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Bichito de luz marica

Esto no me lo acuerdo muy bien. No sé cuánto es recuerdo mío, invención o recuerdo ajeno. Pero hay algo que me contaron y yo recuerdo. Y algo hay en todo eso, una sensación que sentí muchas veces después. En el jardín de infantes los niñitos normales tenían un acto o una fiesta o algo con disfraces. Madre siempre quiso que su primogénito brillara, su hijito bueno y tranquilo, el niñito que nunca molestaba. Padre lo dijo hace no mucho tiempo en una charla. Fuiste un niño muy bueno. Tal vez demasiado bueno. Por algo en mi sangre siento el odio de décadas acumulado en un cuerpo no demasiado grande. Volvamos a los disfraces. Madre siempre me hizo los disfraces más brillantes, más resplandecientes. El disfraz perfecto para un niñito puto. Esa vez fui de bichito de luz. Mi traje verde tipo catsuit con alas y guirnaldas brillantes todo en verde. Debe haber sido uno de los trajes más bellos y sinceros que tuve que usar en toda mi vida. En ese trajecito tan pequeño, tan brillante, tan marica, el niñito puto se sentía a gusto. Las fotos atestiguan que era un bichito de luz marica muy bello de ojos gigantes y asustados. En la fiesta del jardín de infantes estaban todos los niños normales disfrazados de personajes de cuento de hadas o algo así. Y bailaban en una gran ronda todos tomados de la mano, los duendes y las princesas. A mí no me dejaron entrar. Al bichito de luz marica no lo dejaron entrar. No lo dejaron bailar con el resto en su ronda de niñitos normales. ¿Habrá llorado el bichito de luz marica? Seguramente. Ese día el bichito de luz marica se sintió muy solo. Muy afuera. Y el niñito puto empezó a aprender que se sentía cuando no te querían en algún lugar. En alguna caja todavía conservo ese disfraz. Es un poco como si fuera mi verdadera piel. Esa que me arrancaron y quisieron quemar. La imagen del bichito de luz marica es parte de quien soy, el bichito de luz marica, todo verde y brillante en su traje ajustado, solo, expulsado. El bichito de luz marica, niñitx putx en un rincón solitx, llorando. Muchas veces sigo siendo ese bichito de luz marica. Pero ya no estoy sola en ese rincón.

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Aborteras

Estos últimos días estuve hablando mucho con madre sobre sus abortos. Como marica con cuerpo no gestante, no puedo decir mucho sobre la experiencia del aborto en primera persona. Pero puedo relatar cosas de esta charla con madre que dicen mucho sobre los relatos que todavía tenemos que recuperar. Pienso en una frase que leí recién “Aborto. Aborto. Aborto. Decirlo tantas veces como se las calló.” ¿Servirá de algo escribir? La pregunta siempre nos ronda. En la historia familiar nunca se ocultó que madre se practicó varios abortos. Pero no fue algo que hayamos charlado mucho. Tengo el recuerdo de que madre siempre fue abortista. Y un recuerdo difuso sobre la abuela Berta, algo de la abuela bruja y curandera que tiene que ver con el aborto. Recuerdo un cuento de madre que tenía que ver con una parienta que abortaba y ocultaban el episodio. Recuerdo haber ilustrado el cuento. Algo de la historia de la abuela Berta estaba en ese cuento. Mi familia siempre fue abortista. Madre y padre siempre creyeron en la libertad. Y en que nadie puede elegir por sobre nuestros cuerpos y nuestras vidas.
“¿No te jode saber secretos oscuros hijo?” me dice madre. Y pienso en que no hay nada de oscuridad. Hablamos mucho estos días de eso y le cuento que quiero escribir algo con toda esta información. Madre se practicó tres o cuatro abortos. No recuerda ninguno como algo traumático. La historia de la mayoría es habitual: realizados en clínicas en el sur en momentos en los que quedó embarazada y no quería tener hijos. Pero cuando me cuenta la historia del primero se nota su fortaleza (ella la llama inconsciencia) y lo afortunada que fue.
Ese primer aborto fue a los 16 años. La familia de madre era una familia de “cabecitas negras” (de algún lado me viene el odio de clase que tengo muy adentro). Una familia santiagueña que se trasladó del interior a Buenos Aires. Mi abuela, Berta, fue sirvienta, portera, bruja, curandera, abandonada por el esposo en los años sesenta con tres hijos chicos. Abandonada, humillada y en crisis. Ese señor que conocí como en el 2000 y vi una sola vez en mi vida. Ese señor la abandonó con tres hijos, se llevó todo lo que tenía y le dejó un montón de deudas. En ese momento fue que tuvo una parálisis facial. Me acuerdo de madre siempre teniendo miedo a que se le paralizara la cara. Todavía pienso en la abuela cuando me hormiguea un ojo. Berta que había llegado hasta cuarto grado en el sistema educativo y escribía con mucha dificultad. Cuando hablamos de todo esto con madre recuperé una imagen de Berta que no tenía. Madre, la hija más morocha y cabecita negra, fue una adolescente muy rebelde. Y a los 16 se quedó embarazada de padre.
Madre trabajaba de 14 a 20 como cadete, controlaba el ausentismo y servía el té en una obra social de un sindicato. Padre trabajaba en una fábrica. La abuela Berta se encargaba de las tareas de maestranza en una clínica y en un organismo educativo. Mi tía trabajaba en una fábrica de productos de cuero. Según madre en ese momento estaban mucho mejor que unos años atrás. Madre intentaba terminar el secundario a la mañana (alguna vez que hablamos me dijo que ella nunca fue a la universidad porque no sabía que existía algo así).
Madre cuenta que de adolescente no tenía información sexual. Que era muy ignorante (¿será por eso que siempre hablaron tanto de educación sexual con sus hijos?). Cuenta que su hermana mayor le explicó algunas cosas. Y en el año 76, con 16 años, queda embarazada. Cuando se da cuenta del embarazo lo hablan con padre y no quieren tener un bebé. Madre no quería tener un bebé. Así lo dice hoy en día madre, “yo no quería un bebé. Quería ir de mochilera con tu padre a Estados Unidos. Estaba de dos meses y medio o tres.”
Ni juntando todos los sueldos llegaban a pagar el aborto. A eso se refiere cuando habla de algo carísimo. Sus dos mayores preocupaciones después de decidir no tenerlo (a los 16 años, no me la puedo imaginar tomando decisiones así a los 16) era hablar con su madre y conseguir la plata. La respuesta de la abuela Berta la sorprendió. Le dijo que tendría que habérselo dicho antes. ¿Y la plata? Juntaron todo y no conseguían. “Era carísimo” repite una vez y otra madre. Abuela tenía dos trabajos, padre y madre los suyos. Y no lograban juntar. Madre recuerda que la abuela vendió unas joyas de oro y así llegaron a juntar lo que necesitaban. A mi abuela siempre le costó quedar embarazada. No sabemos con certeza cuáles de sus tres hijos fueron biológicos y cuales adoptivos. Hoy en día ya no importa. Pero en el relato de madre no hay dudas del apoyo a su hija. Si vendió joyas de oro deben haber sido las únicas joyas que tuvo en toda su vida. La abuela consiguió una médica que lo iba a hacer. En un consultorio particular. Madre recuerda estar esperando con Berta a que la atiendan cuando cae la policía. En la sala de espera había tres madres con sus hijas. Le habían hecho una denuncia a la doctora. Se las llevaron a todas a la comisaría y las interrogaron por separado. Todavía se pregunta cómo fue que ella y Berta dijeron exactamente lo mismo, “habíamos ido a tomar el té y charlar”. El problema, recuerda madre, era que yo era menor de edad. Después de los interrogatorios las dejan ir. No sabe qué pasó con la médica ni con las otras chicas. Aunque el consultorio fue clausurado. Pero después la abuela se enteró que al mes estaba funcionando de vuelta.
Dos días después la abuela Berta consigue otra médica. Una que hacía los abortos en un consultorio en su casa. Madre se acuerda que fue algo así como un parto inducido. Que se queda acostada con un suero y después un remedio para provocar las contracciones y listo. Me repite que no lo vivió como algo traumático. La abuela Berta tenía miedo de dejarla sola pero la tuvo que dejar en lo de la doctora. Llegaron a las tres de la tarde y la médica explicó todo el procedimiento, a las cinco la abuela se tuvo que ir porque era en un lugar muy lejos de donde vivían. Como por Longchamps o por ahí. Ahí la médica la acuesta, le da sopa y té, madre se queda acostada leyendo hasta la medianoche con el suero puesto, después hubo un dolor de panza, la médica mandó otro remedio por la vía del suero y cinco minutos después ya estaba. Después de eso la curó y la limpió y la dejo descansando. Durmió hasta el día siguiente que la abuela la fue a buscar al mediodía. Y no tuvo dolor ni problemas posteriores.
Pienso en la suerte de madre de haber tenido todo ese apoyo de su madre, mi abuela, Berta. Y ahí se acuerda de otra cosa. Berta, curandera, bruja, algo tenía que ver con los abortos, “La abuela daba una inyección por vena hasta el 70 y pico”. Una inyección para abortar me aclara. Dejó de darla porque una parienta casi se muere y tuvieron que ir corriendo a una guardia. Madre cree que ahí se asustó y no dio más. La historias de la abuela Berta abortera están ahí, dando vueltas como relatos incompletos. Como si el aborto fuera un saber de brujas que se ayudan las unas a las otras. Y ahí me acuerdo del cuento que madre escribió y yo ilustré.
Cuando la abuela Berta fallece yo la odiaba. No hacía mucho tiempo me habían contado algo que me parecía espantoso. Madre había sufrido acoso y un intento de abuso por parte del que en ese momento fue pareja de Berta, madre era preadolescente. Cuando madre se lo contó a Berta, ella no le creyó. O no quiso creerlo. O no pudo creerlo. Esa pareja les había conseguido trabajo a todxs. Madre me dice que hoy en día no lo juzga. Mucho tiempo después supo reconciliarse con su madre. Cuando fallece yo me había enterado de eso no mucho tiempo antes y la odié. Hace unos años dejé de odiarla. No me corresponde a mí juzgar lo que haya tenido que hacer mi abuela para sobrevivir a la vida que tuvo. Quizás el odio venía de la mezcla de esa abuela bruja que siempre me quiso y esa madre tan difícil que fue para sus hijxs. Cuando madre me contaba todo eso de su primer aborto recuperé una imagen de mi abuela que nunca había tenido. Una abuela Berta madre que ayudó a su hija a abortar en clandestinidad pero protegida. Madre podría no haber tenido tanta suerte. Por suerte estuvo la abuela Berta ahí. Y pienso otra cosa. En esa seguridad de madre a los 16 años de no querer tener un hijo. Yo siempre le discuto que cuando me tuvo a mí a los 21 no podía tener mucha idea de planificación, de querer tener hijos, etc. Y ella siempre me repitió que eligió tenerme. Cuando charlamos todo esto me resulta mucho más comprensible y claro en su relato.
Yo tengo el recuerdo de que padres siempre fueron como referentes de todo lo desobediente, marginal e incorrecto en la familia. Y una vez me acuerdo que yo estaba con ellxs cuando hubo un llamado de unos parientes, mucho más jóvenes y hablaban de algo que yo no entendía. Yo era una mariquita preadolescente que tenía muy pocas ganas de vivir, encerrada en una vida horrible. El llamado tenía que ver con el aborto. Con pedir ayuda, consejo, palabras, respecto a hacerse un aborto. No querían ser padres. No todavía. Tengo la sensación de que esos parientes sentían algo de culpa. Como yo estaba ahí me explicaron todo. Esos parientes no tenían nada de información. Como madre y padre mucho tiempo antes.
Yo vengo de una familia que a veces parece escapada de una película muy dramática. Llena de secretos oscuros y medias verdades. El mundo me arrancó todos los pétalos y me encerró en una caja que durante mucho tiempo fue un ataúd. Pero mi familia, con todas sus contradicciones, me dio herramientas para ser libre. Para recuperar todas las flores que quise y puedo ser. Cuando pienso en que vengo de una familia sin abuelos, una familia de mujeres que sufrieron mucho, me doy cuenta que hay muchos relatos que no pudimos enunciar ni decir. Y escribir se volvió una forma de recuperar nuestros relatos. Una forma de sobrevivir.

Vergüenzas

Hace unos días pensaba en los besos. O la primera vez que me besaron o besé a alguien. Yo no sé si tengo un primer beso. O un beso infantil. Me acuerdo que de adolescente nos dimos un beso con una amiga, un beso frío, no sentí nada, como a los 16 en una fiesta. Varios años después me besó Marcelo por primera vez y fue algo que me rajó a la mitad. Nunca había sentido algo así. Soy bocón, me gusta cuando me besan, se siente algo inexplicable. Esa fue la primera vez que sentí un beso por primera vez. Aunque era muy grande ya. Hay otro beso antes, pero no lo puedo catalogar como un beso. Es un tipo de contacto con mi boca pero yo no lo viví como un beso. No lo puedo recordar con tanta claridad como otras cosas. Lo siento casi como un sueño. Como muy difuso en mi recuerdo. Pero hay algunas cosas que me permiten ubicarlo. Con hermanite íbamos a la escuela, que en esa época quedaba a dos cuadras de casa. O sea que tenía nueve años. Y hermanite ocho. Y como ya dije, yo siempre fui muy bocón. Como madre. De labios anchos. Eso puede llamar la atención. Con hermanite caminábamos y nos topamos con un grupo de adolescentes, chicas y chicos, en realidad creo que eran adolescentes, en mi recuerdo nebuloso eran como mucho más grandes de lo que era yo. Me acuerdo que ese grupo aparece frente a nosotros. No serían más de 5 adolescentes (serían adolescentes?). Y recuerdo risas, burlas, cosas así, recuerdo algo como si hubiera que hacerle algo al niñito putito, que no era hermanite, recuerdo algo de hermanite alejado a la fuerza. Y recuerdo a una chica besándome a la fuerza, de una forma muy repulsiva. Obligándome. Recuerdo algo de curar al niñito puto. No tengo recuerdo de la sensación física, sólo de lo violento que se sintió todo el episodio. Y de las risas, me acuerdo mucho de que se burlaban y se reían. Después nos soltaron y siguieron camino. Yo me limpie la boca con la mano del guardapolvo y no me acuerdo si lloré. Estábamos a una cuadra del colegio y llegamos rápido. Todo esto pasó muy rápido. A mí me dio mucha vergüenza. Me da mucha vergüenza. Ayer pensaba que es algo que nunca le conté a nadie. No entiendo por qué. Tardé muchos años en volver a besar a alguien. Eso que recuerdo como algo feo, como algo muy muy perdido en recuerdos que se me confunden, nunca lo pensé como un beso. Mi primer beso vendría mucho tiempo después. Hubo varios, pero el primero por el que mi boca sintió algo fue cuando ya había crecido y estaba muy lejos de ese lugar donde fui un niñito puto de ojos gigantes y boca carnosa que jugaba muy solitario porque era el único lugar donde se sentía a salvo.

La destrucción

Estaba pensando en tres cosas, tres recuerdos o algo así. Que se relacionan con la destrucción. En algún momento el niño puto abrazó la destrucción (¿O la auto-destrucción?). Pienso en eso de las vidas que no pueden ser vividas. O los momentos de las vidas que no pueden ser recordados con facilidad. Los recuerdos se me mezclan pero ahí están esas tres cosas. La primera tiene que ver con que yo aprendí a leer de chiquitx, imitando a madre que había aprendido a leer para poder escapar de la realidad. Ella nunca paró de leer desde ese día en el que la bibliotecaria de la escuela le prohibió leer “Los miserables”. Como si hubiera servido para algo esa prohibición. Ahí aparece mi recuerdo, viendo películas con madre y padre y hermanite. Películas con subtítulos, tengo el recuerdo de un momento en particular, viendo una película de cine catástrofe de esas de aviones que se estrellan y muere medio avión. Hermanite no llegaba a leer los subtítulos. Y era muy insistente. Y madre y padre se cansaban de leerle todo. Entonces yo le leía hermanite. Le leía los subtítulos y le explicaba la película. Y cuando éramos chiquitxs le ataba los cordones. Muchas décadas después sigo leyendo y explicando textos. Todavía me acuerdo ese día en el que le conté “La letra escarlata” a Ati. El segundo recuerdo tiene que ver con el cine. Con madre siempre vimos películas, desde muy chiquitxs, todo tipo de películas. Y a mí siempre me gustó mucho eso. Entre lo que veíamos, el cine catástrofe siempre nos llamó mucho la atención a madre y a mí. Había algo en el cine catástrofe que generaba una especie de goce. Las escenas de destrucción siempre me emocionaron. Desde la primera vez que las vi, casi como si me generaran placer. El tercer recuerdo se encadena con todo esto. Desde muy chicx, tendría unos 7 u 8 años, la niña putx de mi infancia empezó a dibujar. Dibujar siempre me gustó. No soy un gran dibujante pero es de esas cosas que me hace bien hacer. Y durante años dibujé lo mismo una y otra vez: una ciudad de grandes edificios, muy bella y moderna, muy diferente al pueblo montañés en el que vivía. Y una vez que estaba dibujada, la destruía. Pero no se trataba de romper el papel. Era otra cosa, era ir dibujando la catástrofe sobre la ciudad, borrando y dibujando encima incendios, terremotos, naves espaciales, inundaciones, todo lo que se me ocurría. Nunca era el mismo tipo de destrucción, alternaba entre uno y otro. Y había una suerte de historia de cómo se iba destruyendo la ciudad. Las catástrofes devastaban la ciudad y no quedaba nada, nadie sobrevivía. Pasaba horas haciendo eso. Tengo el recuerdo muy vívido. Pasé horas y años una y otra vez dibujando eso. En algún momento me mandaron a la psicopedagoga. Y también inventaba catástrofes en mis juegos con mis juguetes. Muy de niñx puto, siempre jugué solo. Y lo que le ocurría a mis juguetes eran grandes catástrofes o dramas o tragedias. Mis juguetes nunca fueron felices. Hace un tiempo le conté lo de los dibujos al psicólogo, nunca se me había ocurrido hablar de eso. Sentí que le pareció importante. ¿Qué habrán significado mis dibujos? En la ficción familiar Facu destruía para construir. Pero yo no construía nada cuando dibujaba, sólo dibujaba catástrofes. El psicólogo me dijo algo así que piense un poco en eso. Y dijo algo de la agresividad. Tal vez haya sido una forma de expresar mi agresividad ante el mundo que me asfixiaba. Tal vez destruía un lugar al que no podía ir. No había forma de escapar del pueblo montañés. Tal vez no significa nada. Décadas después ya no dibujo catástrofes,  aunque recuerdo a la perfección esos dibujos y podría hacer uno igual ahora mismo. Y tal vez no dibuje imágenes de destrucción pero muchas veces me encuentro diciendo que hay que salir a romper todo y prender fuego todo. Son las ganas de hacer colapsar el mundo espantoso. En general, no hablo de una destrucción material, se trata más de este mundo espantoso en el que tenemos que habitar y vivir vidas que la humanidad no quiso existieran como tales. Un mundo que muchas veces tenemos ganas de destruir.

El cuento de mis trastornos alimenticios

El cuento de mis trastornos alimenticios no sé si puedo escribirlo. Tal vez si lo hago con un alterego. El niñito puto nunca logró vivir demasiado y ahora, décadas después, puede comprender que se ahogaba tanto que empezó a lastimar su cuerpo. Su cuerpo pequeño y compacto que en el espejo se reflejaba como una imagen de muerte y asfixia. El niño puto no supo escapar a los horrores y la asfixia. Y primero dejó de comer. Sabía que era una forma de irse, de ir muriendo de a poco. Pero el espejo siempre fue un lugar cruel en la vidita del niño puto. Y dejó de comer. Durante mucho tiempo. Esa fue la primera vez. Evitó algo. La segunda ocurrió en algún otro momento.  Y se le confunde con la tercera, que no sabe si ocurrió. Esta vez dejar de comer ya no era una posibilidad. Ir desvaneciendo poco a poco ya no tuvo el mismo camino. Otra forma habitó la niña puto y se convirtió en la niña vómito. Y vomitaba. Comía y vomitaba. Y le daba placer. Otra forma de autodestruir el cuerpo que le había tocado. En algún momento esa forma fue controlada. Pero nunca murió. Habita ahí como una sombra en algún rincón. Me observa cuando me miro en algún espejo. Pero el niño puto aprendió, con el tiempo, a reflejarse en los espejos que de verdad importan. Y no esos espejos de la normalidad que lo único que podían lograr con el niño puto era asfixiarlo hasta morir.

El trance de la locura acuariana

¿Serán los cumpleaños acuarianos? ¿O será mi cumpleaños? ¿será que esa tristeza que me habita me da más ganas de vivir y atragantarme de todo? ¿Será todo eso que nos quitaron y que nunca tuvimos que me lleva tan arriba? Cumplir años es un momento de goce para mí. Un momento muy mío, lleno de mí y mis ganas y mi alegría y mis formas y mi energía. La vida es un lugar espantoso y horrendo para habitar. Pero cuando me sube la energía se convierte en un lugar que resplandece y me hace brillar. Esos momentos de energía que sube ocurren en mis cumpleaños. De un modo contagioso, hechicero e inmaterial. En todxs lxs que me habitan. Escribo hasta que me duele la mano y tengo ganas de todo. El trance de la locura acuariana. El trance en el que podemos escribir un libro o hacer explotar un par de realidades. Hoy me vuelvo intangible en mi cumpleaños, en envejecer y sentirse cada vez mejor con este cuerpo que habito lleno de inseguridades y que maltraté durante tanto tiempo. Un poco debe ser porque cada año me alejo más de esos momentos en los que estaba muerta o no podía vivir ni respirar. Entro en trance y soy un poco como Tina Turner en esa canción que enloquece. Entro en el cono de la energía. Un poco como baila ella. Algo que se me acomoda muy adentro y por un rato la tristeza no está y soy goce, alegría y placer. Algo parecido al sexo, saxe, sexy. En mi cumpleaños pasa algo de eso. Como una celebración que conjura un poco la vida horrenda. La vidita esta no deja de ser espantosa pero de algún modo llegué a habitarla con goce y ganas tremendas de atragantarme. Será por eso que todo me chorrea por el bigote y la barba. Y cuando escribo soy ojos gigantes y profundos. Puedo mirar y pensar y sentir como no podía en otros momentos. En mi cumpleaños me acuerdo porque, a veces, me gusta estar viva.

Traumatismo de cráneo

Hace poco pensé en un recuerdo de mi infancia. Con mi hermanite. Que siempre fuimos como algo inexplicable. Nos llevamos un año y tres meses. Hermanite siempre fue como una cosa muy especial para mí. El vínculo más real que siempre tuve. Cuando teníamos 4 y 5 años pasó algo. Madre siempre fue una mujer muy alegre, joven y divertida. Vivíamos en un ph en la ciudad de Trelew. Que para llegar había que atravesar un pasillo largo. Un día llegábamos de hacer las compras con bolsas y madre dijo “carrera a ver quién llega primero a la puerta” (madre dice ahora que era muy inmadura y cosas así pero yo agradezco que haya sido así de divertida y creativa). Eso era algo que en mi recuerdo infantil hacíamos seguido y no pasaba nada. Cuando éramos muy chicos, hermanite siempre corría, caía, se tropezaba y se lastimaba. Yo siempre estaba quieto, no sé si estaba vivo. Ese día hermanite corrió y madre también. Y hermanite en un momento tropezó. Y se dio en la sien con un escalón de cemento justo donde terminaba el pasillo. Yo iba atrás porque no podía correr. Siempre tenía miedo y me quedaba más quieto. Y hermanite se cayó y ahí quedó. Desmayado, muerto, sin reacción. Cuando madre lo agarró no reaccionaba. Madre lo levantó en brazos y corrió. En mi recuerdo me dijo algo de que me quedara con las bolsas de las compras. El resto lo sé más por el relato que por mi recuerdo. Un vecino que los sube al auto y hermanite que no reacciona. Hermanite que despierta en el camino al hospital pero sigue desmayado o algo así. Traumatismo de cráneo. Me quedó grabada la expresión. Yo me quedé en la puerta del ph con las bolsas. Yo que era un niñito puto temeroso de vivir y que lloraba por todo ese día no me acuerdo si lloré. Me acuerdo que me quedé ahí, sentadito esperando. Casi como una metáfora de mi vida mucho tiempo después. Con las bolsas. Había alguna cosa que tenía que ir a la heladera. Me acuerdo muy pero muy bien del cielo. Que era de día y se hizo de noche. Y hermanite se había golpeado y nunca reaccionó. Cuando el cielo ya estaba oscuro recuerdo la llegada de padre que me venía a buscar o que venía a la casa. El recuerdo siguiente es hermanite internado y mucho silencio. Finalmente no fue nada grave y estuvo algunos días internado por el traumatismo de cráneo. Esa expresión siempre me quedó ahí, como algo marcado. Cuando le contaba esto al psicólogo hace algunas semanas me decía que en cierta forma (o eso entendí yo) ese día, para mi mente infantil de niña puto, hermanite había muerto. Porque yo lo vi muerto y no supe más nada. No me acuerdo si esas horas lloré. O no. Me acuerdo que en la puerta del ph siempre había hormigas. Y se me subían a los pies y no me gustaba. Hoy en día me generan mucho más asco las hormigas que las cucarachas. ¿Será por eso? Después de la terapia pensé en lo que dijo el psicólogo y en eso de que para mí hermanite estaba muerto y que eso puede haber sido muy doloroso para mi mente infantil, yo tan niño puto que no podía habitar el mundo. Mi miedo a correr, a vivir, a hacer algo, un ruido, lo que sea, siempre siguió ahí presente. Pero hermanite no murió. Y hermanite siempre fue alguien que estuvo ahí conmigo, en mí, de una forma inexplicable. Una de las personas con las que a veces hemos peleado pero también una de las pocas personas que me conoce de verdad. Y de las pocas personas en este mundo que siempre me protegió y me cuidó. Hermanite siempre supo que su hermano mayor era un niñito puto. Y siempre le gustó un montón. Yo creo que si no fuera por hermanite hoy en día no estaría vivo. Por eso pensaba que si hermanite ese día en alguna forma murió para mi forma infantil, al día siguiente renació como alguien a quien tuve que cuidar muchas veces sin que se diera cuenta. Y que me ayudó un montón a habitar este mundo tan espantoso. Será por eso que cuando estamos juntes reímos tanto.

Dolores

Cuando hago terapia a veces vuelvo a pensar en cómo llegue a ser niñx putx adultx. Eso de que tengo adentro todo un bosque de lágrimas que derramé y me identificaron. Esa niña puto que le costó mucho vivir y a veces se sintió ahogada y con ganas de no existir. El psicólogo decía el otro día que nacer es algo muy horrible. No puedo estar más de acuerdo. Ayer por casualidad me enteré de la muerte de Dolores O’Riordan, la cantante de The Cranberries, una banda noventosa que puede ser conocida para una generación y para otras personas nada. Yo no soy de entristecerme con muertes o cosas así, soy más bien un acuariano frío que ve ciertas cosas de forma pragmática. Pero la muerte de Dolores O’Riordan me hizo pensar. Primero me sorprendió. Después me acordé de la adolescencia del niñito puto que fui, soy y seré. Una adolescencia de la que algunas cosas como las historietas me ayudaron a escapar. O la literatura o escribir. Creo que uno de mis primeros espacios personales de identificación torcida fue escuchar Cranberries. Y amar a Dolores. Una mujer petisa que bailaba mal y gritaba cantando de una forma muy extraña. Algo de mi ser puto y petiso estaba ahí. Yo nunca pude desarrollar mucho el gusto musical hasta grande. Era difícil decir qué me gustaba. Pero Dolores fue una de esas imágenes que me llenaba de placer. Como niñita puto adolescente y petisa me sentía totalmente identificada con esa chica muy bajita que gritaba y gritaba y bailaba tan mal como bailo yo. Pero que parecía tener muchas ganas de vivir y atragantarse de mundo. En cierta forma fue una música que siempre me acompañó. Nunca entendí lo que decían las letras pero no era algo que me importara. Había algo en esa música que me servía de refugio. Debe ser de las pocas cosas que conservo con placer de una adolescencia que no quiero recordar. Y como vengo pensando mucho en mis lágrimas, en cómo me definen, en cómo lloraba cuando era chico y eso era algo malo, ayer me animé a llorar por algo que hasta puede ser ridículo. Me puse a lavar los platos mientras escuchaba dos canciones de Cranberries de esas que siempre me dieron ganas de vivir. Just my imagination y You and me. Y lloré. Me animé a llorar por algo que a mí misma me parece ridículo y poco importante. Pero lloré. Porque yo quería ser como Dolores O’Riordan, gritar mucho y no tener vergüenza de cómo bailaba y escupirle mi estatura de niña puto petisa a un mundo espantoso que no me dejaba respirar. Ahora puedo respirar. Y enterarme de que Dolores murió me hizo pensar en todo eso que me ayudó su imagen para poder sobrevivir.

El niñito puto y el bigote de corcho quemado

Debería empezar con un “Cuando era un niñito puto…”. Pero ¿fui un niñito puto? ¿vivió el niñito puto? ¿o nunca existió? El niñito puto me hizo llorar siempre. Me sigue haciendo llorar. ¿Algún día vas a dejar de llorar? “No puedo” sería la respuesta. Es mi niñito puto que muchas veces no pudo vivir y habitó en mis lágrimas. Y siempre tuvo muchas pero muchas ganas de vivir. Y le costó un montón. Pero un montón. Porque el mundo es un lugar muy feo. Espantoso. Al niñito puto le pegaron mucho y casi no se acuerda. Casi no se siente. Pero llora. No puede parar de llorar. No puedo parar de llorar. El primer recuerdo del niñito puto es el jardín de infantes. Un jardín de algún tipo de religión. O algo así. Se acuerda de un acto y una foto. A todos los niñitos normales les pintaron un bigote con corcho quemado. La maestra se los pintó uno a uno. Pero el niñito puto que soy y a veces fui no quería que le pintaran un bigote con corcho. Y no dejó que lo pintaran. Se negó. Se rebeló. No dejó que nadie se acerque a su boca. La maestra intentó forzarlo pero el niño puto no se dejó. La maestra lo humilló un poco. Y el niñito puto se quedó solo en un rincón. A veces, todavía estoy en ese rincón. En la foto están todos los niños felices con sus bigotes de corcho quemado. El niñito puto está solito a un costado. Mirando el mundo con cara de asustado. Pero sin bigote. Uno de los pocos momentos de triunfo en la vida del niñito puto. Solito. Pero sin bigote. ¿Será por eso que ahora el niñito puto tiene barba rosa y se adorna con brillos y gibré? El niñito puto que fui, que no pudo ser, hoy me habita. Ahora lo conozco y me gusta que habite mis lágrimas. Ahora lo vuelvo uno con el puto que soy. Y que no puede parar de llorar cuando escribe.

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Manifiesto por las historietas

¿Cómo se explica la intensidad? ¿cómo se entiende? ¿cómo narrarla? ¿cómo ilustrarla? El Congreso Universitario de Historietas (CUH) parece algo serio y formal si pensamos en su título. Pero no lo es. O no en el sentido en el que la seriedad se convierte en una universidad cerrada y que evita el afecto y el placer. No es un evento académico. O debería decir no es sólo un evento académico. Es un espacio de resistencia, de refugio en estos tiempos tan horrendos en los que todo nos está costando más. La historieta no es un saber ni un material ni algo legitimado en ese mundo universitario en el que, de formas marginales, a veces, se mueve la comisión organizadora. El CUH es contra-hegemonía, contra-sexualidad y contra-mundo, en algún sentido, es contra-universitario. Surge de un colectivo que atraviesa la docencia, el ser estudiante, la investigación y la creación. Es algo extraño en un mundo horrendo. Es algo subversivo en un mundo en el que lo que muchas veces nos da placer es algo que no puede estar frente a nosotrxs como material de estudio, como obra artística o simplemente como goce disidente. El grupo que lo organiza es un colectivo que se abraza con historietas y tiene una perspectiva de género sexo-disidente que nace de la comprensión, el afecto y la construcción de comunidades libres. Ese es un cruce bastante poco habitual que nos hace mucho bien. Somos lo abyecto de muchos campos, somos el margen y lo abrazamos. Somos, tal vez, la expresión de un afecto que en su futuro sólo puede sentirse abrazado y protegido en ese sentimiento. Nada más. El CUH es divertido, se mueve como parte de un sujeto colectivo, afectivo y comunitario que nos cuida un poco del odio. O al menos ayuda a lamernos las heridas. El CUH no es meramente investigación científica ni quiere serlo, el CUH es pensar que en esta vida horrenda podemos bailar y hacer la revolución. Tal vez, en estos tiempos, a veces, podemos ser parte de un sujeto colectivo a señalar y excluir. Tal vez, lo que nos une en el afecto y en las historietas es algo que no podemos explicar. Hace poco fui consciente de que las historietas me hicieron sobrevivir a la tristeza y las ganas de escapar de este mundo en mi infancia y adolescencia. El CUH es eso, es ganas de atragantarnos de vida, caminando con pelucas, colores, brillos y gibré. Y el CUH se hace en la universidad. Y quiere abrir el ano de la universidad para que todxs entren y se den cuenta de que, en el fondo, el margen somos todxs. O muchxs. Y desde ese margen podemos soñar con una vida y formas de compartir la creación, la lectura y el conocimiento alejadas del odio. El año pasado tuve ganas de renunciar a todo. De escapar a otro lugar en este mundo horrible. Ser putx y estar en la universidad a veces te protege. Otras veces no. Pero en las horas que más solx me sentí ese nosotrxs colectivo que construimos con Rorschach y en otros grupos y colectivos, en el CUH, en las comunidades en las que nos movemos, me hizo sentir muy abrazado. Y sí, el CUH es un congreso, un evento que ocurre en la universidad, es eso. Pero lo es con ganas subversivas de bailar la revolución. Porque si el CUH es un congreso es un congreso terrorista.

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