Archivo de la categoría: vomitar facundos

Nubes

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Cuando ella escribe

Cuando ella escribe se saca los anteojos. No puede  ver bien las letras. Ella es miope. Cuando escribe se saca las uñas postizas. Se mira en el espejo y el reflejo es borroso. La canción de fondo dice todo lo que no tiene. Lo que no va a tener. Cuando escribe ella sueña. Y también llora un poco. A veces bastante. Tiene ojos grandes. Intensos. La canción dice que no tiene agua. No tiene padres. No tiene vino. No tiene fe. Cuando escribe se le atraganta el dolor. Cuando escribe se acuerda de sus pesadillas, se acuerda de ese día en el que los ojos crecían hasta consumirle todo el cuerpo y ya no quedaba más que una mirada llena de lágrimas. Se acuerda de ese otro día en el que los dientes se le caían uno a uno y no podía hacer nada. Cuando escribe piensa en el pasado y se le queda algo atravesado. Cuando escribe llora y la cara se le vuelve una sola tristeza que pide por favor la abracen y le digan que todo va a estar bien.  Cuando escribe ya no le queda nada. Ya no tiene hijos, ya no tiene familia, ya no tiene amor. Cuando escriba ya no hay vida. Sólo ese dolor que quiere escapar por los ojos y la boca. Ese dolor que se traduce en sus manos cansadas. En la canción de fondo que suena y no podemos olvidar. Cuando escribe ella ya no usa palabras. Cuando escribe se olvida de todo el dolor con el que la parieron. De todo el dolor que la destruye día  a día. De a poco. Cuando escribe se da cuenta que lo que siempre quiso fue estar muerta. Desde el primer día. Desde la primera lágrima. Pero la canción la despierta. Y cuando escribe se da cuenta que sus ojos siempre van a estar. Que la mirada que oculta detrás de los anteojos no se va a ir. Cuando escribe se da cuenta de la vida horrenda. Pero también se da cuenta de la canción. De la vida. Y por un instante se siente aliviada. Con sus lágrimas, sus ojos, sus dientes. Aunque no tenga nada, cuando escribe inclina un poco la cabeza y se da cuenta que hace lo mismo que siempre hizo. Lo que está en esa foto que tiene décadas. La foto en la que está con su hermana en la que está con la cabeza inclinada y su mirada de niño puto asustado. Esa foto que la define. Cuando escribe ella vuelve a ser ese niño y por un instante se olvida del dolor. Y de la vida.

Abuelas

Ayer estuve sentado en un café escribiendo y me salió algo que hace rato me daba vueltas, son dos textos, uno muy actual y uno del pasado:

La abuela Chiche

Como nació el 21 de septiembre le pusieron de segundo nombre Primavera. Elba Primavera Navarro. La abuela Chiche para sus nietos. Una mujer dura, fuerte. Una mujer que tuvo que enfrentarse sola a un mundo muy difícil. La abuela Chiche hace unas semanas que se está yendo. Con esa lucidez tremenda que siempre la caracterizó. Yo pretendía hacer como que no me importaba. Pero no puedo. Viajé hace poco al sur y pude despedirme. Y me di cuenta de muchas cosas de Chiche que me acompañan. Como a mi padre a mí me gusta hablar de cosas que me interesan o me apasionan. Los dos hablamos un poco como Chiche. Como a ella siempre me fascinó la tecnología. Chiche siempre fue fanática de las novedades tecnológicas. A Chiche le gustan los juguetes. A mí también. Con ella yo coleccionaba figuritas cuando era un pequeño niño puto. Coleccionábamos juntos las de los ositos cariñosos y las de frutillita. Ella desde muy chico me llamó geniecito. Y se asombraba de mi cuidado al bajar la escalera. En casa de Chiche cuando era un niño triste y silencioso me quedaba sólo y leía los nombres de los personajes de la mitología griega en uno de sus diccionarios. Me sentía muy libre en casa de Chiche. Cuando Chiche supo que yo era puto me llamó por teléfono. Y me dijo cosas muy hermosas. Y me dijo que me quería. Contra todos los prejuicios que podían rodearla. Cuando la vi hace unas semanas le llevé sus caramelos favoritos, unos Lyon D’or, muy finos. Porque la abuela Chiche siempre fue una mujer muy fina. Algo de eso también tengo. También le dejé un amuleto. Un juguete que la mira ahora desde una repisa. Donde supongo lo colocó mi madre. En estas semanas Chiche me enseñó lo que es perdonar, lo que es soltar rencores (ella y vos Edith). Y el amuleto, el hadita, la mira. Porque lo que le dejé es un juguete. A Chiche no le dio vergüenza que su nieto puto le regale un hada playmobil. Lo entendió. También me dijo por segunda vez en mi vida que me quería. Y que estaba orgullosa. Y que yo era su nieto gay. Y me fui. Y antes la abracé, sabiendo que no iba a volver a verla. Me dijo una vez más que me quería. La tercera vez en su vida que me lo dijo. Y me dijo otra cosa. Que la próxima vez que nos veamos íbamos a jugar con los playmobils. Sabía muy bien de lo que hablaba. Cada vez que juego un poco la siento conmigo. No sé muy bien de qué se trata estar vivo abuela. Pero te voy a extrañar mucho, de eso estoy seguro.

La abuela Berta

Hace años murió Berta. Fue de esos momentos en los que intento parecer o ser frío para evitar que las cosas importen. Pero hoy, muchos años después, ya sé que no es así. Tengo que ser sincero con eso que me cierra la garganta y me hace pensar. A Berta la extraño. Aunque haya sido una mujer dura y difícil a Berta la extraño. La extrañamos. Yo estaba muy enojado con Berta cuando murió. Le había hecho cosas muy horribles a mi madre y me costó aceptar esas cosas. Pero al mismo tiempo fue mi abuela. La bruja, la curandera, doña Berta. Con Gabriel la llamábamos Au. Era una mujer petisa, de pelo gris, en mi recuerdo se me aparece como una mujer casi tanguera. Era gordita y petisa. Un poco como yo. Siempre me voy a acordar cómo Gabriel se sentaba sobre sus tobillos y lo feliz que se lo veía. Creo que algo de mi ser petiso viene de Berta. Así como algo de mi identidad escritural. Cuando murió yo me quedé con dos cosas. Una taza común, transparente, que me recordaba cómo Berta me hacía el té. Desde siempre me gusta ver el color del té porque me recuerda a mi abuela haciendo el té a la mañana. La otra cosa que me quedé es una carta. O una nota. Escrita en una hoja un poco amarillenta. Mi abuela no había terminado la escuela primaria. No era escritora. Ni una gran lectora. Era una mujer trabajadora, una sirvienta, una sobreviviente. En esa nota de media página ella cuenta con sus palabras lo que sintió cuando se enteró de la muerte de su hijo Silvio en 1979. Desde que leí esa nota me fascinó la potencia de ese escrito y esas palabras. De esa necesidad de escribir, ese dolor. Me sentí muy identificado. No sé cuando escribió esa nota y que yo sepa no volvió a escribir cosas así. Para mí, algo de lo que hay en esa nota me acompaña desde siempre. La guardo como una de mis reliquias. A la abuela Berta nunca pude contarle que soy puto. Murió antes de que me abriera al cosmos y me diera cuenta de lo importante que era para mí que lo supiera. Pero la abuela era sabia. Berta nos conocía muy bien a mí y a Gabriel. Por algo, en su forma de llamarnos desde chicos nos llamaba sus chanchas. Gabriel era la chancha puta, la chancha que corre, se golpea, se ensucia. Yo era la chancha fina, la cancha modosita, la temerosa, la cuidadosa. Lo decía con mucho amor. Y no debe haber mejor descripción para mí como niño puto que la de chancha fina. Hoy, mi otra abuela, Elba Primavera, Chiche, se está yendo. Y aunque pretendía ser frío y que no me importe y que pareciera que no quiero a nadie no puedo. La partida de Chiche me hace pensar mucho en la abuela Berta. En la Au. Te extraño Au. Te extrañamos.

Nuevo diario puto 133

No quedan lectorxs. O no me quedan lectorxs. Mejor. Ya no me quedan muchas palabras. Recién choqué con un cable y se apagó la pc. Se perdió el texto ese de los jardines que había escrito el otro día recordando uno del pasado, una lectura y mi propia voz.

Quiero hablar a la pantalla. Quereme. Primera versión. Quereme. Segunda versión. Algo se desvirtúa en las teclas sin sentido. En la lectura de otro capítulo. Hace unas semanas comencé un nuevo diario íntimo. Este es rosa. Como algunos de los témpanos de mi corazón acuariano. No escribo mucho. Pero algo se está yendo por ahí.

Se supone que soy un adulto. Pero no lo soy. Soy una niñita asustada que por fin tiene su casa de muñecas y se ahoga con la vida. Quereme. Tercera versión. Hay una luz en tu ventana pero en tu sombra está mi amor acompañada. Yo reescribo las canciones. O escucho otra versión. O tengo frío y quiero que sean más felices. Como un musical. O la canción que dice algo de Baltimore con la que me siento identificadx. O un baile desenfrenado que no existe.

No importa. Ya no hay lectorxs de todo esto. No creo que queden tantas entradas en este diario. Ya lo estoy traicionando al incrustar canciones. Ya hace un tiempo. Tengo que empezar otro diario. O escribir en mi cuaderno rosado de niña que sueña con que se terminen sus días.

La griega

Hace años la araña escribió una historia de amor. La araña tenía brazos fuertes y muy velludos. Sabían abrazar. Pero eso fue hace mucho tiempo. A la araña la rompieron cuando escuchaba una canción muy romántica cantada en italiano. De una película que le gustaba mucho. Se cruzó hace unos días con esa mujer que siempre quiso que fuera su amiga y charlaron. Como esa otra vez hace años borrachos en una fiesta. El reflejo difuso de su propia vida. La araña se acuerda de la película y le dan ganas de bailar como ella. De volver en el tiempo y sonreír un poco más.

Angustias

Cuatro minutos veintinueve segundos. El tiempo que me dieron para escribir mi historia. Cuando tenía seis años madre dejó de llamarme por mi nombre. Me empezó a gritar. Mi nombre pasó a ser Angustia. La pequeña y llorona Angustia. Angustia, la niña monstruo. En otros lugares me gritaban ese nombre. Las gotas de saliva de los gritos tocaban mis mejillas. Yo ya no escuchaba. Angustia era mi totalidad. Mi miedo. En esos momentos quería ser como Carrie en la película y destruir el universo a mi alrededor. Dibujaba el mundo y lo incendiaba con un fósforo monstruoso que nacía de la palma de mi mano. Me refugié en el canto de una mujer religiosa. Un poco en secreto me enamoré. No importó. Era casi una monja. En algún momento crecí y ya no me gritaban. Ya no había madre. Ya no había saliva. Pero seguía siendo Angustia. Y seguía llorando. A esta altura los cuatro minutos veintinueve segundos se me habían terminado pero alguien me dio unos minutos más. Lo agradecí. Por eso sigo escribiendo en este papel inmundo. No tengo historia más que esto que les digo. No tengo otras palabras. Sólo este dolor en el pecho y la garganta que me atraviesa. No puedo arrancarme la garganta. Pero tomé una decisión. Si no puedo arrancarme el pecho y la garganta voy a hacer como Edipo y arrancarme los ojos. Quizás por ahí se escape mi nombre y vuelva a ser lo que fui antes de que me bautizaran con el dolor. Esta noche voy a hacerlo. Y mañana, cuando no pueda verlos y sonría, no se olviden que ya no me llamo Angustia, que mi nombre ahora es ese que entra como una mariposa por sus labios y los hace sentir flores en la garganta.

Respirar óxido

Escribo sin anteojos. Con ganas de ir y abrazarlos. De que bailemos lento la canción esa romántica que me hace llorar un poco. Se me escapan las lágrimas cuando nos pienso. Se me reseca un poco el pecho y me cuesta no ahogarme muy lentamente. Extraño ese beso en que se tocan los espíritus. Tengo ganas de acostarme y que alguien entienda. De que no me olviden. De que venga ella y me abrace. Que se lleve todos mis fantasmas y mis espejos malformados. Me oculto en mi mirada seria con los anteojos puestos. Taparme de cosas, de cristales, así los ojos no me descubren. El dolor en la base del cráneo me hace olvidar la lágrima que humedece la mejilla. Las ganas de olvidarme del cosmos y respirar óxido y arco iris. Se me rompen los dientes en una pesadilla horrible. Pero me abrazan. Me gustaría que esa pesadilla nunca termine. Me despierto. Y me tapo los ojos rápido. Así la pared y el témpano  de la predicción impiden que lean el diario de mi sangre. Ese que oculto detrás de mis anteojos, en el jardín de huesos y cenizas.

La respuesta de mis arrugas

El grado cósmico familiar me interpela y me comunica con la otra realidad. Las palabras se me clavan en el pecho y me desgarran como el cuento que leímos hoy cuando soñaba con la tormenta. Los silencios me estallan en los oídos y la sangre sale a chorros. Líquido rojo que cae por mis costados y mis mejillas. La humedad de mis lágrimas y el pozo en el que me ahogo y ya no hay voces humanas ni palabras de amor que me despierten. Se me atragantan las lágrimas en la ficción de mí mismo y ya no tengo forma de respirar. Me ahogo, se me llenan de sangre los pulmones. Le pregunto a mis arrugas y me responden que mi fuerza es una gran mentira. Que estoy desnudo, desprotegido y lleno de la incertidumbre que me incrustaron al nacer. Esa que no me deja respirar. Esa que me da ganas de hundirme en el barro y que nadie note que existo.