Diario de Miss Cordillerita 16

Lo tiene en la punta de la lengua y no es un vello púbico. El vello púbico se le había enganchado en la ortodoncia pero logró sacarlo. Es otra cosa. Como si hubiera encontrado un hilo con el que deshacer el ovillo. El principio de algo. Las razones de sus ansiedades y sus miedos. Algo que está muy en el centro de su cuerpo, algo entre el alma y el ano. Miss Cordillerita descubridora.

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Diario de Miss Cordillerita 15

Miss Cordillerita juega. Y habla. Y baila. Y sonríe. Y llora. Llora mucho. Por todo, pasado, presente y futuro. Pero hay un impulso vital que la hace despertar. Como una lluvia dorada brillante y llena de éxtasis. Hay algo vital. Tremendo. Visceral. Orgullosa. Miss Cordillerita orgullosa.

Diario de Miss Cordillerita 14

Miss Cordillerita camina, camina y baila. No puede evitarlo. Le gritan. Ayer se desnudaba y mientras se miraba su cuerpo deseante y peludo sentía el principio de algo. Y no era eso que estaba tocando. Era otra cosa. Sentía como un descubrimiento. Como una epifanía. La comprensión, o mejor dicho, como si pudiera acariciar la comprensión de algo.

La vida copycat

“No nos une el amor sino el espanto”

Vergüenzas

Hace unos días pensaba en los besos. O la primera vez que me besaron o besé a alguien. Yo no sé si tengo un primer beso. O un beso infantil. Me acuerdo que de adolescente nos dimos un beso con una amiga, un beso frío, no sentí nada, como a los 16 en una fiesta. Varios años después me besó Marcelo por primera vez y fue algo que me rajó a la mitad. Nunca había sentido algo así. Soy bocón, me gusta cuando me besan, se siente algo inexplicable. Esa fue la primera vez que sentí un beso por primera vez. Aunque era muy grande ya. Hay otro beso antes, pero no lo puedo catalogar como un beso. Es un tipo de contacto con mi boca pero yo no lo viví como un beso. No lo puedo recordar con tanta claridad como otras cosas. Lo siento casi como un sueño. Como muy difuso en mi recuerdo. Pero hay algunas cosas que me permiten ubicarlo. Con hermanite íbamos a la escuela, que en esa época quedaba a dos cuadras de casa. O sea que tenía nueve años. Y hermanite ocho. Y como ya dije, yo siempre fui muy bocón. Como madre. De labios anchos. Eso puede llamar la atención. Con hermanite caminábamos y nos topamos con un grupo de adolescentes, chicas y chicos, en realidad creo que eran adolescentes, en mi recuerdo nebuloso eran como mucho más grandes de lo que era yo. Me acuerdo que ese grupo aparece frente a nosotros. No serían más de 5 adolescentes (serían adolescentes?). Y recuerdo risas, burlas, cosas así, recuerdo algo como si hubiera que hacerle algo al niñito putito, que no era hermanite, recuerdo algo de hermanite alejado a la fuerza. Y recuerdo a una chica besándome a la fuerza, de una forma muy repulsiva. Obligándome. Recuerdo algo de curar al niñito puto. No tengo recuerdo de la sensación física, sólo de lo violento que se sintió todo el episodio. Y de las risas, me acuerdo mucho de que se burlaban y se reían. Después nos soltaron y siguieron camino. Yo me limpie la boca con la mano del guardapolvo y no me acuerdo si lloré. Estábamos a una cuadra del colegio y llegamos rápido. Todo esto pasó muy rápido. A mí me dio mucha vergüenza. Me da mucha vergüenza. Ayer pensaba que es algo que nunca le conté a nadie. No entiendo por qué. Tardé muchos años en volver a besar a alguien. Eso que recuerdo como algo feo, como algo muy muy perdido en recuerdos que se me confunden, nunca lo pensé como un beso. Mi primer beso vendría mucho tiempo después. Hubo varios, pero el primero por el que mi boca sintió algo fue cuando ya había crecido y estaba muy lejos de ese lugar donde fui un niñito puto de ojos gigantes y boca carnosa que jugaba muy solitario porque era el único lugar donde se sentía a salvo.

Nuevo diario puto 153-entrada final

Aunque no se note yo soy una persona bastante triste. Creo que se nota poco. Pero me cuesta mucho vivir. Habitar mi cuerpo. Habitar la realidad. Por eso soy presa fácil de lo que me aleja. Todo eso que me lleva a un mundo de ficción en el que no me siento tan triste. Se supone que debería ser un adulto. Pero soy un niñito puto. Es que me costó mucho ser un niñito puto. Y es la mejor versión que encuentro para habitar este mundo que me hace llorar una y otra vez. Tal vez por eso este diario se termina. Es el segundo que se termina. Va a empezar otro seguramente. Pero este diario se cierra. Después de muchos años entendí algo. Si voy a ser el niñito puto ese al que quisieron asfixiar, tengo que pintarme las uñas de colores llamativos y caminar escuchando música y bailando mientras espero que el semáforo se ponga en rojo. Como vengo haciendo desde el día que me despertaron con un beso.

Yo vomito Facundxs

Hay mucha luz todavía. Me tengo que recortar el bigote, dudo sobre cómo escribir. Miro un poco torcido, miro desde abajo, siempre miré desde abajo. Para escribir, me tengo que sacar los anteojos. Para llorar, también. Los anteojos están manchados. Recién caminaba en medio de la noche por la calle silenciosa, oscura, con la capucha de mi campera puesta y escuchando una canción triste, que dice algo de que se viene el fin del mundo, así que hagamos una fiesta. Camino y hay hormigas, siempre hay hormigas a la noche, a estas horas. Camino y pienso en todo lo que me gustaría escribir, decir, hacer, bailar, soñar, coger. En todo lo que no voy a hacer. En todo lo muerto que ya estoy. Camino y todavía me cuesta habitar este cuerpo al que sigo lastimando. La canción se vuelve intensa como yo, como mis expresiones, como la charla esa que no tuvimos y las lágrimas que no lloré, como el beso que me dieron hace un rato antes de irse a dormir, como el dibujo hermoso que vi hace un rato. Camino y me distraigo mientras camino y escribo. Había una historieta ridícula que hablaba de la creación. A veces, soy sólo una historieta ridícula que no fue del todo bien parida. Camino y camino así como camino yo, camino putito y camino petiso, camino como me hubiera gustado caminar mucho tiempo antes. Tenés los ojos tristes me dice la voz en el teléfono, nací con los ojos tristes, mirate al espejo y te vas a dar cuenta. Camino y hay una pareja heterosexual despidiéndose, voy por otro lado, ahí me encuentro con las hormigas. Camino y al llegar a casa quiero leer un libro. El tiempo se me acaba y nunca voy a leer todo lo que quiero leer. Nunca voy a escribir todo lo que quiero escribir. Camino y se me cruzan los años, camino y pienso en las ganas de escribir sobre cómo me cogieron y se me terminó la vida ese día. Porque la vida nunca había existido. Lo que había era muerte. Y lo que vino después fue un cadáver que caminaba. Hoy no sé quién soy, me gustaría escribir poesía que me haga respirar. ¿Se puede volver a respirar después de nacer asfixiada? Ahora escribo pero no lloro. Aunque los ojos se me humedecen. Hace un rato alguien me dijo algo de mis pestañas. Hace unos días me mintieron y no sé dónde quedó la verdad. O si hay algo de verdad. Camino, llego a casa, me siento, escribo. Quiero escribir muchos libros. Quiero escribir un libro con mi infancia, quiero escribir un libro con mis amores, quiero escribir un libro con todo el sexo, quiero escribir un libro que te haga llorar. Me gustaría aprender a respirar. No me enseñaron. Aunque creo que se trata de escribir. Cuando camino no respiro. Pero cuando escribo algo se mueve en mis pulmones. Escribir, para este putito petiso, se trata de sobrevivir. Y escribir me da mucho miedo. Como la vida.

Nuevo diario puto 152

Agrupar todo eso que tengo escrito, en el blog y antes. Refundar, comenzar el libro de la refundación, volver a escribir. Hay algo de compulsión y frenesí en mi forma de escribir, de vivir. Escribir, para mí, se trata de vivir, de crear, se trata de existir, de respirar el aire que le negaron a mis pulmones.

Ensayo sobre la ficción-cuarta parte

¿Qué ocurre cuando la ficción se vuelve frenética e interrumpe el hilo argumental? Encuentro un diario íntimo sólo escrito para mí que contiene unas pocas entradas separadas por casi un año. Mi escritura me hace vivir, me hace reflexionar. ¿Y si escribo un ensayo sobre el poliamor? Quiero ser ensayista pero mis ensayos son una caricatura de escritura real. Entro en mi cuerpo de puto petiso y busco entre los pliegues y los pelos rojizos. Algo se aprendió de todo esto, de eso estamos seguros. Siempre algo aprendo. Hay una forma de aprendizaje que ahora me deja ver mis limitaciones y miedos. La música es frenética y no corresponde a un ensayo. ¿Para qué sirve la ficción? A veces para sobrevivir. Otras para evitar morir calcinados. Otras para coger mucho y por el culo. Eso está en mi diario. Mi ensayo sobre el sexo no sé cómo escribirlo. Esa es otra historia. Como el ensayo sobre mis trastornos alimenticios. Cuando era una niñita puto me aferré a la ficción para poder respirar. Ahora, abro una caja y encuentro miles de páginas que escribí y oculté muy adentro. Tal vez sea hora de que las ficciones regresen y sepulten a las otras, las que se convirtieron en una telaraña hecha con los restos de mis pulmones.

La destrucción

Estaba pensando en tres cosas, tres recuerdos o algo así. Que se relacionan con la destrucción. En algún momento el niño puto abrazó la destrucción (¿O la auto-destrucción?). Pienso en eso de las vidas que no pueden ser vividas. O los momentos de las vidas que no pueden ser recordados con facilidad. Los recuerdos se me mezclan pero ahí están esas tres cosas. La primera tiene que ver con que yo aprendí a leer de chiquitx, imitando a madre que había aprendido a leer para poder escapar de la realidad. Ella nunca paró de leer desde ese día en el que la bibliotecaria de la escuela le prohibió leer “Los miserables”. Como si hubiera servido para algo esa prohibición. Ahí aparece mi recuerdo, viendo películas con madre y padre y hermanite. Películas con subtítulos, tengo el recuerdo de un momento en particular, viendo una película de cine catástrofe de esas de aviones que se estrellan y muere medio avión. Hermanite no llegaba a leer los subtítulos. Y era muy insistente. Y madre y padre se cansaban de leerle todo. Entonces yo le leía hermanite. Le leía los subtítulos y le explicaba la película. Y cuando éramos chiquitxs le ataba los cordones. Muchas décadas después sigo leyendo y explicando textos. Todavía me acuerdo ese día en el que le conté “La letra escarlata” a Ati. El segundo recuerdo tiene que ver con el cine. Con madre siempre vimos películas, desde muy chiquitxs, todo tipo de películas. Y a mí siempre me gustó mucho eso. Entre lo que veíamos, el cine catástrofe siempre nos llamó mucho la atención a madre y a mí. Había algo en el cine catástrofe que generaba una especie de goce. Las escenas de destrucción siempre me emocionaron. Desde la primera vez que las vi, casi como si me generaran placer. El tercer recuerdo se encadena con todo esto. Desde muy chicx, tendría unos 7 u 8 años, la niña putx de mi infancia empezó a dibujar. Dibujar siempre me gustó. No soy un gran dibujante pero es de esas cosas que me hace bien hacer. Y durante años dibujé lo mismo una y otra vez: una ciudad de grandes edificios, muy bella y moderna, muy diferente al pueblo montañés en el que vivía. Y una vez que estaba dibujada, la destruía. Pero no se trataba de romper el papel. Era otra cosa, era ir dibujando la catástrofe sobre la ciudad, borrando y dibujando encima incendios, terremotos, naves espaciales, inundaciones, todo lo que se me ocurría. Nunca era el mismo tipo de destrucción, alternaba entre uno y otro. Y había una suerte de historia de cómo se iba destruyendo la ciudad. Las catástrofes devastaban la ciudad y no quedaba nada, nadie sobrevivía. Pasaba horas haciendo eso. Tengo el recuerdo muy vívido. Pasé horas y años una y otra vez dibujando eso. En algún momento me mandaron a la psicopedagoga. Y también inventaba catástrofes en mis juegos con mis juguetes. Muy de niñx puto, siempre jugué solo. Y lo que le ocurría a mis juguetes eran grandes catástrofes o dramas o tragedias. Mis juguetes nunca fueron felices. Hace un tiempo le conté lo de los dibujos al psicólogo, nunca se me había ocurrido hablar de eso. Sentí que le pareció importante. ¿Qué habrán significado mis dibujos? En la ficción familiar Facu destruía para construir. Pero yo no construía nada cuando dibujaba, sólo dibujaba catástrofes. El psicólogo me dijo algo así que piense un poco en eso. Y dijo algo de la agresividad. Tal vez haya sido una forma de expresar mi agresividad ante el mundo que me asfixiaba. Tal vez destruía un lugar al que no podía ir. No había forma de escapar del pueblo montañés. Tal vez no significa nada. Décadas después ya no dibujo catástrofes,  aunque recuerdo a la perfección esos dibujos y podría hacer uno igual ahora mismo. Y tal vez no dibuje imágenes de destrucción pero muchas veces me encuentro diciendo que hay que salir a romper todo y prender fuego todo. Son las ganas de hacer colapsar el mundo espantoso. En general, no hablo de una destrucción material, se trata más de este mundo espantoso en el que tenemos que habitar y vivir vidas que la humanidad no quiso existieran como tales. Un mundo que muchas veces tenemos ganas de destruir.

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