Angustias

Cuatro minutos veintinueve segundos. El tiempo que me dieron para escribir mi historia. Cuando tenía seis años madre dejó de llamarme por mi nombre. Me empezó a gritar. Mi nombre pasó a ser Angustia. La pequeña y llorona Angustia. Angustia, la niña monstruo. En otros lugares me gritaban ese nombre. Las gotas de saliva de los gritos tocaban mis mejillas. Yo ya no escuchaba. Angustia era mi totalidad. Mi miedo. En esos momentos quería ser como Carrie en la película y destruir el universo a mi alrededor. Dibujaba el mundo y lo incendiaba con un fósforo monstruoso que nacía de la palma de mi mano. Me refugié en el canto de una mujer religiosa. Un poco en secreto me enamoré. No importó. Era casi una monja. En algún momento crecí y ya no me gritaban. Ya no había madre. Ya no había saliva. Pero seguía siendo Angustia. Y seguía llorando. A esta altura los cuatro minutos veintinueve segundos se me habían terminado pero alguien me dio unos minutos más. Lo agradecí. Por eso sigo escribiendo en este papel inmundo. No tengo historia más que esto que les digo. No tengo otras palabras. Sólo este dolor en el pecho y la garganta que me atraviesa. No puedo arrancarme la garganta. Pero tomé una decisión. Si no puedo arrancarme el pecho y la garganta voy a hacer como Edipo y arrancarme los ojos. Quizás por ahí se escape mi nombre y vuelva a ser lo que fui antes de que me bautizaran con el dolor. Esta noche voy a hacerlo. Y mañana, cuando no pueda verlos y sonría, no se olviden que ya no me llamo Angustia, que mi nombre ahora es ese que entra como una mariposa por sus labios y los hace sentir flores en la garganta.

Nuevo diario puto 131

Duermo poco, tengo sueño, quiero una cura de sueño. Dormir y dormir y dormir. Pero así todo dormido. Me despierto, hablo mucho y me habla mucho el psicólogo. Creo que me está haciendo bien ese espacio. Y repito mis rituales y hago trámites y hace calor. Y me acuerdo que quiero escribir ensayos sobre la nada. Tengo que volver a eso. Hay un cuaderno sin usar que voy a retomar. Es viernes y por un momento casi estallo de energía y después me dio mucho sueño y tengo ganas de olvidarme un poco de la existencia y descansar flotando.

Nuevo diario puto 130

Pasan dos meses y no me doy cuenta. No escribo y no me doy cuenta. Se me cansan los ojos, los brazos y la cintura. La vida nos aplasta y ahí estamos, bellos, bollos y sonrientes. O casi. Quiero renacer de las cenizas, como Jean Grey. Quiero ser Jean Grey y destruir galaxias con el pensamiento. Y mi pila de pendientes es interminable. Y los papeles me aburren. Quiero leer. Quiero jugar. Imprimo, escucho a Dolores, peleo, me río, me duelen las encías, camino, imaginamos miles de proyectos y las fechas nos aprisionan, el año nos pasó por arriba como un torbellino, pero sigo flotando. Quiero tomar sidra. Porque soy puto, petiso, pelado y me gusta la sidra. Aunque el champagne también me gusta. Y el vino. Y la cerveza. Creo que me gusta todo.

El desgarro

La bruja le canta a la princesa desgarrada. Se le rompe una zapatilla de cristal brillante. Se ahoga en una copa de vino sin escribir. La princesa no sabe de canciones y se confunde una versión acústica con la original. Pero encuentra lo que buscaba. Y se acuerda de sus lágrimas y del canto de la bruja. La princesa cae por una escalera de incomprensión y se desgarra un tobillo y rompe su zapatilla. Se levanta y algo le oprime el pecho. Se mira el vello rojo y se atraganta con las ganas de llorar. Dentro de la heladera están los cadáveres de las mujeres asesinadas por el mercado. La princesa se acuerda y quiere maquillarse el rostro, pintarse la cara dispuesta a combatir contra el cosmos. Pero se acuerda de la pared. Del dolor que le atraviesa la garganta. De la rama que dejaron alojada en su garganta y le impide tragar. Intenta salir pero está esa pared. No es el muro del que hablaban los libros. Es esa pared que no la deja respirar. Mira hacia arriba y está el cielo nocturno mirándola. La princesa nunca fue inteligente. Ni sabia. Ni bella. Sólo una princesa peluda que se mira en un espejo roto mientras intenta arrancarse la rama con un fragmento de cristal filoso. Sólo hay lágrimas y sangre. Quiere recitar poemas de amor pero no le salen. La rama le desgarra la garganta y hay más sangre. Las lágrimas se meten para adentro, por la garganta, consumidas por el ácido. Hacia la pared. Hacia el asfalto. La princesa quiere ser una cazadora. Como la hija de los mitos. Una princesa cazadora sin ramas ni desgarros con sus zapatillas doradas de cristal brillante. Pero el espejo está roto. Y la bruja cantó y le pidió una mirada al cosmos. La princesa no sabe cómo arrancarse la rama que no la deja respirar. Se ahoga. Se asfixia. Mira hacia arriba. Una nube gris la inunda. La princesa vuela. Ya no respira. Ya no está ahogada. La rama sigue ahí. La pared desgarra a la princesa. Hasta que escucha voces humanas. Y respira. Y nos ahogamos.

Respirar óxido

Escribo sin anteojos. Con ganas de ir y abrazarlos. De que bailemos lento la canción esa romántica que me hace llorar un poco. Se me escapan las lágrimas cuando nos pienso. Se me reseca un poco el pecho y me cuesta no ahogarme muy lentamente. Extraño ese beso en que se tocan los espíritus. Tengo ganas de acostarme y que alguien entienda. De que no me olviden. De que venga ella y me abrace. Que se lleve todos mis fantasmas y mis espejos malformados. Me oculto en mi mirada seria con los anteojos puestos. Taparme de cosas, de cristales, así los ojos no me descubren. El dolor en la base del cráneo me hace olvidar la lágrima que humedece la mejilla. Las ganas de olvidarme del cosmos y respirar óxido y arco iris. Se me rompen los dientes en una pesadilla horrible. Pero me abrazan. Me gustaría que esa pesadilla nunca termine. Me despierto. Y me tapo los ojos rápido. Así la pared y el témpano  de la predicción impiden que lean el diario de mi sangre. Ese que oculto detrás de mis anteojos, en el jardín de huesos y cenizas.