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El trance de la locura acuariana

¿Serán los cumpleaños acuarianos? ¿O será mi cumpleaños? ¿será que esa tristeza que me habita me da más ganas de vivir y atragantarme de todo? ¿Será todo eso que nos quitaron y que nunca tuvimos que me lleva tan arriba? Cumplir años es un momento de goce para mí. Un momento muy mío, lleno de mí y mis ganas y mi alegría y mis formas y mi energía. La vida es un lugar espantoso y horrendo para habitar. Pero cuando me sube la energía se convierte en un lugar que resplandece y me hace brillar. Esos momentos de energía que sube ocurren en mis cumpleaños. De un modo contagioso, hechicero e inmaterial. En todxs lxs que me habitan. Escribo hasta que me duele la mano y tengo ganas de todo. El trance de la locura acuariana. El trance en el que podemos escribir un libro o hacer explotar un par de realidades. Hoy me vuelvo intangible en mi cumpleaños, en envejecer y sentirse cada vez mejor con este cuerpo que habito lleno de inseguridades y que maltraté durante tanto tiempo. Un poco debe ser porque cada año me alejo más de esos momentos en los que estaba muerta o no podía vivir ni respirar. Entro en trance y soy un poco como Tina Turner en esa canción que enloquece. Entro en el cono de la energía. Un poco como baila ella. Algo que se me acomoda muy adentro y por un rato la tristeza no está y soy goce, alegría y placer. Algo parecido al sexo, saxe, sexy. En mi cumpleaños pasa algo de eso. Como una celebración que conjura un poco la vida horrenda. La vidita esta no deja de ser espantosa pero de algún modo llegué a habitarla con goce y ganas tremendas de atragantarme. Será por eso que todo me chorrea por el bigote y la barba. Y cuando escribo soy ojos gigantes y profundos. Puedo mirar y pensar y sentir como no podía en otros momentos. En mi cumpleaños me acuerdo porque, a veces, me gusta estar viva.

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Traumatismo de cráneo

Hace poco pensé en un recuerdo de mi infancia. Con mi hermanite. Que siempre fuimos como algo inexplicable. Nos llevamos un año y tres meses. Hermanite siempre fue como una cosa muy especial para mí. El vínculo más real que siempre tuve. Cuando teníamos 4 y 5 años pasó algo. Madre siempre fue una mujer muy alegre, joven y divertida. Vivíamos en un ph en la ciudad de Trelew. Que para llegar había que atravesar un pasillo largo. Un día llegábamos de hacer las compras con bolsas y madre dijo “carrera a ver quién llega primero a la puerta” (madre dice ahora que era muy inmadura y cosas así pero yo agradezco que haya sido así de divertida y creativa). Eso era algo que en mi recuerdo infantil hacíamos seguido y no pasaba nada. Cuando éramos muy chicos, hermanite siempre corría, caía, se tropezaba y se lastimaba. Yo siempre estaba quieto, no sé si estaba vivo. Ese día hermanite corrió y madre también. Y hermanite en un momento tropezó. Y se dio en la sien con un escalón de cemento justo donde terminaba el pasillo. Yo iba atrás porque no podía correr. Siempre tenía miedo y me quedaba más quieto. Y hermanite se cayó y ahí quedó. Desmayado, muerto, sin reacción. Cuando madre lo agarró no reaccionaba. Madre lo levantó en brazos y corrió. En mi recuerdo me dijo algo de que me quedara con las bolsas de las compras. El resto lo sé más por el relato que por mi recuerdo. Un vecino que los sube al auto y hermanite que no reacciona. Hermanite que despierta en el camino al hospital pero sigue desmayado o algo así. Traumatismo de cráneo. Me quedó grabada la expresión. Yo me quedé en la puerta del ph con las bolsas. Yo que era un niñito puto temeroso de vivir y que lloraba por todo ese día no me acuerdo si lloré. Me acuerdo que me quedé ahí, sentadito esperando. Casi como una metáfora de mi vida mucho tiempo después. Con las bolsas. Había alguna cosa que tenía que ir a la heladera. Me acuerdo muy pero muy bien del cielo. Que era de día y se hizo de noche. Y hermanite se había golpeado y nunca reaccionó. Cuando el cielo ya estaba oscuro recuerdo la llegada de padre que me venía a buscar o que venía a la casa. El recuerdo siguiente es hermanite internado y mucho silencio. Finalmente no fue nada grave y estuvo algunos días internado por el traumatismo de cráneo. Esa expresión siempre me quedó ahí, como algo marcado. Cuando le contaba esto al psicólogo hace algunas semanas me decía que en cierta forma (o eso entendí yo) ese día, para mi mente infantil de niña puto, hermanite había muerto. Porque yo lo vi muerto y no supe más nada. No me acuerdo si esas horas lloré. O no. Me acuerdo que en la puerta del ph siempre había hormigas. Y se me subían a los pies y no me gustaba. Hoy en día me generan mucho más asco las hormigas que las cucarachas. ¿Será por eso? Después de la terapia pensé en lo que dijo el psicólogo y en eso de que para mí hermanite estaba muerto y que eso puede haber sido muy doloroso para mi mente infantil, yo tan niño puto que no podía habitar el mundo. Mi miedo a correr, a vivir, a hacer algo, un ruido, lo que sea, siempre siguió ahí presente. Pero hermanite no murió. Y hermanite siempre fue alguien que estuvo ahí conmigo, en mí, de una forma inexplicable. Una de las personas con las que a veces hemos peleado pero también una de las pocas personas que me conoce de verdad. Y de las pocas personas en este mundo que siempre me protegió y me cuidó. Hermanite siempre supo que su hermano mayor era un niñito puto. Y siempre le gustó un montón. Yo creo que si no fuera por hermanite hoy en día no estaría vivo. Por eso pensaba que si hermanite ese día en alguna forma murió para mi forma infantil, al día siguiente renació como alguien a quien tuve que cuidar muchas veces sin que se diera cuenta. Y que me ayudó un montón a habitar este mundo tan espantoso. Será por eso que cuando estamos juntes reímos tanto.

Dolores

Cuando hago terapia a veces vuelvo a pensar en cómo llegue a ser niñx putx adultx. Eso de que tengo adentro todo un bosque de lágrimas que derramé y me identificaron. Esa niña puto que le costó mucho vivir y a veces se sintió ahogada y con ganas de no existir. El psicólogo decía el otro día que nacer es algo muy horrible. No puedo estar más de acuerdo. Ayer por casualidad me enteré de la muerte de Dolores O’Riordan, la cantante de The Cranberries, una banda noventosa que puede ser conocida para una generación y para otras personas nada. Yo no soy de entristecerme con muertes o cosas así, soy más bien un acuariano frío que ve ciertas cosas de forma pragmática. Pero la muerte de Dolores O’Riordan me hizo pensar. Primero me sorprendió. Después me acordé de la adolescencia del niñito puto que fui, soy y seré. Una adolescencia de la que algunas cosas como las historietas me ayudaron a escapar. O la literatura o escribir. Creo que uno de mis primeros espacios personales de identificación torcida fue escuchar Cranberries. Y amar a Dolores. Una mujer petisa que bailaba mal y gritaba cantando de una forma muy extraña. Algo de mi ser puto y petiso estaba ahí. Yo nunca pude desarrollar mucho el gusto musical hasta grande. Era difícil decir qué me gustaba. Pero Dolores fue una de esas imágenes que me llenaba de placer. Como niñita puto adolescente y petisa me sentía totalmente identificada con esa chica muy bajita que gritaba y gritaba y bailaba tan mal como bailo yo. Pero que parecía tener muchas ganas de vivir y atragantarse de mundo. En cierta forma fue una música que siempre me acompañó. Nunca entendí lo que decían las letras pero no era algo que me importara. Había algo en esa música que me servía de refugio. Debe ser de las pocas cosas que conservo con placer de una adolescencia que no quiero recordar. Y como vengo pensando mucho en mis lágrimas, en cómo me definen, en cómo lloraba cuando era chico y eso era algo malo, ayer me animé a llorar por algo que hasta puede ser ridículo. Me puse a lavar los platos mientras escuchaba dos canciones de Cranberries de esas que siempre me dieron ganas de vivir. Just my imagination y You and me. Y lloré. Me animé a llorar por algo que a mí misma me parece ridículo y poco importante. Pero lloré. Porque yo quería ser como Dolores O’Riordan, gritar mucho y no tener vergüenza de cómo bailaba y escupirle mi estatura de niña puto petisa a un mundo espantoso que no me dejaba respirar. Ahora puedo respirar. Y enterarme de que Dolores murió me hizo pensar en todo eso que me ayudó su imagen para poder sobrevivir.

Genealogías

Mientras ordenaba en estos días de fin de año, locura y apocalipsis, encontré una nota escrita por mi abuela que atesoro como una reliquia muy mía. Hace años, cuando lo leí después de la muerte de mi abuela, me impactó lo bien escrito, lo doloroso y lo necesario que fue para Berta escribir sobre lo que le pasaba. En algún punto ese escribir de mi abuela me hizo pensar en mi escritura. Hace años que quería escanear y transcribir este texto. Es parte mía y siempre me pregunté, ¿cuándo lo habrá escrito? ¿cómo? ¿por qué?

El texto transcripto a continuación lo escribió mi abuela materna, Berta Luz del Alba Galván, en algún momento posterior a la fecha que figura al principio. No sabemos cuándo ni en qué contexto específico. Sí sabemos que la referencia es la muerte de su hijo Silvio mientras hacía el servicio militar obligatorio en 1979 en Campo de Mayo (una muerte dudosa y en la versión oficial “accidental”, ocurrida el 9 de septiembre de ese año). Silvio fue asesinado cuando tuvo que hacer esa cosa horrible que fue la conscripción. Es un texto tremendamente triste pero muy bello. Mi abuela no había terminado el primario, lo transcribo tal cual, con errores de ortografía y puntuación:

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                                                        “9 de septiembre de 1979

Fué un día domingo 9/9/79. Una noticia fatal que yo al ver la gente nerviosa pence lo peor, que podia ser mi madre o en fin otra persona, pero nunca imaginé que podia ser mi hijo Rulito. la noticia fue cruel y me dijeron cuando yo pregunte quien murió y me contesto la Negrita Rulo. en ese momento me sentía morir yo y la Nena y despues no se mas lo que paso por que no recuerdo mas nada hasta que me desperte, yo no conocia la gente, por que estaba trastornada y hay momentos que en estos momentos estoy igual pero trato de no recordarlo pero no puedo es mas fuerte que yo. Mi hijo Rulito para mi era una esperanza mas en mi vida, por que habiamos proyectado muchas cosas para poder seguir a delante, pero todo esto ya lo tengo perdido al no estar el y nunca mas lo tendré como pensaba yo. Dios me sacó lo que mas quise, yo no lo demostraba pero para mi mi hijo Rulito era mucho”

El niñito puto y el bigote de corcho quemado

Debería empezar con un “Cuando era un niñito puto…”. Pero ¿fui un niñito puto? ¿vivió el niñito puto? ¿o nunca existió? El niñito puto me hizo llorar siempre. Me sigue haciendo llorar. ¿Algún día vas a dejar de llorar? “No puedo” sería la respuesta. Es mi niñito puto que muchas veces no pudo vivir y habitó en mis lágrimas. Y siempre tuvo muchas pero muchas ganas de vivir. Y le costó un montón. Pero un montón. Porque el mundo es un lugar muy feo. Espantoso. Al niñito puto le pegaron mucho y casi no se acuerda. Casi no se siente. Pero llora. No puede parar de llorar. No puedo parar de llorar. El primer recuerdo del niñito puto es el jardín de infantes. Un jardín de algún tipo de religión. O algo así. Se acuerda de un acto y una foto. A todos los niñitos normales les pintaron un bigote con corcho quemado. La maestra se los pintó uno a uno. Pero el niñito puto que soy y a veces fui no quería que le pintaran un bigote con corcho. Y no dejó que lo pintaran. Se negó. Se rebeló. No dejó que nadie se acerque a su boca. La maestra intentó forzarlo pero el niño puto no se dejó. La maestra lo humilló un poco. Y el niñito puto se quedó solo en un rincón. A veces, todavía estoy en ese rincón. En la foto están todos los niños felices con sus bigotes de corcho quemado. El niñito puto está solito a un costado. Mirando el mundo con cara de asustado. Pero sin bigote. Uno de los pocos momentos de triunfo en la vida del niñito puto. Solito. Pero sin bigote. ¿Será por eso que ahora el niñito puto tiene barba rosa y se adorna con brillos y gibré? El niñito puto que fui, que no pudo ser, hoy me habita. Ahora lo conozco y me gusta que habite mis lágrimas. Ahora lo vuelvo uno con el puto que soy. Y que no puede parar de llorar cuando escribe.

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El libro puto

Quiero escribir ese libro que no escribí. Ese libro puto. Ese libro que te besa y se refriega. Quiero escribir ese libro y que se convierta en parte de mi cuerpo. Puto. Niñito y puto. Ese cuerpo herido. Yagado. El libro y el cuerpo. El mundo se desmorona y escribo puto en mi cuaderno. Con mi cuerpo. Puto. Se me cruza algo y suspiro. Suspiro puto. El libro se está escribiendo. Y se escribe con mis manos. Manos de puto. Y con mi tinta. Tinta de puto. La misma con la que me pinto las uñas. Lo escribo con mis ojos. Ojos gigantes de niño puto. Un día de estos la última página va a emerger. Toda llena de saliva, flores y lágrimas. Toda llena de mi letra de puto.

Cuando ella escribe

Cuando ella escribe se saca los anteojos. No puede  ver bien las letras. Ella es miope. Cuando escribe se saca las uñas postizas. Se mira en el espejo y el reflejo es borroso. La canción de fondo dice todo lo que no tiene. Lo que no va a tener. Cuando escribe ella sueña. Y también llora un poco. A veces bastante. Tiene ojos grandes. Intensos. La canción dice que no tiene agua. No tiene padres. No tiene vino. No tiene fe. Cuando escribe se le atraganta el dolor. Cuando escribe se acuerda de sus pesadillas, se acuerda de ese día en el que los ojos crecían hasta consumirle todo el cuerpo y ya no quedaba más que una mirada llena de lágrimas. Se acuerda de ese otro día en el que los dientes se le caían uno a uno y no podía hacer nada. Cuando escribe piensa en el pasado y se le queda algo atravesado. Cuando escribe llora y la cara se le vuelve una sola tristeza que pide por favor la abracen y le digan que todo va a estar bien.  Cuando escribe ya no le queda nada. Ya no tiene hijos, ya no tiene familia, ya no tiene amor. Cuando escriba ya no hay vida. Sólo ese dolor que quiere escapar por los ojos y la boca. Ese dolor que se traduce en sus manos cansadas. En la canción de fondo que suena y no podemos olvidar. Cuando escribe ella ya no usa palabras. Cuando escribe se olvida de todo el dolor con el que la parieron. De todo el dolor que la destruye día  a día. De a poco. Cuando escribe se da cuenta que lo que siempre quiso fue estar muerta. Desde el primer día. Desde la primera lágrima. Pero la canción la despierta. Y cuando escribe se da cuenta que sus ojos siempre van a estar. Que la mirada que oculta detrás de los anteojos no se va a ir. Cuando escribe se da cuenta de la vida horrenda. Pero también se da cuenta de la canción. De la vida. Y por un instante se siente aliviada. Con sus lágrimas, sus ojos, sus dientes. Aunque no tenga nada, cuando escribe inclina un poco la cabeza y se da cuenta que hace lo mismo que siempre hizo. Lo que está en esa foto que tiene décadas. La foto en la que está con su hermana en la que está con la cabeza inclinada y su mirada de niño puto asustado. Esa foto que la define. Cuando escribe ella vuelve a ser ese niño y por un instante se olvida del dolor. Y de la vida.

Abuelas

Ayer estuve sentado en un café escribiendo y me salió algo que hace rato me daba vueltas, son dos textos, uno muy actual y uno del pasado:

La abuela Chiche

Como nació el 21 de septiembre le pusieron de segundo nombre Primavera. Elba Primavera Navarro. La abuela Chiche para sus nietos. Una mujer dura, fuerte. Una mujer que tuvo que enfrentarse sola a un mundo muy difícil. La abuela Chiche hace unas semanas que se está yendo. Con esa lucidez tremenda que siempre la caracterizó. Yo pretendía hacer como que no me importaba. Pero no puedo. Viajé hace poco al sur y pude despedirme. Y me di cuenta de muchas cosas de Chiche que me acompañan. Como a mi padre a mí me gusta hablar de cosas que me interesan o me apasionan. Los dos hablamos un poco como Chiche. Como a ella siempre me fascinó la tecnología. Chiche siempre fue fanática de las novedades tecnológicas. A Chiche le gustan los juguetes. A mí también. Con ella yo coleccionaba figuritas cuando era un pequeño niño puto. Coleccionábamos juntos las de los ositos cariñosos y las de frutillita. Ella desde muy chico me llamó geniecito. Y se asombraba de mi cuidado al bajar la escalera. En casa de Chiche cuando era un niño triste y silencioso me quedaba sólo y leía los nombres de los personajes de la mitología griega en uno de sus diccionarios. Me sentía muy libre en casa de Chiche. Cuando Chiche supo que yo era puto me llamó por teléfono. Y me dijo cosas muy hermosas. Y me dijo que me quería. Contra todos los prejuicios que podían rodearla. Cuando la vi hace unas semanas le llevé sus caramelos favoritos, unos Lyon D’or, muy finos. Porque la abuela Chiche siempre fue una mujer muy fina. Algo de eso también tengo. También le dejé un amuleto. Un juguete que la mira ahora desde una repisa. Donde supongo lo colocó mi madre. En estas semanas Chiche me enseñó lo que es perdonar, lo que es soltar rencores (ella y vos Edith). Y el amuleto, el hadita, la mira. Porque lo que le dejé es un juguete. A Chiche no le dio vergüenza que su nieto puto le regale un hada playmobil. Lo entendió. También me dijo por segunda vez en mi vida que me quería. Y que estaba orgullosa. Y que yo era su nieto gay. Y me fui. Y antes la abracé, sabiendo que no iba a volver a verla. Me dijo una vez más que me quería. La tercera vez en su vida que me lo dijo. Y me dijo otra cosa. Que la próxima vez que nos veamos íbamos a jugar con los playmobils. Sabía muy bien de lo que hablaba. Cada vez que juego un poco la siento conmigo. No sé muy bien de qué se trata estar vivo abuela. Pero te voy a extrañar mucho, de eso estoy seguro.

La abuela Berta

Hace años murió Berta. Fue de esos momentos en los que intento parecer o ser frío para evitar que las cosas importen. Pero hoy, muchos años después, ya sé que no es así. Tengo que ser sincero con eso que me cierra la garganta y me hace pensar. A Berta la extraño. Aunque haya sido una mujer dura y difícil a Berta la extraño. La extrañamos. Yo estaba muy enojado con Berta cuando murió. Le había hecho cosas muy horribles a mi madre y me costó aceptar esas cosas. Pero al mismo tiempo fue mi abuela. La bruja, la curandera, doña Berta. Con Gabriel la llamábamos Au. Era una mujer petisa, de pelo gris, en mi recuerdo se me aparece como una mujer casi tanguera. Era gordita y petisa. Un poco como yo. Siempre me voy a acordar cómo Gabriel se sentaba sobre sus tobillos y lo feliz que se lo veía. Creo que algo de mi ser petiso viene de Berta. Así como algo de mi identidad escritural. Cuando murió yo me quedé con dos cosas. Una taza común, transparente, que me recordaba cómo Berta me hacía el té. Desde siempre me gusta ver el color del té porque me recuerda a mi abuela haciendo el té a la mañana. La otra cosa que me quedé es una carta. O una nota. Escrita en una hoja un poco amarillenta. Mi abuela no había terminado la escuela primaria. No era escritora. Ni una gran lectora. Era una mujer trabajadora, una sirvienta, una sobreviviente. En esa nota de media página ella cuenta con sus palabras lo que sintió cuando se enteró de la muerte de su hijo Silvio en 1979. Desde que leí esa nota me fascinó la potencia de ese escrito y esas palabras. De esa necesidad de escribir, ese dolor. Me sentí muy identificado. No sé cuando escribió esa nota y que yo sepa no volvió a escribir cosas así. Para mí, algo de lo que hay en esa nota me acompaña desde siempre. La guardo como una de mis reliquias. A la abuela Berta nunca pude contarle que soy puto. Murió antes de que me abriera al cosmos y me diera cuenta de lo importante que era para mí que lo supiera. Pero la abuela era sabia. Berta nos conocía muy bien a mí y a Gabriel. Por algo, en su forma de llamarnos desde chicos nos llamaba sus chanchas. Gabriel era la chancha puta, la chancha que corre, se golpea, se ensucia. Yo era la chancha fina, la cancha modosita, la temerosa, la cuidadosa. Lo decía con mucho amor. Y no debe haber mejor descripción para mí como niño puto que la de chancha fina. Hoy, mi otra abuela, Elba Primavera, Chiche, se está yendo. Y aunque pretendía ser frío y que no me importe y que pareciera que no quiero a nadie no puedo. La partida de Chiche me hace pensar mucho en la abuela Berta. En la Au. Te extraño Au. Te extrañamos.

Nuevo diario puto 133

No quedan lectorxs. O no me quedan lectorxs. Mejor. Ya no me quedan muchas palabras. Recién choqué con un cable y se apagó la pc. Se perdió el texto ese de los jardines que había escrito el otro día recordando uno del pasado, una lectura y mi propia voz.

Quiero hablar a la pantalla. Quereme. Primera versión. Quereme. Segunda versión. Algo se desvirtúa en las teclas sin sentido. En la lectura de otro capítulo. Hace unas semanas comencé un nuevo diario íntimo. Este es rosa. Como algunos de los témpanos de mi corazón acuariano. No escribo mucho. Pero algo se está yendo por ahí.

Se supone que soy un adulto. Pero no lo soy. Soy una niñita asustada que por fin tiene su casa de muñecas y se ahoga con la vida. Quereme. Tercera versión. Hay una luz en tu ventana pero en tu sombra está mi amor acompañada. Yo reescribo las canciones. O escucho otra versión. O tengo frío y quiero que sean más felices. Como un musical. O la canción que dice algo de Baltimore con la que me siento identificadx. O un baile desenfrenado que no existe.

No importa. Ya no hay lectorxs de todo esto. No creo que queden tantas entradas en este diario. Ya lo estoy traicionando al incrustar canciones. Ya hace un tiempo. Tengo que empezar otro diario. O escribir en mi cuaderno rosado de niña que sueña con que se terminen sus días.