Nuevo diario puto 137

La vida se me puso rara. La vida extraña y extraña. Las ganas de hablar, de escribir. De poder decir que todo va a estar bien. Y que por favor no se olviden. 

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Nuevo diario puto 136

Tengo frío en los antebrazos. Un frío de eso que me recorre como niño puto y asustado que tiene miedo al dolor. Tengo la garganta cerrada y la voz oprimida hace unos días. Tengo ganas de abrir un blog nuevo que se llame “El puto que siempre quiso ser Jean Grey” y narrar la historia de la rama en mi garganta. Pero sin adornos literarios. ¿Cómo sobrevivo a esto? ¿cómo sobrevivimos a esto? Me incineré en una pila de libros hechos de fragmentos de nuestros cuerpos y no me queda más que cenizas y una colección de recuerdos rotos. ¿Cómo sobrevivo a esto? ¿Cómo vuelvo a cantar y bailar el tema de Kylie? ¿Cómo hago para abrazarte y decirte que todo va a estar bien?

Nuevo diario puto 135

Todavía estoy pariendo un escrito. Algo que todavía no puedo escribir. Pero me ronda, me acecha. Todavía me estalla la cabeza y no tengo muy en claro donde estoy. Pienso en canciones tristes y sueños melancólicos. Me acuerdo de la propuesta de escribir algo juntxs sobre los cómics de Ioshua. Esa propuesta que no llegaste a hacer. Me acuerdo de las ganas y todo. Escucho la versión de “Quereme” de Virginia Innocenti, la versión que me gusta a mí solo. La versión de mi pasado y mis dolores. Era del disco que escuchaba en ese final que fue parte de una vida lejana y alternativa. ¿Será que la música siempre me va a hacer llorar?

Ángela, reina del Infierno

¿Te acordás cuando soñábamos con nubes y castillos cósmicos? ¿Se acuerdan cuando soñábamos con bailar bajo un arco iris lleno de pestañas postizas? Mi cuaderno está lleno de hojas a medio escribir, mi letra es ilegible. Me abrazaste y me acordé de ese primer día en el que nos miramos, me abrazaste y casi lloro, me abrazaste y quise volar por ese mundo que ya no existe. Ese mundo que nunca existió. El cosmos de mis lágrimas que se despierta en una tarde gris y recorre mi mejilla y se detiene en la comisura de mis labios. Hoy miro este cuaderno, voy a recordar a la guerrera y arrancar las hojas como arranco mis alas. Ángela repitió el recurso que había usado toda su vida. El recurso ilegible de los niños monstruo. Cerró el libro que había armado con sus propias manos y miró el océano desde el acantilado. Primero se arrancó el ala izquierda. Después la derecha. Miró al este y sonrió. Lanzó un beso al aire y espero que el viento lo haga volar. Sonrió al oeste y lanzo otro beso. Sonrió y lagrimeó como había hecho toda su vida. Después caminó. Y comenzó a volar. Sus lágrimas caían en el océano. Volaba, lejos, ahogada, cósmica. Vio un reflejo en el agua y escuchó algo. Una voz que Ángela anhelaba y traía consigo el mensaje de su muerte: “Hasta que voces humanas nos despierten. Y nos ahogemos”.

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Cuando ella escribe

Cuando ella escribe se saca los anteojos. No puede  ver bien las letras. Ella es miope. Cuando escribe se saca las uñas postizas. Se mira en el espejo y el reflejo es borroso. La canción de fondo dice todo lo que no tiene. Lo que no va a tener. Cuando escribe ella sueña. Y también llora un poco. A veces bastante. Tiene ojos grandes. Intensos. La canción dice que no tiene agua. No tiene padres. No tiene vino. No tiene fe. Cuando escribe se le atraganta el dolor. Cuando escribe se acuerda de sus pesadillas, se acuerda de ese día en el que los ojos crecían hasta consumirle todo el cuerpo y ya no quedaba más que una mirada llena de lágrimas. Se acuerda de ese otro día en el que los dientes se le caían uno a uno y no podía hacer nada. Cuando escribe piensa en el pasado y se le queda algo atravesado. Cuando escribe llora y la cara se le vuelve una sola tristeza que pide por favor la abracen y le digan que todo va a estar bien.  Cuando escribe ya no le queda nada. Ya no tiene hijos, ya no tiene familia, ya no tiene amor. Cuando escriba ya no hay vida. Sólo ese dolor que quiere escapar por los ojos y la boca. Ese dolor que se traduce en sus manos cansadas. En la canción de fondo que suena y no podemos olvidar. Cuando escribe ella ya no usa palabras. Cuando escribe se olvida de todo el dolor con el que la parieron. De todo el dolor que la destruye día  a día. De a poco. Cuando escribe se da cuenta que lo que siempre quiso fue estar muerta. Desde el primer día. Desde la primera lágrima. Pero la canción la despierta. Y cuando escribe se da cuenta que sus ojos siempre van a estar. Que la mirada que oculta detrás de los anteojos no se va a ir. Cuando escribe se da cuenta de la vida horrenda. Pero también se da cuenta de la canción. De la vida. Y por un instante se siente aliviada. Con sus lágrimas, sus ojos, sus dientes. Aunque no tenga nada, cuando escribe inclina un poco la cabeza y se da cuenta que hace lo mismo que siempre hizo. Lo que está en esa foto que tiene décadas. La foto en la que está con su hermana en la que está con la cabeza inclinada y su mirada de niño puto asustado. Esa foto que la define. Cuando escribe ella vuelve a ser ese niño y por un instante se olvida del dolor. Y de la vida.

Quiénes somos

Quiénes somos
qué pasa
qué extraña historia es esta
por qué la soportamos
si es a nuestra costa
por qué nos soportamos
por qué hacemos el juego.

Idea Vilariño

Tonio

“Se desnudó, se echó sobre la cama y apagó la luz. Musitó dos nombres sobre la almohada, aquellas pocas y púdicas sílabas nórdicas que significaban para él su auténtica y primitiva forma del amor, del sufrimiento y de la felicidad, la vida, el sentimiento íntimo y sencillo, la patria… Retrocedió en el tiempo y repasó todos los años de su vida desde entonces hasta el presente. Recordó las disolutas aventuras de los sentidos, de los nervios y del pensamiento que había vivido; se vio a sí mismo carcomido por la ironía y el espíritu, desolado y entumecido por el entendimiento, medio consumido por la fiebre y lo escalofríos de la creación artística, sin apoyo y sumido en escrúpulos de conciencia, entre dos extremos opuestos, lanzado de un lado para otro entre la santidad y la pasión, refinado, empobrecido, agotado por frías exaltaciones elegidas artificiosamente, perdido, desolado, destrozado, enfermo… y sollozaba de remordimiento y añoranza.

Tonio Kröger – Thomas Mann 

Nuevo diario puto 134

¿Será que las interrogantes me abren el libro de las catástrofes? El cuerpo me pide escribir y el cosmos me aterra. Quiero que los ojos me sangren de tanto leer pero se me raja la garganta y las paginas me cortan los dedos. Abro un cajón y se escapa una canción de mi pasado que dice el futuro. Quiero escribir el diario de mis días y se me cruza mi mirada de niño puto. La vida se complica y ya no escribo. Me rompo y ya no funciona mi teclado. Quiero escribir sobre el miedo, el caos colectivo y el dolor de una mente acuariana. Pero la rama se atraviesa y me hundo. ¿Habrá lectores posibles en el mundo de una araña muerta? ¿Habrá algo del otro lado? ¿Habrá sueños en mi boca temerosa de sonreír? Quería volver a escribir mi diario. Pero creo que ese cuaderno murió y se convirtió en la diosa que busca renacer de sus cenizas.

Abuelas

Ayer estuve sentado en un café escribiendo y me salió algo que hace rato me daba vueltas, son dos textos, uno muy actual y uno del pasado:

La abuela Chiche

Como nació el 21 de septiembre le pusieron de segundo nombre Primavera. Elba Primavera Navarro. La abuela Chiche para sus nietos. Una mujer dura, fuerte. Una mujer que tuvo que enfrentarse sola a un mundo muy difícil. La abuela Chiche hace unas semanas que se está yendo. Con esa lucidez tremenda que siempre la caracterizó. Yo pretendía hacer como que no me importaba. Pero no puedo. Viajé hace poco al sur y pude despedirme. Y me di cuenta de muchas cosas de Chiche que me acompañan. Como a mi padre a mí me gusta hablar de cosas que me interesan o me apasionan. Los dos hablamos un poco como Chiche. Como a ella siempre me fascinó la tecnología. Chiche siempre fue fanática de las novedades tecnológicas. A Chiche le gustan los juguetes. A mí también. Con ella yo coleccionaba figuritas cuando era un pequeño niño puto. Coleccionábamos juntos las de los ositos cariñosos y las de frutillita. Ella desde muy chico me llamó geniecito. Y se asombraba de mi cuidado al bajar la escalera. En casa de Chiche cuando era un niño triste y silencioso me quedaba sólo y leía los nombres de los personajes de la mitología griega en uno de sus diccionarios. Me sentía muy libre en casa de Chiche. Cuando Chiche supo que yo era puto me llamó por teléfono. Y me dijo cosas muy hermosas. Y me dijo que me quería. Contra todos los prejuicios que podían rodearla. Cuando la vi hace unas semanas le llevé sus caramelos favoritos, unos Lyon D’or, muy finos. Porque la abuela Chiche siempre fue una mujer muy fina. Algo de eso también tengo. También le dejé un amuleto. Un juguete que la mira ahora desde una repisa. Donde supongo lo colocó mi madre. En estas semanas Chiche me enseñó lo que es perdonar, lo que es soltar rencores (ella y vos Edith). Y el amuleto, el hadita, la mira. Porque lo que le dejé es un juguete. A Chiche no le dio vergüenza que su nieto puto le regale un hada playmobil. Lo entendió. También me dijo por segunda vez en mi vida que me quería. Y que estaba orgullosa. Y que yo era su nieto gay. Y me fui. Y antes la abracé, sabiendo que no iba a volver a verla. Me dijo una vez más que me quería. La tercera vez en su vida que me lo dijo. Y me dijo otra cosa. Que la próxima vez que nos veamos íbamos a jugar con los playmobils. Sabía muy bien de lo que hablaba. Cada vez que juego un poco la siento conmigo. No sé muy bien de qué se trata estar vivo abuela. Pero te voy a extrañar mucho, de eso estoy seguro.

La abuela Berta

Hace años murió Berta. Fue de esos momentos en los que intento parecer o ser frío para evitar que las cosas importen. Pero hoy, muchos años después, ya sé que no es así. Tengo que ser sincero con eso que me cierra la garganta y me hace pensar. A Berta la extraño. Aunque haya sido una mujer dura y difícil a Berta la extraño. La extrañamos. Yo estaba muy enojado con Berta cuando murió. Le había hecho cosas muy horribles a mi madre y me costó aceptar esas cosas. Pero al mismo tiempo fue mi abuela. La bruja, la curandera, doña Berta. Con Gabriel la llamábamos Au. Era una mujer petisa, de pelo gris, en mi recuerdo se me aparece como una mujer casi tanguera. Era gordita y petisa. Un poco como yo. Siempre me voy a acordar cómo Gabriel se sentaba sobre sus tobillos y lo feliz que se lo veía. Creo que algo de mi ser petiso viene de Berta. Así como algo de mi identidad escritural. Cuando murió yo me quedé con dos cosas. Una taza común, transparente, que me recordaba cómo Berta me hacía el té. Desde siempre me gusta ver el color del té porque me recuerda a mi abuela haciendo el té a la mañana. La otra cosa que me quedé es una carta. O una nota. Escrita en una hoja un poco amarillenta. Mi abuela no había terminado la escuela primaria. No era escritora. Ni una gran lectora. Era una mujer trabajadora, una sirvienta, una sobreviviente. En esa nota de media página ella cuenta con sus palabras lo que sintió cuando se enteró de la muerte de su hijo Silvio en 1979. Desde que leí esa nota me fascinó la potencia de ese escrito y esas palabras. De esa necesidad de escribir, ese dolor. Me sentí muy identificado. No sé cuando escribió esa nota y que yo sepa no volvió a escribir cosas así. Para mí, algo de lo que hay en esa nota me acompaña desde siempre. La guardo como una de mis reliquias. A la abuela Berta nunca pude contarle que soy puto. Murió antes de que me abriera al cosmos y me diera cuenta de lo importante que era para mí que lo supiera. Pero la abuela era sabia. Berta nos conocía muy bien a mí y a Gabriel. Por algo, en su forma de llamarnos desde chicos nos llamaba sus chanchas. Gabriel era la chancha puta, la chancha que corre, se golpea, se ensucia. Yo era la chancha fina, la cancha modosita, la temerosa, la cuidadosa. Lo decía con mucho amor. Y no debe haber mejor descripción para mí como niño puto que la de chancha fina. Hoy, mi otra abuela, Elba Primavera, Chiche, se está yendo. Y aunque pretendía ser frío y que no me importe y que pareciera que no quiero a nadie no puedo. La partida de Chiche me hace pensar mucho en la abuela Berta. En la Au. Te extraño Au. Te extrañamos.