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Nuevo diario puto 133

No quedan lectorxs. O no me quedan lectorxs. Mejor. Ya no me quedan muchas palabras. Recién choqué con un cable y se apagó la pc. Se perdió el texto ese de los jardines que había escrito el otro día recordando uno del pasado, una lectura y mi propia voz.

Quiero hablar a la pantalla. Quereme. Primera versión. Quereme. Segunda versión. Algo se desvirtúa en las teclas sin sentido. En la lectura de otro capítulo. Hace unas semanas comencé un nuevo diario íntimo. Este es rosa. Como algunos de los témpanos de mi corazón acuariano. No escribo mucho. Pero algo se está yendo por ahí.

Se supone que soy un adulto. Pero no lo soy. Soy una niñita asustada que por fin tiene su casa de muñecas y se ahoga con la vida. Quereme. Tercera versión. Hay una luz en tu ventana pero en tu sombra está mi amor acompañada. Yo reescribo las canciones. O escucho otra versión. O tengo frío y quiero que sean más felices. Como un musical. O la canción que dice algo de Baltimore con la que me siento identificadx. O un baile desenfrenado que no existe.

No importa. Ya no hay lectorxs de todo esto. No creo que queden tantas entradas en este diario. Ya lo estoy traicionando al incrustar canciones. Ya hace un tiempo. Tengo que empezar otro diario. O escribir en mi cuaderno rosado de niña que sueña con que se terminen sus días.

El cuerpo de Nazareno y Cruz

Nazareno y Cruz se dio cuenta que tenía que escribir un plan. Algo que lo hiciera recuperar el sentido de los verbos. Ya se había bañado, no quedaban restos de semen en su cuerpo. Estaba en otro lugar, confundido, tenía que prestar atención a lo que alguien decía en un lugar que no entendía. No podía, se aburría. Tenía que escribir un plan, su intuición se lo repetía. Esto ya no era un cuento, otra cosa se estaba despertando en el relato de su cuerpo.

Nazareno y Cruz

Nazareno y Cruz despertó. Todavía tenía pegado el semen del otro en el vientre peludo. Ya no dormía a su lado. Pensó en el uso de los verbos y se dio cuenta que le dolían los ojos. Su mente era confusión. No entendía cómo escribir. Cómo levantarse y recordar el sueño que lo había movido a esa mañana. No se trataba de abrir el diario de la sangre derramada y volver a descubrir que estaba pariendo un nuevo monstruo. Era otra cosa. Un nuevo cuerpo que emergía en la intuición. La noche anterior había empezado a escribir un cuento que ya no existía. Ahora era una novela. Oscura y escrita mientras en la noche profunda Nazareno y Cruz escuchaba música silenciosa con auriculares gigantes y naranjas. Había algo en los colores. Se levantó de la cama. Estaba desnudo. Nazareno y Cruz dormía desnudo. Se despertó. Miró las cicatrices en sus manos. El dolor de escribir con la sangre de uno mismo y la ajena. Se sentó a escribir. Cerró los ojos y olvidó el dolor. Quería recordar de donde venía el semen de otro seco en su vientre. No importaba. Ahora se trababa de recordar el sentido de los verbos y recuperar la intuición. Ser uno con la intuición. Olvidarse del universo y mirar el cuaderno en el que escribía y pensar en cómo el otro había vuelto a la cama y esperaba.

El cuento de la sangre

Nazareno y Cruz no entendía. Se acostó y miro el techo, no quería que las lágrimas brotaran. Algo lo rajaba por dentro. Quemaba su piel y sus entrañas. No entendía. Quería gritar. Quería llorar. Como siempre, todo era una contradicción, pero esta vez algo lo devoraba. Pensó en el deseo. En salir y atrapar personas, lamer extraños y chupar pijas, hurgar en los rincones oscuros de su propio cuerpo cubierto de líquido. Pero no era eso. Era otro tipo de hambre, no era el deseo de cubrirse de carne y entrañas. No era saliva lo que quería. No entendía su cuerpo, no entendía las palabras que brotaban de su pecho cubierto de pelos. Sus manos temblaban. Se acostó en el suelo y miró el cielo cubierto de nubes. Las manos temblaban. Había que volver. Después de la eternidad, algo nacía en sus entrañas, en su interior rosado y roto, en la pupila muerta de su corazón. Una flor se anidó en sus dedos. Temblaba, lloraba, no podía controlarse. Ansiedad y una luz en el balcón que lo miraba. Nazareno y Cruz sentía otra vez ese deseo que se corría del lugar habitual. No eran ganas de los cuerpos y los líquidos ajenos. Era el deseo de algo sin nombre que había vuelto a habitar sus manos. Sus ojos, sus lágrimas. Nazareno y Cruz corrió sin explicar. Abrió la puerta de un lugar conocido. Se sentó bajo la luz y el caos, beso los labios del otro que lo miraba, tomó un cuchillo y lo clavó en la palma de su mano. De la sangre negra que brotaba bebió el amor y el líquido. Con la sangre negra que brotaba comenzó a escribir. En la sangre negra la escritura sonreía. El cuaderno azul estaba abierto otra vez. Nazareno y Cruz estaba escribiendo la historia de sus entrañas. El cuento del demonio vestido de ángel que lloraba por las noches y anhelaba ser un niño de ojos gigantes.

Martillos

Me da miedo, no puedo negarlo. Pero a mí todo me da miedo. La vida me da miedo. Pero es un miedo que me define, un miedo que abrazo. Que es parte de mí. Un miedo que me enamora y veo reflejado en tus ojos. Me seducen las barbas. Borro y me doy cuenta que algo me paraliza. Te hablo y estamos de acuerdo en que el mundo es gran juego de libertad y placer. Te abrazo cuando dormís y te llevás eso que no quiero tener. Se aleja y nos sonríe. Pensamos en la barba y vuelvo a ser una palabra ridícula y atemorizada. No sé qué hay del otro lado. Sólo que tengo ganas de abrazarte. Me despierto y  veo borroso. El miedo ya no está, sólo las ganas. No sé qué es lo que puede pasar del otro lado. Sólo que tengo ganas de que vos lo abraces mientras lo acarició. El beso se mezcla con la caricia y las lenguas se confunden. Un momento de fantasía que se despierta de este lado y del otro. Me gusta mucho jugar. Y el placer. Y atragantarme. Vida, besos, caricias, saliva, abrazos. Rasparnos. La barba crece de este lado. La barba se refleja en tu cara. Y la barba nos seduce del otro lado. Nos gusta jugar. Pero más nos gusta que sientas mi beso mientras él te acaricia por atrás.

Tristeza

Me siento un poco triste. Hay días en los que me visita una angustia inexplicable. Que me arrastra y me hace olvidar. Quiero acelerar el tiempo y decirle adiós. Pero se agarra muy fuerte de mi cuello. No me deja abrir los ojos. Me hace sentir que no queda nada. Me saca hasta las ganas de llorar. Escribir me da miedo y me convierto en el otro que no duerme y sueña con lecturas imposibles mientras toma un café ya frío. La tristeza se me pega y me dan ganas de no estar, no ser, no narrar. La tristeza me hunde y me olvido. Tengo frío y los ojos se me cierran. Me hundo en el agua y mis pulmones respiran líquido. La tristeza sigue ahí, pegada a mi cuello, a mis suspiros, a mis caricias. La tristeza me devora y me recuerda que bajo toda esta máscara sólo hay un niño de ojos monstruosos que tiene miedo a estar vivo.

Raspar

Las horas se mezclan y me confunden. ¿Qué habrá del otro lado? Ansiedad porque pase el tiempo. Duermo, la luz me ilumina el rostro. Mi barba se quiebra y están mis ojos. Me gusta tu barba. Te abrazo y pensamos en el otro. Tengo sueño. No sé qué hora es. Debería estar durmiendo. Mis ojos crecen y me devoran. Quiero besarte. Te beso y nos sonreímos. Nos gusta rasparnos. Nos gusta la barba. Los colores se mezclan, el rojo nos ilumina y nos convierte en cómplices. ¿Qué habrá del otro lado? Tengo sueño y me gustan las barbas.

Fragmento

Sentarse y escribir un fragmento. Soy Juan Facundo, la araña, que estuvo muerto y volvió a nacer. La araña que ahora quiere volver a morir. Ya no temo mi nombre. Porque mi nombre no importa. Te abrazo mientras dormís. Se escucha la saliva en la penetración. Rompemos dos cuerpos que ya no importan. El cuerpo se multiplica y los ojos se me cierran. Ya no tengo párpados. Sólo tengo labios, lengua y sexo para rompernos. Entrás. Entro. Nos alejamos del cosmos y nos convertimos en demonios que abrazan demonios en una gran orgía de líquidos corporales. No pienses en mí. Soy tu sombra. Cierro mis ojos y el cuaderno de la sangre derramada y voy a la cama donde dormís. La tuya y la otra. Voy a esa cama y te beso sin que me sientas. Seguís durmiendo. Se rompen los cuerpos y la distancia por un segundo. Dormí tranquilo. Mañana vas a sentirme en tus ojos, tu cuerpo, tu barba. Hoy dormís. Ahora me acerco. Me rompo. Te raspo. Te atravieso. Dejame acurrucar a tu lado. Después de lo colosal, sólo soy un niño pequeño que necesita que lo abracen.

La narración del cuerpo

Ya debería estar dormido. Soñando. Sin cristales que rajen los globos oculares, sin obsesiones. Ya pasó la hora del demonio y no volví a nacer. Quiero cantar con tu saliva en mis labios. Me confundo. Me saco los anteojos. El reflejo no es mío. La pantalla se vuelve universal y queremos convertirnos en el cuerpo colosal que estalla de semen y entrañas. ¿Dónde quedó el cuento que escribimos? La saliva gotea por la comisura de mis labios. La narración del cuerpo se confunde con el deseo de mis palabras. Borro y ya no queda nada.

La mujer halcón

Me siento y hablo. Y no soy un poema ni un ensayo. Ni un cuerpo. Soy una rajadura en el cosmos. Una lágrima pequeña en la cara de la niña oscura. Quiero ser sangre y subversión. Quiero ser el otro que te estalla en los ojos del orgasmo. Quiero ser la trenza que rompe tus sueños y se abre en un arco iris. Quiero ser la mujer halcón que vuela prendiendo fuego las vidas normales y sanas. Quiero sentarme, hablar y que lloren sangre y odio. Vengarme y romper tu mente y tus ojos. Que tu normalidad se atragante con mi ano universal. Que te griten y llores cristales rotos de tu caja de cristal represiva. Quiero ser aire en los pulmones de la mujer halcón. Quiero ser el aullido que rompe sus cuerpos y sus anos castrados y sus lágrimas. Quiero sentarme, sonreír y que te des cuenta que todos nos besamos y nos escupimos en la orgía monstruosa de tus ojos. Quiero sentarme y decir. Soy la bestia, tiemblen.