Archivo de la categoría: El libro de la doble vida

Nuevo diario puto 133

No quedan lectorxs. O no me quedan lectorxs. Mejor. Ya no me quedan muchas palabras. Recién choqué con un cable y se apagó la pc. Se perdió el texto ese de los jardines que había escrito el otro día recordando uno del pasado, una lectura y mi propia voz.

Quiero hablar a la pantalla. Quereme. Primera versión. Quereme. Segunda versión. Algo se desvirtúa en las teclas sin sentido. En la lectura de otro capítulo. Hace unas semanas comencé un nuevo diario íntimo. Este es rosa. Como algunos de los témpanos de mi corazón acuariano. No escribo mucho. Pero algo se está yendo por ahí.

Se supone que soy un adulto. Pero no lo soy. Soy una niñita asustada que por fin tiene su casa de muñecas y se ahoga con la vida. Quereme. Tercera versión. Hay una luz en tu ventana pero en tu sombra está mi amor acompañada. Yo reescribo las canciones. O escucho otra versión. O tengo frío y quiero que sean más felices. Como un musical. O la canción que dice algo de Baltimore con la que me siento identificadx. O un baile desenfrenado que no existe.

No importa. Ya no hay lectorxs de todo esto. No creo que queden tantas entradas en este diario. Ya lo estoy traicionando al incrustar canciones. Ya hace un tiempo. Tengo que empezar otro diario. O escribir en mi cuaderno rosado de niña que sueña con que se terminen sus días.

Nuevo diario puto 132

El repulgue de las empanadas me une con el pasado. Me hace acordar cosas y momentos muy específicos. Casi como una herencia. Como un cover de Edith Piaf en medio del caos. Es una de mis pocas habilidades manuales, el repulgue de las empanadas. La receta es materna. Viene directo del piso de tierra. Cuando cocino empanadas me acuerdo de Berta haciendo empanadas y pienso que algo heredé.

La griega

Hace años la araña escribió una historia de amor. La araña tenía brazos fuertes y muy velludos. Sabían abrazar. Pero eso fue hace mucho tiempo. A la araña la rompieron cuando escuchaba una canción muy romántica cantada en italiano. De una película que le gustaba mucho. Se cruzó hace unos días con esa mujer que siempre quiso que fuera su amiga y charlaron. Como esa otra vez hace años borrachos en una fiesta. El reflejo difuso de su propia vida. La araña se acuerda de la película y le dan ganas de bailar como ella. De volver en el tiempo y sonreír un poco más.

Angustias

Cuatro minutos veintinueve segundos. El tiempo que me dieron para escribir mi historia. Cuando tenía seis años madre dejó de llamarme por mi nombre. Me empezó a gritar. Mi nombre pasó a ser Angustia. La pequeña y llorona Angustia. Angustia, la niña monstruo. En otros lugares me gritaban ese nombre. Las gotas de saliva de los gritos tocaban mis mejillas. Yo ya no escuchaba. Angustia era mi totalidad. Mi miedo. En esos momentos quería ser como Carrie en la película y destruir el universo a mi alrededor. Dibujaba el mundo y lo incendiaba con un fósforo monstruoso que nacía de la palma de mi mano. Me refugié en el canto de una mujer religiosa. Un poco en secreto me enamoré. No importó. Era casi una monja. En algún momento crecí y ya no me gritaban. Ya no había madre. Ya no había saliva. Pero seguía siendo Angustia. Y seguía llorando. A esta altura los cuatro minutos veintinueve segundos se me habían terminado pero alguien me dio unos minutos más. Lo agradecí. Por eso sigo escribiendo en este papel inmundo. No tengo historia más que esto que les digo. No tengo otras palabras. Sólo este dolor en el pecho y la garganta que me atraviesa. No puedo arrancarme la garganta. Pero tomé una decisión. Si no puedo arrancarme el pecho y la garganta voy a hacer como Edipo y arrancarme los ojos. Quizás por ahí se escape mi nombre y vuelva a ser lo que fui antes de que me bautizaran con el dolor. Esta noche voy a hacerlo. Y mañana, cuando no pueda verlos y sonría, no se olviden que ya no me llamo Angustia, que mi nombre ahora es ese que entra como una mariposa por sus labios y los hace sentir flores en la garganta.

El desgarro

La bruja le canta a la princesa desgarrada. Se le rompe una zapatilla de cristal brillante. Se ahoga en una copa de vino sin escribir. La princesa no sabe de canciones y se confunde una versión acústica con la original. Pero encuentra lo que buscaba. Y se acuerda de sus lágrimas y del canto de la bruja. La princesa cae por una escalera de incomprensión y se desgarra un tobillo y rompe su zapatilla. Se levanta y algo le oprime el pecho. Se mira el vello rojo y se atraganta con las ganas de llorar. Dentro de la heladera están los cadáveres de las mujeres asesinadas por el mercado. La princesa se acuerda y quiere maquillarse el rostro, pintarse la cara dispuesta a combatir contra el cosmos. Pero se acuerda de la pared. Del dolor que le atraviesa la garganta. De la rama que dejaron alojada en su garganta y le impide tragar. Intenta salir pero está esa pared. No es el muro del que hablaban los libros. Es esa pared que no la deja respirar. Mira hacia arriba y está el cielo nocturno mirándola. La princesa nunca fue inteligente. Ni sabia. Ni bella. Sólo una princesa peluda que se mira en un espejo roto mientras intenta arrancarse la rama con un fragmento de cristal filoso. Sólo hay lágrimas y sangre. Quiere recitar poemas de amor pero no le salen. La rama le desgarra la garganta y hay más sangre. Las lágrimas se meten para adentro, por la garganta, consumidas por el ácido. Hacia la pared. Hacia el asfalto. La princesa quiere ser una cazadora. Como la hija de los mitos. Una princesa cazadora sin ramas ni desgarros con sus zapatillas doradas de cristal brillante. Pero el espejo está roto. Y la bruja cantó y le pidió una mirada al cosmos. La princesa no sabe cómo arrancarse la rama que no la deja respirar. Se ahoga. Se asfixia. Mira hacia arriba. Una nube gris la inunda. La princesa vuela. Ya no respira. Ya no está ahogada. La rama sigue ahí. La pared desgarra a la princesa. Hasta que escucha voces humanas. Y respira. Y nos ahogamos.

Respirar óxido

Escribo sin anteojos. Con ganas de ir y abrazarlos. De que bailemos lento la canción esa romántica que me hace llorar un poco. Se me escapan las lágrimas cuando nos pienso. Se me reseca un poco el pecho y me cuesta no ahogarme muy lentamente. Extraño ese beso en que se tocan los espíritus. Tengo ganas de acostarme y que alguien entienda. De que no me olviden. De que venga ella y me abrace. Que se lleve todos mis fantasmas y mis espejos malformados. Me oculto en mi mirada seria con los anteojos puestos. Taparme de cosas, de cristales, así los ojos no me descubren. El dolor en la base del cráneo me hace olvidar la lágrima que humedece la mejilla. Las ganas de olvidarme del cosmos y respirar óxido y arco iris. Se me rompen los dientes en una pesadilla horrible. Pero me abrazan. Me gustaría que esa pesadilla nunca termine. Me despierto. Y me tapo los ojos rápido. Así la pared y el témpano  de la predicción impiden que lean el diario de mi sangre. Ese que oculto detrás de mis anteojos, en el jardín de huesos y cenizas.

Detrás

El juguete me mira desde el escritorio. Una mujer que sostiene una planta de arroz. O algo así. Una foto que refleja mis lágrimas. Escribir una canción con tinta hecha de mis lágrimas. Y cantarles mientras se me cierra la garganta y agonizo. Mientras me hundo en el barro hecho de mis sentimientos. Quiero escribir un diálogo conmigo mismo, uno en el que el fuego no sea tan alto, que el fuego no exista, que el corazón haya muerto y me pueda esconder y nadie note que hay otra vida detrás mis ojos y que mi sonrisa es una mentira.

La respuesta de mis arrugas

El grado cósmico familiar me interpela y me comunica con la otra realidad. Las palabras se me clavan en el pecho y me desgarran como el cuento que leímos hoy cuando soñaba con la tormenta. Los silencios me estallan en los oídos y la sangre sale a chorros. Líquido rojo que cae por mis costados y mis mejillas. La humedad de mis lágrimas y el pozo en el que me ahogo y ya no hay voces humanas ni palabras de amor que me despierten. Se me atragantan las lágrimas en la ficción de mí mismo y ya no tengo forma de respirar. Me ahogo, se me llenan de sangre los pulmones. Le pregunto a mis arrugas y me responden que mi fuerza es una gran mentira. Que estoy desnudo, desprotegido y lleno de la incertidumbre que me incrustaron al nacer. Esa que no me deja respirar. Esa que me da ganas de hundirme en el barro y que nadie note que existo.

La bestia

Borro y escribo y borro y escribo y borro. Sufro y se me estrangula la garganta y no es de placer. Se me achica el cuerpo y quiero construir una muralla para que nadie entre y morirme solo y tranquilo. No quiero volver a abrirme ni mirar a los ojos ni soñar con bestias que se consumen en mis caricias olvidadas. Construyo una doble vida de sonrisas y frialdad, una vida que me envuelve y me deja desnudo y ahogado. Se termina una canción y ahora empieza otra. Pero esta es en francés. Y ya se me secaron las lágrimas. Se seca una hoja en la flor que sostiene mi corazón asustado de vivir. Ese corazón que quiero arrancar y comer a dentelladas. Con los dientes rotos. Con el cráneo ladeado. Con los ojos rojos. Con la barba roja. Con el pubis rojo. Rojo como la sangre que me consume la garganta. Me gustaría olvidarme de esta vida y aprender otra vez a construir la pared de hielo que me protegía. Esa que me dejaba frío y tranquilo y muerto en mi tumba de algodón y juguetes rotos. Esa del jardín de huesos y cenizas.