Archivo de la categoría: vomitar facundos

Cenizas

¿Te acordás de la noche que escuché esa canción y lloré?
Y lloraste.
¿Te acordás cuando pensabas que el amor era amputación?
¿Te acordás del amor?
El amor era una rama que asfixiaba la garganta de un niñito puto golpeado.
¿Te acordás cuando nos pegaron tanto que ya no nos acordamos?
¿Te acordás cuando se me estrangulaba la garganta del dolor y la angustia?
¿Te acordás esa noche que escribiste a tus padres y no podías parar de llorar?
En la máquina de escribir, con las teclas que pesaban y con mucho miedo.
¿Te acordás cuando te arrancaron los sueños?
Te arrancaron las hojas y los pétalos.
Los quemaron.
No te quedó nada. ¿Te acordás?
Te diagnosticaron, te encerraron, te asfixiaron.
¿Será por eso que siempre te gustó tanto ese poema que habla de ahogarse?
Hasta que voces humanas nos despierten. Y nos ahoguemos.
¿Te acordás de eso que te enseñaron que era amor?
¿Te acordás de ese día en que ibas de la mano y tenías miedo de estar viva?
¿Te acordás cuando hacías reír a tu hermanito?
Si no hubiera sido por esas risas no estarías viva.
¿Te acordás de las mentiras?
¿Dónde empieza tu verdad?
¿Dónde empieza mi verdad?
Me encerraron y me enseñaron a amar amputando partes de mi cuerpo.
Me ahogaron y me dijeron que amar era no tener secretos.
¿Te acordás ese día que me dijiste que no tenía psique?
¿Ese día que pensé, si no tengo psique, entonces, tendré alma?
¿Te acordás del niñito puto vestido de bichito de luz?
¿Te acordás de esa noche que te pegaron y corriste?
Con una tijera te cortaron la garganta.
Por eso no podías respirar, por eso no había pétalos.
Te crearon de barro podrido.
¿Te acordás del fango?
Te enseñaron a amar con la garganta cortada.
Te enseñaron a lamer partes amputadas.
Te asfixiaron hasta que ya no estuviste,
hasta que sólo fuiste lágrimas.
Que fueron tantas, pero tantas
que ahogaron a las voces, que te ahogaron.
¿Te acordás de la canción? Esa que nos hacía llorar.
¿Te acordás cuando te miré a los ojos?
Cuando ya no había que cortarse un brazo
o rasparse la garganta cortada.
¿Te acordás del niñito puto?
Yo me acuerdo. Acá está. Acá estoy.

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Nuevo diario puto 153-entrada final

Aunque no se note yo soy una persona bastante triste. Creo que se nota poco. Pero me cuesta mucho vivir. Habitar mi cuerpo. Habitar la realidad. Por eso soy presa fácil de lo que me aleja. Todo eso que me lleva a un mundo de ficción en el que no me siento tan triste. Se supone que debería ser un adulto. Pero soy un niñito puto. Es que me costó mucho ser un niñito puto. Y es la mejor versión que encuentro para habitar este mundo que me hace llorar una y otra vez. Tal vez por eso este diario se termina. Es el segundo que se termina. Va a empezar otro seguramente. Pero este diario se cierra. Después de muchos años entendí algo. Si voy a ser el niñito puto ese al que quisieron asfixiar, tengo que pintarme las uñas de colores llamativos y caminar escuchando música y bailando mientras espero que el semáforo se ponga en rojo. Como vengo haciendo desde el día que me despertaron con un beso.

Yo vomito Facundxs

Hay mucha luz todavía. Me tengo que recortar el bigote, dudo sobre cómo escribir. Miro un poco torcido, miro desde abajo, siempre miré desde abajo. Para escribir, me tengo que sacar los anteojos. Para llorar, también. Los anteojos están manchados. Recién caminaba en medio de la noche por la calle silenciosa, oscura, con la capucha de mi campera puesta y escuchando una canción triste, que dice algo de que se viene el fin del mundo, así que hagamos una fiesta. Camino y hay hormigas, siempre hay hormigas a la noche, a estas horas. Camino y pienso en todo lo que me gustaría escribir, decir, hacer, bailar, soñar, coger. En todo lo que no voy a hacer. En todo lo muerto que ya estoy. Camino y todavía me cuesta habitar este cuerpo al que sigo lastimando. La canción se vuelve intensa como yo, como mis expresiones, como la charla esa que no tuvimos y las lágrimas que no lloré, como el beso que me dieron hace un rato antes de irse a dormir, como el dibujo hermoso que vi hace un rato. Camino y me distraigo mientras camino y escribo. Había una historieta ridícula que hablaba de la creación. A veces, soy sólo una historieta ridícula que no fue del todo bien parida. Camino y camino así como camino yo, camino putito y camino petiso, camino como me hubiera gustado caminar mucho tiempo antes. Tenés los ojos tristes me dice la voz en el teléfono, nací con los ojos tristes, mirate al espejo y te vas a dar cuenta. Camino y hay una pareja heterosexual despidiéndose, voy por otro lado, ahí me encuentro con las hormigas. Camino y al llegar a casa quiero leer un libro. El tiempo se me acaba y nunca voy a leer todo lo que quiero leer. Nunca voy a escribir todo lo que quiero escribir. Camino y se me cruzan los años, camino y pienso en las ganas de escribir sobre cómo me cogieron y se me terminó la vida ese día. Porque la vida nunca había existido. Lo que había era muerte. Y lo que vino después fue un cadáver que caminaba. Hoy no sé quién soy, me gustaría escribir poesía que me haga respirar. ¿Se puede volver a respirar después de nacer asfixiada? Ahora escribo pero no lloro. Aunque los ojos se me humedecen. Hace un rato alguien me dijo algo de mis pestañas. Hace unos días me mintieron y no sé dónde quedó la verdad. O si hay algo de verdad. Camino, llego a casa, me siento, escribo. Quiero escribir muchos libros. Quiero escribir un libro con mi infancia, quiero escribir un libro con mis amores, quiero escribir un libro con todo el sexo, quiero escribir un libro que te haga llorar. Me gustaría aprender a respirar. No me enseñaron. Aunque creo que se trata de escribir. Cuando camino no respiro. Pero cuando escribo algo se mueve en mis pulmones. Escribir, para este putito petiso, se trata de sobrevivir. Y escribir me da mucho miedo. Como la vida.

El cuento de mis trastornos alimenticios

El cuento de mis trastornos alimenticios no sé si puedo escribirlo. Tal vez si lo hago con un alterego. El niñito puto nunca logró vivir demasiado y ahora, décadas después, puede comprender que se ahogaba tanto que empezó a lastimar su cuerpo. Su cuerpo pequeño y compacto que en el espejo se reflejaba como una imagen de muerte y asfixia. El niño puto no supo escapar a los horrores y la asfixia. Y primero dejó de comer. Sabía que era una forma de irse, de ir muriendo de a poco. Pero el espejo siempre fue un lugar cruel en la vidita del niño puto. Y dejó de comer. Durante mucho tiempo. Esa fue la primera vez. Evitó algo. La segunda ocurrió en algún otro momento.  Y se le confunde con la tercera, que no sabe si ocurrió. Esta vez dejar de comer ya no era una posibilidad. Ir desvaneciendo poco a poco ya no tuvo el mismo camino. Otra forma habitó la niña puto y se convirtió en la niña vómito. Y vomitaba. Comía y vomitaba. Y le daba placer. Otra forma de autodestruir el cuerpo que le había tocado. En algún momento esa forma fue controlada. Pero nunca murió. Habita ahí como una sombra en algún rincón. Me observa cuando me miro en algún espejo. Pero el niño puto aprendió, con el tiempo, a reflejarse en los espejos que de verdad importan. Y no esos espejos de la normalidad que lo único que podían lograr con el niño puto era asfixiarlo hasta morir.

El trance de la locura acuariana

¿Serán los cumpleaños acuarianos? ¿O será mi cumpleaños? ¿será que esa tristeza que me habita me da más ganas de vivir y atragantarme de todo? ¿Será todo eso que nos quitaron y que nunca tuvimos que me lleva tan arriba? Cumplir años es un momento de goce para mí. Un momento muy mío, lleno de mí y mis ganas y mi alegría y mis formas y mi energía. La vida es un lugar espantoso y horrendo para habitar. Pero cuando me sube la energía se convierte en un lugar que resplandece y me hace brillar. Esos momentos de energía que sube ocurren en mis cumpleaños. De un modo contagioso, hechicero e inmaterial. En todxs lxs que me habitan. Escribo hasta que me duele la mano y tengo ganas de todo. El trance de la locura acuariana. El trance en el que podemos escribir un libro o hacer explotar un par de realidades. Hoy me vuelvo intangible en mi cumpleaños, en envejecer y sentirse cada vez mejor con este cuerpo que habito lleno de inseguridades y que maltraté durante tanto tiempo. Un poco debe ser porque cada año me alejo más de esos momentos en los que estaba muerta o no podía vivir ni respirar. Entro en trance y soy un poco como Tina Turner en esa canción que enloquece. Entro en el cono de la energía. Un poco como baila ella. Algo que se me acomoda muy adentro y por un rato la tristeza no está y soy goce, alegría y placer. Algo parecido al sexo, saxe, sexy. En mi cumpleaños pasa algo de eso. Como una celebración que conjura un poco la vida horrenda. La vidita esta no deja de ser espantosa pero de algún modo llegué a habitarla con goce y ganas tremendas de atragantarme. Será por eso que todo me chorrea por el bigote y la barba. Y cuando escribo soy ojos gigantes y profundos. Puedo mirar y pensar y sentir como no podía en otros momentos. En mi cumpleaños me acuerdo porque, a veces, me gusta estar viva.

Traumatismo de cráneo

Hace poco pensé en un recuerdo de mi infancia. Con mi hermanite. Que siempre fuimos como algo inexplicable. Nos llevamos un año y tres meses. Hermanite siempre fue como una cosa muy especial para mí. El vínculo más real que siempre tuve. Cuando teníamos 4 y 5 años pasó algo. Madre siempre fue una mujer muy alegre, joven y divertida. Vivíamos en un ph en la ciudad de Trelew. Que para llegar había que atravesar un pasillo largo. Un día llegábamos de hacer las compras con bolsas y madre dijo “carrera a ver quién llega primero a la puerta” (madre dice ahora que era muy inmadura y cosas así pero yo agradezco que haya sido así de divertida y creativa). Eso era algo que en mi recuerdo infantil hacíamos seguido y no pasaba nada. Cuando éramos muy chicos, hermanite siempre corría, caía, se tropezaba y se lastimaba. Yo siempre estaba quieto, no sé si estaba vivo. Ese día hermanite corrió y madre también. Y hermanite en un momento tropezó. Y se dio en la sien con un escalón de cemento justo donde terminaba el pasillo. Yo iba atrás porque no podía correr. Siempre tenía miedo y me quedaba más quieto. Y hermanite se cayó y ahí quedó. Desmayado, muerto, sin reacción. Cuando madre lo agarró no reaccionaba. Madre lo levantó en brazos y corrió. En mi recuerdo me dijo algo de que me quedara con las bolsas de las compras. El resto lo sé más por el relato que por mi recuerdo. Un vecino que los sube al auto y hermanite que no reacciona. Hermanite que despierta en el camino al hospital pero sigue desmayado o algo así. Traumatismo de cráneo. Me quedó grabada la expresión. Yo me quedé en la puerta del ph con las bolsas. Yo que era un niñito puto temeroso de vivir y que lloraba por todo ese día no me acuerdo si lloré. Me acuerdo que me quedé ahí, sentadito esperando. Casi como una metáfora de mi vida mucho tiempo después. Con las bolsas. Había alguna cosa que tenía que ir a la heladera. Me acuerdo muy pero muy bien del cielo. Que era de día y se hizo de noche. Y hermanite se había golpeado y nunca reaccionó. Cuando el cielo ya estaba oscuro recuerdo la llegada de padre que me venía a buscar o que venía a la casa. El recuerdo siguiente es hermanite internado y mucho silencio. Finalmente no fue nada grave y estuvo algunos días internado por el traumatismo de cráneo. Esa expresión siempre me quedó ahí, como algo marcado. Cuando le contaba esto al psicólogo hace algunas semanas me decía que en cierta forma (o eso entendí yo) ese día, para mi mente infantil de niña puto, hermanite había muerto. Porque yo lo vi muerto y no supe más nada. No me acuerdo si esas horas lloré. O no. Me acuerdo que en la puerta del ph siempre había hormigas. Y se me subían a los pies y no me gustaba. Hoy en día me generan mucho más asco las hormigas que las cucarachas. ¿Será por eso? Después de la terapia pensé en lo que dijo el psicólogo y en eso de que para mí hermanite estaba muerto y que eso puede haber sido muy doloroso para mi mente infantil, yo tan niño puto que no podía habitar el mundo. Mi miedo a correr, a vivir, a hacer algo, un ruido, lo que sea, siempre siguió ahí presente. Pero hermanite no murió. Y hermanite siempre fue alguien que estuvo ahí conmigo, en mí, de una forma inexplicable. Una de las personas con las que a veces hemos peleado pero también una de las pocas personas que me conoce de verdad. Y de las pocas personas en este mundo que siempre me protegió y me cuidó. Hermanite siempre supo que su hermano mayor era un niñito puto. Y siempre le gustó un montón. Yo creo que si no fuera por hermanite hoy en día no estaría vivo. Por eso pensaba que si hermanite ese día en alguna forma murió para mi forma infantil, al día siguiente renació como alguien a quien tuve que cuidar muchas veces sin que se diera cuenta. Y que me ayudó un montón a habitar este mundo tan espantoso. Será por eso que cuando estamos juntes reímos tanto.

Dolores

Cuando hago terapia a veces vuelvo a pensar en cómo llegue a ser niñx putx adultx. Eso de que tengo adentro todo un bosque de lágrimas que derramé y me identificaron. Esa niña puto que le costó mucho vivir y a veces se sintió ahogada y con ganas de no existir. El psicólogo decía el otro día que nacer es algo muy horrible. No puedo estar más de acuerdo. Ayer por casualidad me enteré de la muerte de Dolores O’Riordan, la cantante de The Cranberries, una banda noventosa que puede ser conocida para una generación y para otras personas nada. Yo no soy de entristecerme con muertes o cosas así, soy más bien un acuariano frío que ve ciertas cosas de forma pragmática. Pero la muerte de Dolores O’Riordan me hizo pensar. Primero me sorprendió. Después me acordé de la adolescencia del niñito puto que fui, soy y seré. Una adolescencia de la que algunas cosas como las historietas me ayudaron a escapar. O la literatura o escribir. Creo que uno de mis primeros espacios personales de identificación torcida fue escuchar Cranberries. Y amar a Dolores. Una mujer petisa que bailaba mal y gritaba cantando de una forma muy extraña. Algo de mi ser puto y petiso estaba ahí. Yo nunca pude desarrollar mucho el gusto musical hasta grande. Era difícil decir qué me gustaba. Pero Dolores fue una de esas imágenes que me llenaba de placer. Como niñita puto adolescente y petisa me sentía totalmente identificada con esa chica muy bajita que gritaba y gritaba y bailaba tan mal como bailo yo. Pero que parecía tener muchas ganas de vivir y atragantarse de mundo. En cierta forma fue una música que siempre me acompañó. Nunca entendí lo que decían las letras pero no era algo que me importara. Había algo en esa música que me servía de refugio. Debe ser de las pocas cosas que conservo con placer de una adolescencia que no quiero recordar. Y como vengo pensando mucho en mis lágrimas, en cómo me definen, en cómo lloraba cuando era chico y eso era algo malo, ayer me animé a llorar por algo que hasta puede ser ridículo. Me puse a lavar los platos mientras escuchaba dos canciones de Cranberries de esas que siempre me dieron ganas de vivir. Just my imagination y You and me. Y lloré. Me animé a llorar por algo que a mí misma me parece ridículo y poco importante. Pero lloré. Porque yo quería ser como Dolores O’Riordan, gritar mucho y no tener vergüenza de cómo bailaba y escupirle mi estatura de niña puto petisa a un mundo espantoso que no me dejaba respirar. Ahora puedo respirar. Y enterarme de que Dolores murió me hizo pensar en todo eso que me ayudó su imagen para poder sobrevivir.

Genealogías

Mientras ordenaba en estos días de fin de año, locura y apocalipsis, encontré una nota escrita por mi abuela que atesoro como una reliquia muy mía. Hace años, cuando lo leí después de la muerte de mi abuela, me impactó lo bien escrito, lo doloroso y lo necesario que fue para Berta escribir sobre lo que le pasaba. En algún punto ese escribir de mi abuela me hizo pensar en mi escritura. Hace años que quería escanear y transcribir este texto. Es parte mía y siempre me pregunté, ¿cuándo lo habrá escrito? ¿cómo? ¿por qué?

El texto transcripto a continuación lo escribió mi abuela materna, Berta Luz del Alba Galván, en algún momento posterior a la fecha que figura al principio. No sabemos cuándo ni en qué contexto específico. Sí sabemos que la referencia es la muerte de su hijo Silvio mientras hacía el servicio militar obligatorio en 1979 en Campo de Mayo (una muerte dudosa y en la versión oficial “accidental”, ocurrida el 9 de septiembre de ese año). Silvio fue asesinado cuando tuvo que hacer esa cosa horrible que fue la conscripción. Es un texto tremendamente triste pero muy bello. Mi abuela no había terminado el primario, lo transcribo tal cual, con errores de ortografía y puntuación:

IMG.jpg

                                                        “9 de septiembre de 1979

Fué un día domingo 9/9/79. Una noticia fatal que yo al ver la gente nerviosa pence lo peor, que podia ser mi madre o en fin otra persona, pero nunca imaginé que podia ser mi hijo Rulito. la noticia fue cruel y me dijeron cuando yo pregunte quien murió y me contesto la Negrita Rulo. en ese momento me sentía morir yo y la Nena y despues no se mas lo que paso por que no recuerdo mas nada hasta que me desperte, yo no conocia la gente, por que estaba trastornada y hay momentos que en estos momentos estoy igual pero trato de no recordarlo pero no puedo es mas fuerte que yo. Mi hijo Rulito para mi era una esperanza mas en mi vida, por que habiamos proyectado muchas cosas para poder seguir a delante, pero todo esto ya lo tengo perdido al no estar el y nunca mas lo tendré como pensaba yo. Dios me sacó lo que mas quise, yo no lo demostraba pero para mi mi hijo Rulito era mucho”

El niñito puto y el bigote de corcho quemado

Debería empezar con un “Cuando era un niñito puto…”. Pero ¿fui un niñito puto? ¿vivió el niñito puto? ¿o nunca existió? El niñito puto me hizo llorar siempre. Me sigue haciendo llorar. ¿Algún día vas a dejar de llorar? “No puedo” sería la respuesta. Es mi niñito puto que muchas veces no pudo vivir y habitó en mis lágrimas. Y siempre tuvo muchas pero muchas ganas de vivir. Y le costó un montón. Pero un montón. Porque el mundo es un lugar muy feo. Espantoso. Al niñito puto le pegaron mucho y casi no se acuerda. Casi no se siente. Pero llora. No puede parar de llorar. No puedo parar de llorar. El primer recuerdo del niñito puto es el jardín de infantes. Un jardín de algún tipo de religión. O algo así. Se acuerda de un acto y una foto. A todos los niñitos normales les pintaron un bigote con corcho quemado. La maestra se los pintó uno a uno. Pero el niñito puto que soy y a veces fui no quería que le pintaran un bigote con corcho. Y no dejó que lo pintaran. Se negó. Se rebeló. No dejó que nadie se acerque a su boca. La maestra intentó forzarlo pero el niño puto no se dejó. La maestra lo humilló un poco. Y el niñito puto se quedó solo en un rincón. A veces, todavía estoy en ese rincón. En la foto están todos los niños felices con sus bigotes de corcho quemado. El niñito puto está solito a un costado. Mirando el mundo con cara de asustado. Pero sin bigote. Uno de los pocos momentos de triunfo en la vida del niñito puto. Solito. Pero sin bigote. ¿Será por eso que ahora el niñito puto tiene barba rosa y se adorna con brillos y gibré? El niñito puto que fui, que no pudo ser, hoy me habita. Ahora lo conozco y me gusta que habite mis lágrimas. Ahora lo vuelvo uno con el puto que soy. Y que no puede parar de llorar cuando escribe.

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El libro puto

Quiero escribir ese libro que no escribí. Ese libro puto. Ese libro que te besa y se refriega. Quiero escribir ese libro y que se convierta en parte de mi cuerpo. Puto. Niñito y puto. Ese cuerpo herido. Yagado. El libro y el cuerpo. El mundo se desmorona y escribo puto en mi cuaderno. Con mi cuerpo. Puto. Se me cruza algo y suspiro. Suspiro puto. El libro se está escribiendo. Y se escribe con mis manos. Manos de puto. Y con mi tinta. Tinta de puto. La misma con la que me pinto las uñas. Lo escribo con mis ojos. Ojos gigantes de niño puto. Un día de estos la última página va a emerger. Toda llena de saliva, flores y lágrimas. Toda llena de mi letra de puto.

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