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Nuevo diario puto 153-entrada final

Aunque no se note yo soy una persona bastante triste. Creo que se nota poco. Pero me cuesta mucho vivir. Habitar mi cuerpo. Habitar la realidad. Por eso soy presa fácil de lo que me aleja. Todo eso que me lleva a un mundo de ficción en el que no me siento tan triste. Se supone que debería ser un adulto. Pero soy un niñito puto. Es que me costó mucho ser un niñito puto. Y es la mejor versión que encuentro para habitar este mundo que me hace llorar una y otra vez. Tal vez por eso este diario se termina. Es el segundo que se termina. Va a empezar otro seguramente. Pero este diario se cierra. Después de muchos años entendí algo. Si voy a ser el niñito puto ese al que quisieron asfixiar, tengo que pintarme las uñas de colores llamativos y caminar escuchando música y bailando mientras espero que el semáforo se ponga en rojo. Como vengo haciendo desde el día que me despertaron con un beso.

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Yo vomito Facundxs

Hay mucha luz todavía. Me tengo que recortar el bigote, dudo sobre cómo escribir. Miro un poco torcido, miro desde abajo, siempre miré desde abajo. Para escribir, me tengo que sacar los anteojos. Para llorar, también. Los anteojos están manchados. Recién caminaba en medio de la noche por la calle silenciosa, oscura, con la capucha de mi campera puesta y escuchando una canción triste, que dice algo de que se viene el fin del mundo, así que hagamos una fiesta. Camino y hay hormigas, siempre hay hormigas a la noche, a estas horas. Camino y pienso en todo lo que me gustaría escribir, decir, hacer, bailar, soñar, coger. En todo lo que no voy a hacer. En todo lo muerto que ya estoy. Camino y todavía me cuesta habitar este cuerpo al que sigo lastimando. La canción se vuelve intensa como yo, como mis expresiones, como la charla esa que no tuvimos y las lágrimas que no lloré, como el beso que me dieron hace un rato antes de irse a dormir, como el dibujo hermoso que vi hace un rato. Camino y me distraigo mientras camino y escribo. Había una historieta ridícula que hablaba de la creación. A veces, soy sólo una historieta ridícula que no fue del todo bien parida. Camino y camino así como camino yo, camino putito y camino petiso, camino como me hubiera gustado caminar mucho tiempo antes. Tenés los ojos tristes me dice la voz en el teléfono, nací con los ojos tristes, mirate al espejo y te vas a dar cuenta. Camino y hay una pareja heterosexual despidiéndose, voy por otro lado, ahí me encuentro con las hormigas. Camino y al llegar a casa quiero leer un libro. El tiempo se me acaba y nunca voy a leer todo lo que quiero leer. Nunca voy a escribir todo lo que quiero escribir. Camino y se me cruzan los años, camino y pienso en las ganas de escribir sobre cómo me cogieron y se me terminó la vida ese día. Porque la vida nunca había existido. Lo que había era muerte. Y lo que vino después fue un cadáver que caminaba. Hoy no sé quién soy, me gustaría escribir poesía que me haga respirar. ¿Se puede volver a respirar después de nacer asfixiada? Ahora escribo pero no lloro. Aunque los ojos se me humedecen. Hace un rato alguien me dijo algo de mis pestañas. Hace unos días me mintieron y no sé dónde quedó la verdad. O si hay algo de verdad. Camino, llego a casa, me siento, escribo. Quiero escribir muchos libros. Quiero escribir un libro con mi infancia, quiero escribir un libro con mis amores, quiero escribir un libro con todo el sexo, quiero escribir un libro que te haga llorar. Me gustaría aprender a respirar. No me enseñaron. Aunque creo que se trata de escribir. Cuando camino no respiro. Pero cuando escribo algo se mueve en mis pulmones. Escribir, para este putito petiso, se trata de sobrevivir. Y escribir me da mucho miedo. Como la vida.

El libro puto

Quiero escribir ese libro que no escribí. Ese libro puto. Ese libro que te besa y se refriega. Quiero escribir ese libro y que se convierta en parte de mi cuerpo. Puto. Niñito y puto. Ese cuerpo herido. Yagado. El libro y el cuerpo. El mundo se desmorona y escribo puto en mi cuaderno. Con mi cuerpo. Puto. Se me cruza algo y suspiro. Suspiro puto. El libro se está escribiendo. Y se escribe con mis manos. Manos de puto. Y con mi tinta. Tinta de puto. La misma con la que me pinto las uñas. Lo escribo con mis ojos. Ojos gigantes de niño puto. Un día de estos la última página va a emerger. Toda llena de saliva, flores y lágrimas. Toda llena de mi letra de puto.

La griega

Hace años la araña escribió una historia de amor. La araña tenía brazos fuertes y muy velludos. Sabían abrazar. Pero eso fue hace mucho tiempo. A la araña la rompieron cuando escuchaba una canción muy romántica cantada en italiano. De una película que le gustaba mucho. Se cruzó hace unos días con esa mujer que siempre quiso que fuera su amiga y charlaron. Como esa otra vez hace años borrachos en una fiesta. El reflejo difuso de su propia vida. La araña se acuerda de la película y le dan ganas de bailar como ella. De volver en el tiempo y sonreír un poco más.

Angustias

Cuatro minutos veintinueve segundos. El tiempo que me dieron para escribir mi historia. Cuando tenía seis años madre dejó de llamarme por mi nombre. Me empezó a gritar. Mi nombre pasó a ser Angustia. La pequeña y llorona Angustia. Angustia, la niña monstruo. En otros lugares me gritaban ese nombre. Las gotas de saliva de los gritos tocaban mis mejillas. Yo ya no escuchaba. Angustia era mi totalidad. Mi miedo. En esos momentos quería ser como Carrie en la película y destruir el universo a mi alrededor. Dibujaba el mundo y lo incendiaba con un fósforo monstruoso que nacía de la palma de mi mano. Me refugié en el canto de una mujer religiosa. Un poco en secreto me enamoré. No importó. Era casi una monja. En algún momento crecí y ya no me gritaban. Ya no había madre. Ya no había saliva. Pero seguía siendo Angustia. Y seguía llorando. A esta altura los cuatro minutos veintinueve segundos se me habían terminado pero alguien me dio unos minutos más. Lo agradecí. Por eso sigo escribiendo en este papel inmundo. No tengo historia más que esto que les digo. No tengo otras palabras. Sólo este dolor en el pecho y la garganta que me atraviesa. No puedo arrancarme la garganta. Pero tomé una decisión. Si no puedo arrancarme el pecho y la garganta voy a hacer como Edipo y arrancarme los ojos. Quizás por ahí se escape mi nombre y vuelva a ser lo que fui antes de que me bautizaran con el dolor. Esta noche voy a hacerlo. Y mañana, cuando no pueda verlos y sonría, no se olviden que ya no me llamo Angustia, que mi nombre ahora es ese que entra como una mariposa por sus labios y los hace sentir flores en la garganta.

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