Nuevo diario puto 130

Pasan dos meses y no me doy cuenta. No escribo y no me doy cuenta. Se me cansan los ojos, los brazos y la cintura. La vida nos aplasta y ahí estamos, bellos, bollos y sonrientes. O casi. Quiero renacer de las cenizas, como Jean Grey. Quiero ser Jean Grey y destruir galaxias con el pensamiento. Y mi pila de pendientes es interminable. Y los papeles me aburren. Quiero leer. Quiero jugar. Imprimo, escucho a Dolores, peleo, me río, me duelen las encías, camino, imaginamos miles de proyectos y las fechas nos aprisionan, el año nos pasó por arriba como un torbellino, pero sigo flotando. Quiero tomar sidra. Porque soy puto, petiso, pelado y me gusta la sidra. Aunque el champagne también me gusta. Y el vino. Y la cerveza. Creo que me gusta todo.

El desgarro

La bruja le canta a la princesa desgarrada. Se le rompe una zapatilla de cristal brillante. Se ahoga en una copa de vino sin escribir. La princesa no sabe de canciones y se confunde una versión acústica con la original. Pero encuentra lo que buscaba. Y se acuerda de sus lágrimas y del canto de la bruja. La princesa cae por una escalera de incomprensión y se desgarra un tobillo y rompe su zapatilla. Se levanta y algo le oprime el pecho. Se mira el vello rojo y se atraganta con las ganas de llorar. Dentro de la heladera están los cadáveres de las mujeres asesinadas por el mercado. La princesa se acuerda y quiere maquillarse el rostro, pintarse la cara dispuesta a combatir contra el cosmos. Pero se acuerda de la pared. Del dolor que le atraviesa la garganta. De la rama que dejaron alojada en su garganta y le impide tragar. Intenta salir pero está esa pared. No es el muro del que hablaban los libros. Es esa pared que no la deja respirar. Mira hacia arriba y está el cielo nocturno mirándola. La princesa nunca fue inteligente. Ni sabia. Ni bella. Sólo una princesa peluda que se mira en un espejo roto mientras intenta arrancarse la rama con un fragmento de cristal filoso. Sólo hay lágrimas y sangre. Quiere recitar poemas de amor pero no le salen. La rama le desgarra la garganta y hay más sangre. Las lágrimas se meten para adentro, por la garganta, consumidas por el ácido. Hacia la pared. Hacia el asfalto. La princesa quiere ser una cazadora. Como la hija de los mitos. Una princesa cazadora sin ramas ni desgarros con sus zapatillas doradas de cristal brillante. Pero el espejo está roto. Y la bruja cantó y le pidió una mirada al cosmos. La princesa no sabe cómo arrancarse la rama que no la deja respirar. Se ahoga. Se asfixia. Mira hacia arriba. Una nube gris la inunda. La princesa vuela. Ya no respira. Ya no está ahogada. La rama sigue ahí. La pared desgarra a la princesa. Hasta que escucha voces humanas. Y respira. Y nos ahogamos.

Respirar óxido

Escribo sin anteojos. Con ganas de ir y abrazarlos. De que bailemos lento la canción esa romántica que me hace llorar un poco. Se me escapan las lágrimas cuando nos pienso. Se me reseca un poco el pecho y me cuesta no ahogarme muy lentamente. Extraño ese beso en que se tocan los espíritus. Tengo ganas de acostarme y que alguien entienda. De que no me olviden. De que venga ella y me abrace. Que se lleve todos mis fantasmas y mis espejos malformados. Me oculto en mi mirada seria con los anteojos puestos. Taparme de cosas, de cristales, así los ojos no me descubren. El dolor en la base del cráneo me hace olvidar la lágrima que humedece la mejilla. Las ganas de olvidarme del cosmos y respirar óxido y arco iris. Se me rompen los dientes en una pesadilla horrible. Pero me abrazan. Me gustaría que esa pesadilla nunca termine. Me despierto. Y me tapo los ojos rápido. Así la pared y el témpano  de la predicción impiden que lean el diario de mi sangre. Ese que oculto detrás de mis anteojos, en el jardín de huesos y cenizas.

Detrás

El juguete me mira desde el escritorio. Una mujer que sostiene una planta de arroz. O algo así. Una foto que refleja mis lágrimas. Escribir una canción con tinta hecha de mis lágrimas. Y cantarles mientras se me cierra la garganta y agonizo. Mientras me hundo en el barro hecho de mis sentimientos. Quiero escribir un diálogo conmigo mismo, uno en el que el fuego no sea tan alto, que el fuego no exista, que el corazón haya muerto y me pueda esconder y nadie note que hay otra vida detrás mis ojos y que mi sonrisa es una mentira.

Nuevo diario puto 129

Escucho esa canción que contiene la voz de mi adolescencia. Que me da ganas de enfrentarme al mundo. Me cuesta mucho cuando llueve y hablo y hablo y hablo. Y se me cansa el cuerpo y soy feliz por un instante con un juguete. Después me tomo un café y lloro y se me estrangula el espíritu. Miro y tengo ganas de cerrar los ojos, estar dormido y soñar.

La respuesta de mis arrugas

El grado cósmico familiar me interpela y me comunica con la otra realidad. Las palabras se me clavan en el pecho y me desgarran como el cuento que leímos hoy cuando soñaba con la tormenta. Los silencios me estallan en los oídos y la sangre sale a chorros. Líquido rojo que cae por mis costados y mis mejillas. La humedad de mis lágrimas y el pozo en el que me ahogo y ya no hay voces humanas ni palabras de amor que me despierten. Se me atragantan las lágrimas en la ficción de mí mismo y ya no tengo forma de respirar. Me ahogo, se me llenan de sangre los pulmones. Le pregunto a mis arrugas y me responden que mi fuerza es una gran mentira. Que estoy desnudo, desprotegido y lleno de la incertidumbre que me incrustaron al nacer. Esa que no me deja respirar. Esa que me da ganas de hundirme en el barro y que nadie note que existo.