Archivo de la categoría: El libro del apocalipsis

Listas

D. siempre fue mi amor platónico. Bueno, no tan platónico. Con P. me di una vez un beso en una plaza que me quedó guardado en la mente. Siempre anda por ahí. Con M. tomamos un café y sonreímos pensando en las nuevas formas de vida. G. es un niño con muchos problemas pero su barba me sedujo. Con A. recordamos lo que era coger de a tres. L. es una de esas personas que te impacta con tanta luz. A F. me lo crucé hace unos días y la vida le hizo muy mal. A O. no quiero lastimarlo, es demasiado hermoso. A B. lo amo en secreto. Con J. nos cruzamos y supo besarnos como pocos. Con R. lo indestructible se volvió realidad. Y lo imposible también. Y yo sigo siendo un niñito puto que mira a los ojos y sabe besar.

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Soltando los textos de agosto

Hoy abrí mi cuaderno verde. Ese que había terminado hace un tiempo y lo reemplacé con otro. Hay notas desprolijas y mezcladas de una vida caótica y petisa. Y hay algunos escritos de esos que me raspan un poco la garganta. Es hora de que la garganta deje de rasparme. La vida es demasiado horrible y demasiado corta. Algunas palabras confusas, petisas, peladas y peludas que quedaron en agosto en ese cuaderno, algunas de mis palabras de esas que se fueron con un agosto que terminó y dejó mis cenizas para renacer como el Fénix. Aquí están:

Qué difícil es el dolor. En medio de mi vida tengo que seguir pensando en la posibilidad de que nuestro amor imposible ya no es. La posibilidad me angustia, me entristece, me nubla. No puedo imaginar que ya no los voy a ver coger. No puedo. No quiero. Se me cierra la garganta. Siento que estábamos al borde de algo que iba a hacer estallar todos los límites. Siento como si bajáramos los brazos de algo que estaba por atravesarnos y hacer eso. Eso inentendible. Pienso en todo lo que dijimos. Casi no dormí. Mis ojos se nublan, quiero ser otra persona, más tranquila, menos monstruosa. Pero soy esto. Algo de lo mismo había en los tres. De forma diferente pero ahí estaba. La vida espantosa y sin sentido es más bella si acompañamos nuestros dolores. Cuando éramos dos fuimos indestructibles. Cuando fuimos tres fuimos una vía láctea arrolladora que no paró de bailar. ¿Y si ella nació en lugar de morir?

El café me duele. Me acuerdo de esa mujer que me hacía pensar en nosotros. Tengo ganas de escribir un poema que se lleve mis ojos. Ahora estoy aturdido. La sensación es tan diferente. No me imaginaba algo así. Algo tan tremendo.

En mis delirios te parecías un poco a Mr. Darcy. O en realidad más cómo me hubiera gustado a mí que sea Mr. Darcy. Un poco vacío, un poco artista, un poco dañado. Camino liviano por mi vida triste de domingo. Y la canción me dice que las hadas existen. Una pequeña hada que se me quedó pegada en el pecho peludo. En el pecho de puto intenso. “Tienen el don de enamorar” dice la canción. Muchas veces soy un hada. Pero sin grandes dones. La magia no se termina, la magia habita en las hadas. Algo así dice la canción. De vez en cuando lloran. Éramos hadas. Que quisieron construir su propio cosmos. Un sueño.

Este cuerpo que habito y me extraña cada día.

Salgo sucia de casa, recién cogida. Con ropa de domingo. Con mi bigote ridículo como nueva forma de existir. Una amiga me escribe un mensaje y lloro. Siempre dijiste que era muy mariconcito. Un poco me dolía. Lloro muy fácil desde que vine al mundo como niño puto. De ojos grandes. La vida me dio miedo y me puse anteojos para que nadie me vea los ojos. Es que con los ojos no puedo mentir.

Tengo un cuaderno lleno de escritos sobre nosotros. Qué dura se me hace la falta de escritura. La ausencia, la pérdida. Tengo tantas ganas de contar cosas y escribir sueños. De pensar mis alegrías, mis miedos y mis lágrimas. Sólo eso. Un escrito cansado que sigue pensándonos. Porque no me voy a olvidar. No me puedo olvidar. Aunque los recuerdos aturdan y la anestesia me inunde algo yace debajo. Algo queda ahí. Debajo de la piel.

Y así cierran esos escritos de agosto. Ya no es agosto. La garganta ya no me raspa. El sueño de mirar a los ojos y descubrir el cuerpo sin límites no murió. Cuando Jean Grey murió, todas sabíamos que Jean Grey iba a volver. De las cenizas resurge la bestia que supe mirar a los ojos. De las cenizas emerge mi cuerpo y sonríe cuando escucha una canción y baila. Las lágrimas ya no están. El niño puto se sacó los anteojos y ya no tiene miedo de que lo miren a los ojos. Porque son ojos de esos que te miran fijo. Y no mienten.

El amor era eso

Esta es la historia de tres hadas. De esas que tienen ojos que atraviesan multitudes y hacen que cuando las mires sepas que están ahí para abrazarte y hacer que todo el miedo y la tristeza se vayan. Y no tengas pánico a morir. No pienses de vuelta en lo lejos que quedó el sol. Esta es la historia de tres hadas muy bellas que una noche lloraron juntas. Una de las hadas siempre fue muy infantil y se tapaba los ojos con sus alas. Es que no quería que se dieran cuenta que era una niñita asustada de la vida y que no podía con su dolor. Otra de las hadas siempre se sentía un perrito que se hundía en el fango y no podía salir. Y pedía ayuda y el mundo era un pozo oscuro en el que se tenía que disfrazar de diva para sobrevivir. La otra hada había sufrido un montón. Se ocultaba detrás de su frente. Pero en su mirada de ojos tristes se le notaban todos los golpes. Lo dañadas que estaban sus alas. Su luz. Tan bella y tan oscura. Esta es la historia de esas tres hadas. Que en una noche encontraron los libros de sus cuerpos y se sedujeron. Una de las hadas era muy atrevida, muy intensa, no se había dado cuenta todavía pero quería atragantarse de vida. Algo que las unía. Atragantarse. Las tres hadas se encontraron en una cita promiscua y sanaron. Se cuidaron. Se peinaron. Se maquillaron. Se abrazaron. Se besaron. Se atravesaron. Bailaron. Una canto suave en el oído de la otra. Una le hizo un mate a otra mientras compartían una mañana de esas que no se olvidan. Otra se extrañaba de esa felicidad tan escasa en el mundo horrendo. Las hadas soñaron con un mundo imposible. Soñaron. Mucho. Sin darse cuenta que las tres soñaban cosas parecidas. Dos de las hadas a veces peleaban. Pero igual estaban ahí. Cuidándose. Porque eran hadas que peleaban pero esa pelea era por amor. Por comprensión. Y a veces también peleaban las tres. O de a dos pero en otras combinaciones. Y a veces se abrazaban. Y a veces lloraban. Y a veces planeaban como volar por un mundo que les dolía en el cuerpo. Planeaban como bailar juntas y apretadas en una noche cósmica que jamás termina. Y las hadas se encontraron una vez más. Y lloraron. Una se puso fría. La otra se puso cómica. La otra se puso triste. A las tres se les atragantaron las palabras. Y volvieron a llorar. Y se abrazaron. Y decidieron sonreír. Y mirarse a los ojos. Y el hada fría se puso toda cálida con un abrazo de esos que abrasan. Y el hada cómica sonrío y se puso tan graciosa que la luna la miró y lanzó una carcajada. Y el hada triste sintió algo. Sus alas dañadas se sentían mejor. Se sentían brillantes. Luminosas. Y las tres hadas resplandecieron. Y después de muchas lágrimas se tomaron de las manos y cantando una canción llena de arco iris se elevaron. Trascendieron. Y se dieron cuenta de que el amor era eso. El amor era la historia de tres hadas que juntas se sintieron bien en un mundo que quería destruirlas.

Nuevo diario puto 137

La vida se me puso rara. La vida extraña y extraña. Las ganas de hablar, de escribir. De poder decir que todo va a estar bien. Y que por favor no se olviden. 

Nuevo diario puto 136

Tengo frío en los antebrazos. Un frío de eso que me recorre como niño puto y asustado que tiene miedo al dolor. Tengo la garganta cerrada y la voz oprimida hace unos días. Tengo ganas de abrir un blog nuevo que se llame “El puto que siempre quiso ser Jean Grey” y narrar la historia de la rama en mi garganta. Pero sin adornos literarios. ¿Cómo sobrevivo a esto? ¿cómo sobrevivimos a esto? Me incineré en una pila de libros hechos de fragmentos de nuestros cuerpos y no me queda más que cenizas y una colección de recuerdos rotos. ¿Cómo sobrevivo a esto? ¿Cómo vuelvo a cantar y bailar el tema de Kylie? ¿Cómo hago para abrazarte y decirte que todo va a estar bien?

Nuevo diario puto 135

Todavía estoy pariendo un escrito. Algo que todavía no puedo escribir. Pero me ronda, me acecha. Todavía me estalla la cabeza y no tengo muy en claro donde estoy. Pienso en canciones tristes y sueños melancólicos. Me acuerdo de la propuesta de escribir algo juntxs sobre los cómics de Ioshua. Esa propuesta que no llegaste a hacer. Me acuerdo de las ganas y todo. Escucho la versión de “Quereme” de Virginia Innocenti, la versión que me gusta a mí solo. La versión de mi pasado y mis dolores. Era del disco que escuchaba en ese final que fue parte de una vida lejana y alternativa. ¿Será que la música siempre me va a hacer llorar?

Ángela, reina del Infierno

¿Te acordás cuando soñábamos con nubes y castillos cósmicos? ¿Se acuerdan cuando soñábamos con bailar bajo un arco iris lleno de pestañas postizas? Mi cuaderno está lleno de hojas a medio escribir, mi letra es ilegible. Me abrazaste y me acordé de ese primer día en el que nos miramos, me abrazaste y casi lloro, me abrazaste y quise volar por ese mundo que ya no existe. Ese mundo que nunca existió. El cosmos de mis lágrimas que se despierta en una tarde gris y recorre mi mejilla y se detiene en la comisura de mis labios. Hoy miro este cuaderno, voy a recordar a la guerrera y arrancar las hojas como arranco mis alas. Ángela repitió el recurso que había usado toda su vida. El recurso ilegible de los niños monstruo. Cerró el libro que había armado con sus propias manos y miró el océano desde el acantilado. Primero se arrancó el ala izquierda. Después la derecha. Miró al este y sonrió. Lanzó un beso al aire y espero que el viento lo haga volar. Sonrió al oeste y lanzo otro beso. Sonrió y lagrimeó como había hecho toda su vida. Después caminó. Y comenzó a volar. Sus lágrimas caían en el océano. Volaba, lejos, ahogada, cósmica. Vio un reflejo en el agua y escuchó algo. Una voz que Ángela anhelaba y traía consigo el mensaje de su muerte: “Hasta que voces humanas nos despierten. Y nos ahogemos”.

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Cuando ella escribe

Cuando ella escribe se saca los anteojos. No puede  ver bien las letras. Ella es miope. Cuando escribe se saca las uñas postizas. Se mira en el espejo y el reflejo es borroso. La canción de fondo dice todo lo que no tiene. Lo que no va a tener. Cuando escribe ella sueña. Y también llora un poco. A veces bastante. Tiene ojos grandes. Intensos. La canción dice que no tiene agua. No tiene padres. No tiene vino. No tiene fe. Cuando escribe se le atraganta el dolor. Cuando escribe se acuerda de sus pesadillas, se acuerda de ese día en el que los ojos crecían hasta consumirle todo el cuerpo y ya no quedaba más que una mirada llena de lágrimas. Se acuerda de ese otro día en el que los dientes se le caían uno a uno y no podía hacer nada. Cuando escribe piensa en el pasado y se le queda algo atravesado. Cuando escribe llora y la cara se le vuelve una sola tristeza que pide por favor la abracen y le digan que todo va a estar bien.  Cuando escribe ya no le queda nada. Ya no tiene hijos, ya no tiene familia, ya no tiene amor. Cuando escriba ya no hay vida. Sólo ese dolor que quiere escapar por los ojos y la boca. Ese dolor que se traduce en sus manos cansadas. En la canción de fondo que suena y no podemos olvidar. Cuando escribe ella ya no usa palabras. Cuando escribe se olvida de todo el dolor con el que la parieron. De todo el dolor que la destruye día  a día. De a poco. Cuando escribe se da cuenta que lo que siempre quiso fue estar muerta. Desde el primer día. Desde la primera lágrima. Pero la canción la despierta. Y cuando escribe se da cuenta que sus ojos siempre van a estar. Que la mirada que oculta detrás de los anteojos no se va a ir. Cuando escribe se da cuenta de la vida horrenda. Pero también se da cuenta de la canción. De la vida. Y por un instante se siente aliviada. Con sus lágrimas, sus ojos, sus dientes. Aunque no tenga nada, cuando escribe inclina un poco la cabeza y se da cuenta que hace lo mismo que siempre hizo. Lo que está en esa foto que tiene décadas. La foto en la que está con su hermana en la que está con la cabeza inclinada y su mirada de niño puto asustado. Esa foto que la define. Cuando escribe ella vuelve a ser ese niño y por un instante se olvida del dolor. Y de la vida.

Nuevo diario puto 134

¿Será que las interrogantes me abren el libro de las catástrofes? El cuerpo me pide escribir y el cosmos me aterra. Quiero que los ojos me sangren de tanto leer pero se me raja la garganta y las paginas me cortan los dedos. Abro un cajón y se escapa una canción de mi pasado que dice el futuro. Quiero escribir el diario de mis días y se me cruza mi mirada de niño puto. La vida se complica y ya no escribo. Me rompo y ya no funciona mi teclado. Quiero escribir sobre el miedo, el caos colectivo y el dolor de una mente acuariana. Pero la rama se atraviesa y me hundo. ¿Habrá lectores posibles en el mundo de una araña muerta? ¿Habrá algo del otro lado? ¿Habrá sueños en mi boca temerosa de sonreír? Quería volver a escribir mi diario. Pero creo que ese cuaderno murió y se convirtió en la diosa que busca renacer de sus cenizas.