Archivo de la categoría: El libro del poliamor

Soltando los textos de agosto

Hoy abrí mi cuaderno verde. Ese que había terminado hace un tiempo y lo reemplacé con otro. Hay notas desprolijas y mezcladas de una vida caótica y petisa. Y hay algunos escritos de esos que me raspan un poco la garganta. Es hora de que la garganta deje de rasparme. La vida es demasiado horrible y demasiado corta. Algunas palabras confusas, petisas, peladas y peludas que quedaron en agosto en ese cuaderno, algunas de mis palabras de esas que se fueron con un agosto que terminó y dejó mis cenizas para renacer como el Fénix. Aquí están:

Qué difícil es el dolor. En medio de mi vida tengo que seguir pensando en la posibilidad de que nuestro amor imposible ya no es. La posibilidad me angustia, me entristece, me nubla. No puedo imaginar que ya no los voy a ver coger. No puedo. No quiero. Se me cierra la garganta. Siento que estábamos al borde de algo que iba a hacer estallar todos los límites. Siento como si bajáramos los brazos de algo que estaba por atravesarnos y hacer eso. Eso inentendible. Pienso en todo lo que dijimos. Casi no dormí. Mis ojos se nublan, quiero ser otra persona, más tranquila, menos monstruosa. Pero soy esto. Algo de lo mismo había en los tres. De forma diferente pero ahí estaba. La vida espantosa y sin sentido es más bella si acompañamos nuestros dolores. Cuando éramos dos fuimos indestructibles. Cuando fuimos tres fuimos una vía láctea arrolladora que no paró de bailar. ¿Y si ella nació en lugar de morir?

El café me duele. Me acuerdo de esa mujer que me hacía pensar en nosotros. Tengo ganas de escribir un poema que se lleve mis ojos. Ahora estoy aturdido. La sensación es tan diferente. No me imaginaba algo así. Algo tan tremendo.

En mis delirios te parecías un poco a Mr. Darcy. O en realidad más cómo me hubiera gustado a mí que sea Mr. Darcy. Un poco vacío, un poco artista, un poco dañado. Camino liviano por mi vida triste de domingo. Y la canción me dice que las hadas existen. Una pequeña hada que se me quedó pegada en el pecho peludo. En el pecho de puto intenso. “Tienen el don de enamorar” dice la canción. Muchas veces soy un hada. Pero sin grandes dones. La magia no se termina, la magia habita en las hadas. Algo así dice la canción. De vez en cuando lloran. Éramos hadas. Que quisieron construir su propio cosmos. Un sueño.

Este cuerpo que habito y me extraña cada día.

Salgo sucia de casa, recién cogida. Con ropa de domingo. Con mi bigote ridículo como nueva forma de existir. Una amiga me escribe un mensaje y lloro. Siempre dijiste que era muy mariconcito. Un poco me dolía. Lloro muy fácil desde que vine al mundo como niño puto. De ojos grandes. La vida me dio miedo y me puse anteojos para que nadie me vea los ojos. Es que con los ojos no puedo mentir.

Tengo un cuaderno lleno de escritos sobre nosotros. Qué dura se me hace la falta de escritura. La ausencia, la pérdida. Tengo tantas ganas de contar cosas y escribir sueños. De pensar mis alegrías, mis miedos y mis lágrimas. Sólo eso. Un escrito cansado que sigue pensándonos. Porque no me voy a olvidar. No me puedo olvidar. Aunque los recuerdos aturdan y la anestesia me inunde algo yace debajo. Algo queda ahí. Debajo de la piel.

Y así cierran esos escritos de agosto. Ya no es agosto. La garganta ya no me raspa. El sueño de mirar a los ojos y descubrir el cuerpo sin límites no murió. Cuando Jean Grey murió, todas sabíamos que Jean Grey iba a volver. De las cenizas resurge la bestia que supe mirar a los ojos. De las cenizas emerge mi cuerpo y sonríe cuando escucha una canción y baila. Las lágrimas ya no están. El niño puto se sacó los anteojos y ya no tiene miedo de que lo miren a los ojos. Porque son ojos de esos que te miran fijo. Y no mienten.

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El amor era eso

Esta es la historia de tres hadas. De esas que tienen ojos que atraviesan multitudes y hacen que cuando las mires sepas que están ahí para abrazarte y hacer que todo el miedo y la tristeza se vayan. Y no tengas pánico a morir. No pienses de vuelta en lo lejos que quedó el sol. Esta es la historia de tres hadas muy bellas que una noche lloraron juntas. Una de las hadas siempre fue muy infantil y se tapaba los ojos con sus alas. Es que no quería que se dieran cuenta que era una niñita asustada de la vida y que no podía con su dolor. Otra de las hadas siempre se sentía un perrito que se hundía en el fango y no podía salir. Y pedía ayuda y el mundo era un pozo oscuro en el que se tenía que disfrazar de diva para sobrevivir. La otra hada había sufrido un montón. Se ocultaba detrás de su frente. Pero en su mirada de ojos tristes se le notaban todos los golpes. Lo dañadas que estaban sus alas. Su luz. Tan bella y tan oscura. Esta es la historia de esas tres hadas. Que en una noche encontraron los libros de sus cuerpos y se sedujeron. Una de las hadas era muy atrevida, muy intensa, no se había dado cuenta todavía pero quería atragantarse de vida. Algo que las unía. Atragantarse. Las tres hadas se encontraron en una cita promiscua y sanaron. Se cuidaron. Se peinaron. Se maquillaron. Se abrazaron. Se besaron. Se atravesaron. Bailaron. Una canto suave en el oído de la otra. Una le hizo un mate a otra mientras compartían una mañana de esas que no se olvidan. Otra se extrañaba de esa felicidad tan escasa en el mundo horrendo. Las hadas soñaron con un mundo imposible. Soñaron. Mucho. Sin darse cuenta que las tres soñaban cosas parecidas. Dos de las hadas a veces peleaban. Pero igual estaban ahí. Cuidándose. Porque eran hadas que peleaban pero esa pelea era por amor. Por comprensión. Y a veces también peleaban las tres. O de a dos pero en otras combinaciones. Y a veces se abrazaban. Y a veces lloraban. Y a veces planeaban como volar por un mundo que les dolía en el cuerpo. Planeaban como bailar juntas y apretadas en una noche cósmica que jamás termina. Y las hadas se encontraron una vez más. Y lloraron. Una se puso fría. La otra se puso cómica. La otra se puso triste. A las tres se les atragantaron las palabras. Y volvieron a llorar. Y se abrazaron. Y decidieron sonreír. Y mirarse a los ojos. Y el hada fría se puso toda cálida con un abrazo de esos que abrasan. Y el hada cómica sonrío y se puso tan graciosa que la luna la miró y lanzó una carcajada. Y el hada triste sintió algo. Sus alas dañadas se sentían mejor. Se sentían brillantes. Luminosas. Y las tres hadas resplandecieron. Y después de muchas lágrimas se tomaron de las manos y cantando una canción llena de arco iris se elevaron. Trascendieron. Y se dieron cuenta de que el amor era eso. El amor era la historia de tres hadas que juntas se sintieron bien en un mundo que quería destruirlas.

Abuelas

Ayer estuve sentado en un café escribiendo y me salió algo que hace rato me daba vueltas, son dos textos, uno muy actual y uno del pasado:

La abuela Chiche

Como nació el 21 de septiembre le pusieron de segundo nombre Primavera. Elba Primavera Navarro. La abuela Chiche para sus nietos. Una mujer dura, fuerte. Una mujer que tuvo que enfrentarse sola a un mundo muy difícil. La abuela Chiche hace unas semanas que se está yendo. Con esa lucidez tremenda que siempre la caracterizó. Yo pretendía hacer como que no me importaba. Pero no puedo. Viajé hace poco al sur y pude despedirme. Y me di cuenta de muchas cosas de Chiche que me acompañan. Como a mi padre a mí me gusta hablar de cosas que me interesan o me apasionan. Los dos hablamos un poco como Chiche. Como a ella siempre me fascinó la tecnología. Chiche siempre fue fanática de las novedades tecnológicas. A Chiche le gustan los juguetes. A mí también. Con ella yo coleccionaba figuritas cuando era un pequeño niño puto. Coleccionábamos juntos las de los ositos cariñosos y las de frutillita. Ella desde muy chico me llamó geniecito. Y se asombraba de mi cuidado al bajar la escalera. En casa de Chiche cuando era un niño triste y silencioso me quedaba sólo y leía los nombres de los personajes de la mitología griega en uno de sus diccionarios. Me sentía muy libre en casa de Chiche. Cuando Chiche supo que yo era puto me llamó por teléfono. Y me dijo cosas muy hermosas. Y me dijo que me quería. Contra todos los prejuicios que podían rodearla. Cuando la vi hace unas semanas le llevé sus caramelos favoritos, unos Lyon D’or, muy finos. Porque la abuela Chiche siempre fue una mujer muy fina. Algo de eso también tengo. También le dejé un amuleto. Un juguete que la mira ahora desde una repisa. Donde supongo lo colocó mi madre. En estas semanas Chiche me enseñó lo que es perdonar, lo que es soltar rencores (ella y vos Edith). Y el amuleto, el hadita, la mira. Porque lo que le dejé es un juguete. A Chiche no le dio vergüenza que su nieto puto le regale un hada playmobil. Lo entendió. También me dijo por segunda vez en mi vida que me quería. Y que estaba orgullosa. Y que yo era su nieto gay. Y me fui. Y antes la abracé, sabiendo que no iba a volver a verla. Me dijo una vez más que me quería. La tercera vez en su vida que me lo dijo. Y me dijo otra cosa. Que la próxima vez que nos veamos íbamos a jugar con los playmobils. Sabía muy bien de lo que hablaba. Cada vez que juego un poco la siento conmigo. No sé muy bien de qué se trata estar vivo abuela. Pero te voy a extrañar mucho, de eso estoy seguro.

La abuela Berta

Hace años murió Berta. Fue de esos momentos en los que intento parecer o ser frío para evitar que las cosas importen. Pero hoy, muchos años después, ya sé que no es así. Tengo que ser sincero con eso que me cierra la garganta y me hace pensar. A Berta la extraño. Aunque haya sido una mujer dura y difícil a Berta la extraño. La extrañamos. Yo estaba muy enojado con Berta cuando murió. Le había hecho cosas muy horribles a mi madre y me costó aceptar esas cosas. Pero al mismo tiempo fue mi abuela. La bruja, la curandera, doña Berta. Con Gabriel la llamábamos Au. Era una mujer petisa, de pelo gris, en mi recuerdo se me aparece como una mujer casi tanguera. Era gordita y petisa. Un poco como yo. Siempre me voy a acordar cómo Gabriel se sentaba sobre sus tobillos y lo feliz que se lo veía. Creo que algo de mi ser petiso viene de Berta. Así como algo de mi identidad escritural. Cuando murió yo me quedé con dos cosas. Una taza común, transparente, que me recordaba cómo Berta me hacía el té. Desde siempre me gusta ver el color del té porque me recuerda a mi abuela haciendo el té a la mañana. La otra cosa que me quedé es una carta. O una nota. Escrita en una hoja un poco amarillenta. Mi abuela no había terminado la escuela primaria. No era escritora. Ni una gran lectora. Era una mujer trabajadora, una sirvienta, una sobreviviente. En esa nota de media página ella cuenta con sus palabras lo que sintió cuando se enteró de la muerte de su hijo Silvio en 1979. Desde que leí esa nota me fascinó la potencia de ese escrito y esas palabras. De esa necesidad de escribir, ese dolor. Me sentí muy identificado. No sé cuando escribió esa nota y que yo sepa no volvió a escribir cosas así. Para mí, algo de lo que hay en esa nota me acompaña desde siempre. La guardo como una de mis reliquias. A la abuela Berta nunca pude contarle que soy puto. Murió antes de que me abriera al cosmos y me diera cuenta de lo importante que era para mí que lo supiera. Pero la abuela era sabia. Berta nos conocía muy bien a mí y a Gabriel. Por algo, en su forma de llamarnos desde chicos nos llamaba sus chanchas. Gabriel era la chancha puta, la chancha que corre, se golpea, se ensucia. Yo era la chancha fina, la cancha modosita, la temerosa, la cuidadosa. Lo decía con mucho amor. Y no debe haber mejor descripción para mí como niño puto que la de chancha fina. Hoy, mi otra abuela, Elba Primavera, Chiche, se está yendo. Y aunque pretendía ser frío y que no me importe y que pareciera que no quiero a nadie no puedo. La partida de Chiche me hace pensar mucho en la abuela Berta. En la Au. Te extraño Au. Te extrañamos.

Nuevo diario puto 133

No quedan lectorxs. O no me quedan lectorxs. Mejor. Ya no me quedan muchas palabras. Recién choqué con un cable y se apagó la pc. Se perdió el texto ese de los jardines que había escrito el otro día recordando uno del pasado, una lectura y mi propia voz.

Quiero hablar a la pantalla. Quereme. Primera versión. Quereme. Segunda versión. Algo se desvirtúa en las teclas sin sentido. En la lectura de otro capítulo. Hace unas semanas comencé un nuevo diario íntimo. Este es rosa. Como algunos de los témpanos de mi corazón acuariano. No escribo mucho. Pero algo se está yendo por ahí.

Se supone que soy un adulto. Pero no lo soy. Soy una niñita asustada que por fin tiene su casa de muñecas y se ahoga con la vida. Quereme. Tercera versión. Hay una luz en tu ventana pero en tu sombra está mi amor acompañada. Yo reescribo las canciones. O escucho otra versión. O tengo frío y quiero que sean más felices. Como un musical. O la canción que dice algo de Baltimore con la que me siento identificadx. O un baile desenfrenado que no existe.

No importa. Ya no hay lectorxs de todo esto. No creo que queden tantas entradas en este diario. Ya lo estoy traicionando al incrustar canciones. Ya hace un tiempo. Tengo que empezar otro diario. O escribir en mi cuaderno rosado de niña que sueña con que se terminen sus días.

Nuevo diario puto 132

El repulgue de las empanadas me une con el pasado. Me hace acordar cosas y momentos muy específicos. Casi como una herencia. Como un cover de Edith Piaf en medio del caos. Es una de mis pocas habilidades manuales, el repulgue de las empanadas. La receta es materna. Viene directo del piso de tierra. Cuando cocino empanadas me acuerdo de Berta haciendo empanadas y pienso que algo heredé.

La griega

Hace años la araña escribió una historia de amor. La araña tenía brazos fuertes y muy velludos. Sabían abrazar. Pero eso fue hace mucho tiempo. A la araña la rompieron cuando escuchaba una canción muy romántica cantada en italiano. De una película que le gustaba mucho. Se cruzó hace unos días con esa mujer que siempre quiso que fuera su amiga y charlaron. Como esa otra vez hace años borrachos en una fiesta. El reflejo difuso de su propia vida. La araña se acuerda de la película y le dan ganas de bailar como ella. De volver en el tiempo y sonreír un poco más.

Angustias

Cuatro minutos veintinueve segundos. El tiempo que me dieron para escribir mi historia. Cuando tenía seis años madre dejó de llamarme por mi nombre. Me empezó a gritar. Mi nombre pasó a ser Angustia. La pequeña y llorona Angustia. Angustia, la niña monstruo. En otros lugares me gritaban ese nombre. Las gotas de saliva de los gritos tocaban mis mejillas. Yo ya no escuchaba. Angustia era mi totalidad. Mi miedo. En esos momentos quería ser como Carrie en la película y destruir el universo a mi alrededor. Dibujaba el mundo y lo incendiaba con un fósforo monstruoso que nacía de la palma de mi mano. Me refugié en el canto de una mujer religiosa. Un poco en secreto me enamoré. No importó. Era casi una monja. En algún momento crecí y ya no me gritaban. Ya no había madre. Ya no había saliva. Pero seguía siendo Angustia. Y seguía llorando. A esta altura los cuatro minutos veintinueve segundos se me habían terminado pero alguien me dio unos minutos más. Lo agradecí. Por eso sigo escribiendo en este papel inmundo. No tengo historia más que esto que les digo. No tengo otras palabras. Sólo este dolor en el pecho y la garganta que me atraviesa. No puedo arrancarme la garganta. Pero tomé una decisión. Si no puedo arrancarme el pecho y la garganta voy a hacer como Edipo y arrancarme los ojos. Quizás por ahí se escape mi nombre y vuelva a ser lo que fui antes de que me bautizaran con el dolor. Esta noche voy a hacerlo. Y mañana, cuando no pueda verlos y sonría, no se olviden que ya no me llamo Angustia, que mi nombre ahora es ese que entra como una mariposa por sus labios y los hace sentir flores en la garganta.

Nuevo diario puto 130

Pasan dos meses y no me doy cuenta. No escribo y no me doy cuenta. Se me cansan los ojos, los brazos y la cintura. La vida nos aplasta y ahí estamos, bellos, bollos y sonrientes. O casi. Quiero renacer de las cenizas, como Jean Grey. Quiero ser Jean Grey y destruir galaxias con el pensamiento. Y mi pila de pendientes es interminable. Y los papeles me aburren. Quiero leer. Quiero jugar. Imprimo, escucho a Dolores, peleo, me río, me duelen las encías, camino, imaginamos miles de proyectos y las fechas nos aprisionan, el año nos pasó por arriba como un torbellino, pero sigo flotando. Quiero tomar sidra. Porque soy puto, petiso, pelado y me gusta la sidra. Aunque el champagne también me gusta. Y el vino. Y la cerveza. Creo que me gusta todo.

Pétalos

¿Cómo escribir la narración de tres cuerpos en menos de tres minutos? Una canción que quiero me arranque la tristeza y las ganas de no estar, de desfallecer y arrancarme los pulmones. Un momento que nos queda en la retina, darnos vuelta y verte. Verlo. Vernos. Tu cara y tu barba enamoradas. Mi ansiedad y mi desequilibrio. La canción que cambiamos una palabra y se convierte en parte de mi cuerpo. You’re sexy. You’re saxe. So sexy, so sexy in my head. So saxe, saxe in my head. Somos una sola diva con tres cuerpos esparcidos por un cosmos de pétalos secos y bocas cubiertas de semen. Una lista de momentos. Una lista que contemplo con mis ojos rotos. Cuando nací tenía los ojos abiertos y me tocaron con la rama de la tristeza. Mamá me miró y me ahogó en una piscina de sangre. Me saco los anteojos y no los veo. Quiero verlos. Quiero besarte. Quiero besarte. Quiero ser la repetición eterna de un momento en el que entramos en el cuerpo del otro y ya no me ahogo. Se me rompe la ansiedad y el cuello, se me rompen los cristales y el fragmento me entra en el ojo y se me desinfla el globo ocular. Miento y la canción no dura tres minutos. Vuelve a empezar y mis ojos no pueden enfocar. Ven mal. Me pongo los anteojos y te vemos a lo lejos. Me saco los anteojos y te siento cerca. Ahí. En el medio de su barba. En el medio de mi pecho. Ahí en el lugar que no entendemos. En la nube monstruosa de mi mirada rota que desea que la abracen y se lleven la vida y la hundan en un charco de barro y suciedad. ¿Dónde están los momentos? ¿Por qué coinciden los momentos? ¿Por qué no puedo dejar de respirar? Se me cruzan los libros que leo con mis ojos que no pueden enfocar y las ganas de que me abracen y me digan cosas hermosas. Se me raja el cuerpo y te abrazo. Se me raja el cuerpo y me falta una parte. Me falta y se me atraviesa la rama en la garganta y quiero sonreír. Y quiero mirarlos a los ojos y besarnos como ese día que nos besamos y sentí que el mundo ya no existía y se me erizó toda la piel y los ojos y la boca y las lágrimas se me escaparon y atravesaron eso que apenas puedo comprender y me coge, nos coge, el cuerpo, la mente, las barbas y los ojos.

El diario de la sangre derramada II

Mi diario está hablando en muchos momentos en un plural nuevo que antes no existía. Mi diario de la sangre derramada. El cuento que escribí hace más de una década y está atrapado en algún rincón de la frialdad. ¿Quién me regala un cuerpo nuevo sin tristeza? Quiero ponerme un traje rojo como el de la cantante y arrancarme los ojos como Edipo. El segundo té que me tomo en el día tiene el sabor de mis pensamientos. Mi cara ladeada mientras contengo las lágrimas. Las ganas del abrazo de la madre que me arranquen del mundo. Las ganas del beso de Medea que se lleve el silbido en mi garganta. Que me ahogue mientras duermo y no me deje despertar. Me saco los anteojos y ya no puedo ver. No sé qué escribo. Los cristales me acomodan la realidad. La música me duele en los brazos. Escribo en el diario y no recuerdo los días sin cristales. Cambio de canción y ya no hay voces humanas que nos despierten. Nos ahogamos.