a su hija. Si vendió joyas de oro deben haber sido las únicas joyas que tuvo en toda su vida. La abuela consiguió una médica que lo iba a hacer. En un consultorio particular. Madre recuerda estar esperando con Berta a que la atiendan cuando cae la policía. En la sala de espera había tres madres con sus hijas. Le habían hecho una denuncia a la doctora. Se las llevaron a todas a la comisaría y las interrogaron por separado. Todavía se pregunta cómo fue que ella y Berta dijeron exactamente lo mismo, “habíamos ido a tomar el té y charlar”. El problema, recuerda madre, era que yo era menor de edad. Después de los interrogatorios las dejan ir. No sabe qué pasó con la médica ni con las otras chicas. Aunque el consultorio fue clausurado. Pero después la abuela se enteró que al mes estaba funcionando de vuelta.
Dos días después la abuela Berta consigue otra médica. Una que hacía los abortos en un consultorio en su casa. Madre se acuerda que fue algo así como un parto inducido. Que se queda acostada con un suero y después un remedio para provocar las contracciones y listo. Me repite que no lo vivió como algo traumático. La abuela Berta tenía miedo de dejarla sola pero la tuvo que dejar en lo de la doctora. Llegaron a las tres de la tarde y la médica explicó todo el procedimiento, a las cinco la abuela se tuvo que ir porque era en un lugar muy lejos de donde vivían. Como por Longchamps o por ahí. Ahí la médica la acuesta, le da sopa y té, madre se queda acostada leyendo hasta la medianoche con el suero puesto, después hubo un dolor de panza, la médica mandó otro remedio por la vía del suero y cinco minutos después ya estaba. Después de eso la curó y la limpió y la dejo descansando. Durmió hasta el día siguiente que la abuela la fue a buscar al mediodía. Y no tuvo dolor ni problemas posteriores.
Pienso en la suerte de madre de haber tenido todo ese apoyo de su madre, mi abuela, Berta. Y ahí se acuerda de otra cosa. Berta, curandera, bruja, algo tenía que ver con los abortos, “La abuela daba una inyección por vena hasta el 70 y pico”. Una inyección para abortar me aclara. Dejó de darla porque una parienta casi se muere y tuvieron que ir corriendo a una guardia. Madre cree que ahí se asustó y no dio más. La historias de la abuela Berta abortera están ahí, dando vueltas como relatos incompletos. Como si el aborto fuera un saber de brujas que se ayudan las unas a las otras. Y ahí me acuerdo del cuento que madre escribió y yo ilustré.
Cuando la abuela Berta fallece yo la odiaba. No hacía mucho tiempo me habían contado algo que me parecía espantoso. Madre había sufrido acoso y un intento de abuso por parte del que en ese momento fue pareja de Berta, madre era preadolescente. Cuando madre se lo contó a Berta, ella no le creyó. O no quiso creerlo. O no pudo creerlo. Esa pareja les había conseguido trabajo a todxs. Madre me dice que hoy en día no lo juzga. Mucho tiempo después supo reconciliarse con su madre. Cuando fallece yo me había enterado de eso no mucho tiempo antes y la odié. Hace unos años dejé de odiarla. No me corresponde a mí juzgar lo que haya tenido que hacer mi abuela para sobrevivir a la vida que tuvo. Quizás el odio venía de la mezcla de esa abuela bruja que siempre me quiso y esa madre tan difícil que fue para sus hijxs. Cuando madre me contaba todo eso de su primer aborto recuperé una imagen de mi abuela que nunca había tenido. Una abuela Berta madre que ayudó a su hija a abortar en clandestinidad pero protegida. Madre podría no haber tenido tanta suerte. Por suerte estuvo la abuela Berta ahí. Y pienso otra cosa. En esa seguridad de madre a los 16 años de no querer tener un hijo. Yo siempre le discuto que cuando me tuvo a mí a los 21 no podía tener mucha idea de planificación, de querer tener hijos, etc. Y ella siempre me repitió que eligió tenerme. Cuando charlamos todo esto me resulta mucho más comprensible y claro en su relato.
Yo tengo el recuerdo de que padres siempre fueron como referentes de todo lo desobediente, marginal e incorrecto en la familia. Y una vez me acuerdo que yo estaba con ellxs cuando hubo un llamado de unos parientes, mucho más jóvenes y hablaban de algo que yo no entendía. Yo era una mariquita preadolescente que tenía muy pocas ganas de vivir, encerrada en una vida horrible. El llamado tenía que ver con el aborto. Con pedir ayuda, consejo, palabras, respecto a hacerse un aborto. No querían ser padres. No todavía. Tengo la sensación de que esos parientes sentían algo de culpa. Como yo estaba ahí me explicaron todo. Esos parientes no tenían nada de información. Como madre y padre mucho tiempo antes.
Yo vengo de una familia que a veces parece escapada de una película muy dramática. Llena de secretos oscuros y medias verdades. El mundo me arrancó todos los pétalos y me encerró en una caja que durante mucho tiempo fue un ataúd. Pero mi familia, con todas sus contradicciones, me dio herramientas para ser libre. Para recuperar todas las flores que quise y puedo ser. Cuando pienso en que vengo de una familia sin abuelos, una familia de mujeres que sufrieron mucho, me doy cuenta que hay muchos relatos que no pudimos enunciar ni decir. Y escribir se volvió una forma de recuperar nuestros relatos. Una forma de sobrevivir.

Me arde

Me arden los ojos
Me queman
Se me cierran
¿Será que ya no estoy?
Me arden los ojos
Me abrasan
Me abrazan
Ojos con hambre
Ojos con miedo
Me arden los ojos
¿Será la herida?
Me lagrimea
Quema
Me arden los ojos
Y la herida

Artificial

El adicto quiere sentir. Aunque sea artificial, el adicto necesita sentir. Necesité sentir para poder escapar. Para estar viva de alguna forma. Aunque haya sido todo una ficción y ya no sepamos donde quedó la realidad. Fue la única forma que encontré. Quemarme y que la ola me arrastre. En ese camino me convertí en la más grande de las mentiras que pude construir. Que supe construir. Que nunca comprendí. Hasta ahora. Hasta el año de todos los infiernos. El año que no nos quedan lágrimas. El año que nos miramos al espejo y no había nada.

El año de todos los infiernos

El año de todos los infiernos ha comenzado. Las paredes del interior de mi cuerpo se oscurecen como mi café. Yo siempre fui pequeña, caprichosa, estúpida. Y con mucho miedo a la muerte. Aunque siempre estuve muerta. Tengo que responder a este mundo opresivo y ya no quiero. Estoy cansada y mi mirada triste es la única que me queda. Hace años escribía. Ahora ya no me quedan manos para escribir. Soy la sombra triste de una canción que nunca escribieron. Se me secó el adentro. Ya no lloro. ¿Será que finalmente crecí? ¿Será que finalmente estaré muerta? Quiero y quiero. Y no quiero. El escrito al que tengo que responder me mira desde el escritorio. ¿Cómo sigo después de entender que soy una mentira? ¿Cómo sigo si no tengo nada? ¿Cómo sigo si mi mayor miedo se hizo realidad y no puedo escapar? ¿Cómo escribo si no tengo sangre ni agua en los pulmones? Escribir un texto de preguntas sin respuesta, escribir un texto que me ahogue. Un texto que me asesine. En algún lugar está la historia de la criatura tentacular que usamos y descartamos. Pero esa es otra historia. Escribo y todavía no llegó. A veces, me gustaría seguir muerta.

El día de las verdades

Fue el día de la lluvia,
fue ese día.
El día que nos besamos
fue el día que te gritaron,
que lloraste, que te rasparon.
Fue el día en que entendiste.
El día de todos los infiernos.
El día en que ladeaste el cráneo
y se quebró tu cuadro infantil.
Fue ese día. El día temido,
el infierno tan temido,
el año de todos los infiernos.
Fue ese día, el día que llovía,
fue el día que ya no llorabas,
fue ese día, el día de la pérdida,
del descubrimiento.
El día de la locura,
el día que entendiste tus mentiras,
el día que tu vida fue una mentira,
una adicción.
El día de la vida rota,
el día del miedo ese que ya no puede escribir.
Fue el día que hacía frío.
Fue ese día que ya no podías sonreír,
el día de la comprensión,
el día de la repetición,
el día del apocalipsis.
El día que te arrancaron y te escupieron.
El día en que querías aferrarte y te hundías.
Fue ese día, un día lluvioso.
El día que supiste que estabas muerta.
Seca.
Una mentira disfrazada de vida.
Ese fue el día.
El día de las verdades.

DIARIO DE MISS CORDILLERITA 21 – ENTRADA FINAL

Miss Cordillerita camina, mueve el culo, Miss Cordillerita disfrazada de ternura. Miss Cordillerita puta. Puta y niño puto y niñita putx. Miss Cordillerita a veces debe hacer lo que debe hacer. Aunque parezca odioso. Miss Cordillerita, la puta del pueblo, la negra puta que se deja acabar en la boca, que se la cogen por la boca y por el culo. Miss Cordillerita camina y sabe que es hora de cerrar todas las entradas. Las de su boca y su culo ya están cerradas. Ahora va a cerrar las otras. En esta, la última entrada de su diario, Miss Cordillerita, que fue engañada para entregar su culo, Miss Cordillerita que siempre fue la niña puto que se ahogaba, se da cuenta de algo. Miss Cordillerita que no quiere pensar mucho sabe que es hora de terminar este diario. Miss Cordillerita que se abre el culo para que le entre el puño. Que le entra y la llena. Una humanidad pasiva que se abra el culo y le entren todos los dedos y todos los puños. Eso le gustaría. Miss Cordillerita tragando la leche del amor no correspondido. Miss Cordillerita y la sonrisa tierna de cómo le rompen el culo negro de Miss Cordillerita puto y deseante. Miss Cordillerita que ahora, años y años y años después, entiende que no fue engaño. Que esa primera vez en la que abrieron su culo, su ano, sus ojos, no fue un engaño. Fue el momento en el que arrancaron la soga que la asfixiaba y la dejaron respirar. Fue el momento en el que arrancaron la venda de sus ojos y la dejaron ver. Le quitaron las sogas y las vendas y le dieron el culo. Miss Cordillerita, niña puta, niño puto, el culo abierto y gimiente, Miss Cordillerita, puta del pueblo.

El diario de Miss Cordillerita 20

Miss Cordillerita se toca el bigote y sonríe. La cogieron y siente todavía su flor abierta. De a poco, está resignificando sus creencias. Miss Cordillerita poderosa, petera y vital, Miss Cordillerita que ladea la cara y usa gorro por el frío. Y canta, grita, gime, se adormece y cierra otro libro. Miss Cordillerita que traga, traga todo, comida chocolate, libros, dedos, pija, leche, Miss Cordillerita, una niñita putx con mucha hambre. Muchísima.

Diario de Miss Cordillerita 19

Miss Cordillerita baila sola y desnuda otra vez. Transpira. Juega, gime, sonríe, escribe, se besa. Está viviendo algo que nunca hubiera imaginado. No se trata simplemente de otra crisis en la vida de Miss Cordillerita. Esta vez Miss Cordillerita está abriendo los ojos y mira a la bestia y la besa y le refriega el culo en su hocico peludo y baboso. Miss Cordillerita se despierta y se da cuenta que todavía le quedan restos de glitter en el pecho y en el culo.

Diario de Miss Cordillerita 18

Miss Cordillerita es tierna e inocente. Y pura. Se deja coger y te coge furiosa. Se le abre el culo como una flor y se excita. Te cubre de pelos y saliva tremenda. Miss Cordillerita y su flor.

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